Disparó primero a la chica blanca. Fue una ráfaga precisa, corta y mortal. Su cuerpo salió disparado hacia atrás por el efecto de los impactos de las balas. Tras un breve vuelo, cayó al suelo ya muerta. Él entonces dio unos pasos hacia adelante. Se introdujo dentro del local. Pisó sin miramiento los restos del cuerpo y de la sangre que habían esparcidos por la sala. Luego, la humeante boca de su arma se fue dirigiendo hacia la compañera de la chica que acababa de matar.
Ella lo miraba desconcertada y aterrada. Su cara era una mueca de horror. Sus rasgados ojos se abrían como nunca lo habían hecho. Su amarillenta piel se mostraba más pálida si cabía. Lágrimas y saliva surcaban su cara.
No hubo palabras en ningún momento. No hubo explicaciones por parte de él. No hubo súplicas por parte de ella.
Un nuevo tronar del arma y el cuerpo de la muchacha quedó inerte. Brazos caídos, cabeza inclinada, sentada sin vida en el suelo, la espalda apoyada en la pared.
Sin un ápice de arrepentimiento el pistolero se dirigió a la caja recaudadora. La lanzó contra el suelo. Ésta se abrió por el impacto de la caída y esparció todo su contenido. El dinero teñido de sangre vale igual. Lo recogió y se dirigió, con total calma, hacia el vehículo que tenía preparado.
El vehículo se mezcló sin ningún problema en el bullicio circulatorio de la hora punta. Vehículo anónimo que llevaba a una persona anónima. Porque aunque sus actos fuesen portada de diarios y noticiarios, él, todavía, era un perfecto desconocido.
Cuando alguien dio la voz de alarma, él cedía el paso a una familia que cruzaba un paso de peatones. Cuando llegó el primer vehículo policial, él se encontraba en medio de un atasco escuchando a Pavarotti en su reproductor de música. Cuando la policía acordonaba el local, él se detenía ante un semáforo en rojo. La llegada del juez coincidió en que él se cambiaba de ropa y dejaba la manchada de sangre tirada en un contenedor de basura de la ciudad. Mientras se recogían pruebas y se fotografiaba el lugar de los hechos, él bajaba del vehículo y entraba a trabajar de vigilante nocturno en un centro comercial.
‘¿Qué es todo este ajetreo?’ pregunta Marco a un compañero de la tarde.
‘¿No te has enterado? Ha habido un atraco en la tienda Daniel’s. Ha sido tremendo. Han matado a las dos empleadas a sangre fría y han robado la recaudación que había en la caja’
Le resultaba irritante que añadiese la información del robo junto con la de los asesinatos, como si estuviesen a un mismo nivel. La muerte de dos personas era sin ninguna duda mucho más importante que cualquier importe robado.
Pasó su tarjeta de fichar por el lector y empezó la ronda.
Cuando la policía cotejaba las huellas del calzado dejadas en el lugar, él saludaba a uno de los agentes encargado de vigilar el perímetro. Cuando el análisis de las cámaras de seguridad daban una imagen no muy fiable de un vehículo que salía del estacionamiento del centro a la hora de los crímenes, él se dirigía al puesto de control a conversar con los compañeros. Ya entrada la madrugada, cuando él se tomaba el segundo café del turno, unos basureros veían la ropa ensangrentada que un vagabundo había sacado del contenedor y la había lanzado a la acera asustado.
A las ocho de la mañana saludaba a los compañeros que venían a hacer el relevo.
‘Se ve que la policía tiene varias pistas. Las huellas del calzado, la ropa usada. Este caso no les va a durar ni una semana’ sentenciaba así un compañero en los comentarios matutinos de lo acontecido el día anterior.
Fue al parking de empleados.
Cuando encendía el motor de su coche para salir, otro vehículo, estacionado cerca, iniciaba la misma maniobra. Cuando entraba en la rotonda que lo incorporaba a la circulación de la ciudad, una cámara daba una imagen coincidente con la que tenían guardada. Mientras tarareaba una canción de moda, que sonaba por el equipo de música, un grupo de policías reventaban su taquilla y encontraban un calzado cuya huella era igual a la hallada en el local. En lo que tardaba en comprar algo de comida un grupo de GEOS entraba en su vivienda y la registraban, no hallando nada pero sí munición que coincidía con la empleada en el atraco. Mientras sacaba las bolsas con la comida comprada una nube de agentes se le tiró encima.
Su cuerpo quedó aplastado contra el suelo, apenas podía respirar. Varios agentes, sobrados de músculos, lo retenían mientras otros registraban el vehículo. No hallaron nada relevante. Lo llevaron a comisaría y empezó el interrogatorio. Así pasó todo el día, respondiendo las misma preguntas una y mil veces. Apenas le dieron un poco de agua en todo ese intervalo. Al llegar la noche, cansados unos, los comisarios, agotado él, el sospechoso, decidieron darse un respiro.
Cuando le traían la bandeja con la cena un vigilante nocturno entraba a trabajar en un centro comercial.
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