Hay una paloma en el alféizar de la ventana. La idiota viene con su arrullo a presumir de libertad. Tendrás alas y todo eso, pero el mundo es solo una cárcel más grande. Apuesto a que no puedes vivir fuera de esta ciudad sin las migas de pan que algún viejo lunático te da en el parque. Allá, en las afueras, no durarías ni dos minutos sin que alguna rapaz te diera caza. Miserable. Vienes a pavonearte ¿De qué? ¿Crees que soy menos libre por vivir en una habitación? Solo necesito el búnker de mi cráneo para pensar como me dé la gana. Me levanto rápido de la cama y ahuyento a la paloma ¡Ojalá te pille un gato!

Normalmente tengo la persiana cerrada, pero hoy el calor es insoportable y lo que es peor, el hedor. No pienso abrir la puerta de todos modos. El cielo está completamente despejado, la luz del sol parece abrasar todo cuanto toca en mi cuarto, ni siquiera he mirado la hora todavía. Tengo que elegir entre el hedor o sufrir esta luz. Me pongo a buscar el tupper de pollo que dejé sin terminar el otro día. He de encontrarlo antes de que mi madre detecte el olor y me obligue a dejarla entrar y fisgar. 

Discutí con ella anteayer. No sé quién está más deprimido, si mi madre o yo, solo que yo no la culpo por estar como estoy. Entiendo que se sienta sola, pero mi padre murió hace cinco años. Si no puede rehacerse no es porque yo haya dejado la carrera y no salga a la calle. Estoy harto de la manipulación burda y chantajista. Debajo de la cama solo encuentro cajas de plástico con ropa de invierno, unos calzoncillos arrugados y lo que parecen unos pañuelos usados. 

Suenan algunas notificaciones en mi ordenador. Mi amigo Jordi se ha conectado. Voy a jugar con él, no suele conectarse a estas horas. Sé que mucha gente no lo entiende, pero no hay nada tan catártico como reventarle la cabeza a los zombies mientras tu amigo se desahoga contándote que la novia lo ha dejado. Yo le cuento que anteayer mi madre me vino con el rollo de que había visto un curso de diseño gráfico para desempleados. Descargo todo el cargador de mi escopeta en el vientre de un engendro gordo y amorfo. De verdad ¿no se da cuenta de que así solo me presiona y bloquea más?

Ha pasado algo más de dos horas, no lo sé precisar. Las chicharras y el hedor maldito están en todo su apogeo. Me rugen las tripas, pero paso de mirar si mi madre ha dejado algo de comer delante de mi puerta. Siempre lo usa como trampa para abordarme a traición. Me asomo a la ventana con los ojos entrecerrados. El sol es implacable, casi nadie se atreve a pisar la calle. Abajo está el parque donde jugaba de pequeño o más bien donde perdía los partidos de fútbol, las carreras, los juguetes y ya de paso, la confianza en mí mismo. Qué es asco, tengo la espalda empapada de sudor. Todavía me queda agua y unas galletas de avena con una capa derretida de chocolate que las pega unas con otras. 

Rebusco debajo de los montones de folios desperdigados del escritorio. Tengo mi propio orden en el caos. Hay apuntes viejos del año pasado, un tarro de yogurt con su cucharilla y unas pocas hormigas recorriendo los papeles en busca de algún resto. Algunos renglones están subrayados de amarillo, algunos, menuda pérdida de tiempo. De pronto advierto que hay cierto patrón en los insectos. Parece que hacen una hilera. Apoyo las palmas de mi manos y mis rodillas en el suelo para seguir su rastro. 

La música de la vecina de arriba lleva una hora sonando amortiguada por las paredes. Parece como si en ese tiempo no hubiera cambiado ni una vez de canción con esa misma base reguetonera. Las hormigas acuden en hilera hasta el hueco entre la estantería y la pared. Hay un objeto rectangular encajado. Cuando estiro la mano para desincrustarlo, intuyo entre los dedos lo que parece un marco de madera. En la foto, mi madre y yo posamos en el salón del cómic de hará poco más de cinco años. Hicimos un cosplay pésimo, pero cómo sonreía en aquel momento. El hedor me saca del ensimismamiento. Sigo rebuscando en los estantes del mueble. Encuentro unas pulseras que me regalaron mis supuestos amigos del instituto. Ahora no saben hablar de otra cosa que no sea de sus carreras, novias… Solo quieren restregar esa falsa idea de éxito que les han vendido. Les importa una mierda si… Espera, sigo buscando ¡Esta colección de cartas me encantaba! Seguro que ahora valen mucho más. Una de ellas se encontraba entre dos libros. La insinuante ilustración de la arquera casi desnuda aparece en ella. 

Mi mano acude a la llamada del instinto, “cinco dedos y un destino”. Esa frase me la decía mi padre cada vez que tardaba más de la cuenta en salir del baño. Me cortaba el rollo total, pero hoy no ha evitado que derrame lo mío en la mano. Llevaba días sin hacerlo… Me limpio con uno de los pañuelos que encontré bajo la cama. Tengo la camiseta de tirantes y una sensación de vacío pegados a la piel. El hedor me devuelve a la realidad, pero mi amiga Sara me está escribiendo, ha tenido algún problema hoy en clase. Hacía tiempo que no daba señales, pero claro, me tiene que buscar justo cuando no se siente bien y sus amigos pasan de ella. Ya le he dicho además mil veces que deje a ese trozo de corcho que tiene por novio y que no sabe escucharla. Aunque no la puedo culpar, todavía tiene catorce años. 

La acabo atendiendo, por supuesto que lo hago. Me lo agradece eso sí, me dice que soy la mejor persona que conoce y me manda una foto haciendo morritos. Lo peor es que me hace sonreír un poco. A lo tonto, la tarde ha empezado a flojear en calor. Me da por rebuscar en el armario. Allí encuentro disfraces de otra época. Pantalones vaqueros raídos, anchos, con parches, camisetas de mis grupos favoritos… Algunas hasta tienen todavía pelos de mi difunta gata, por eso no las quiero lavar. Todo lo bueno se acaba, eso nadie quiere pensarlo. Gracias a las hormigas trepadoras me doy cuenta de que, en lo alto del armario, hay un tupper. Casi me caigo de la silla en la que me he subido cuando intento bajar. Me siento algo mareado.

Está empezando a anochecer. Acerco mi nariz al recipiente de plástico. Hay algún resto de pasta y pollo dentro, pero al olfatear de cerca no percibo ningún olor llamativo. Las tripas me rugen todavía con más fuerza, el calor y el hambre me están quitando las ganas de todo. Parto una galleta que recorre reseca mi garganta. Me tumbo en la cama y acabo cayendo en una especie de fase entre el sueño y la vigilia. La casa está tranquila, lo ha estado todo el día. De pronto abro los ojos de par en par, abro la puerta de mi cuarto. El hedor es insoportable. 

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS