Me siento el ingenuo más imbécil de Edda por haber creído alguna vez en mi hermana. Cada paso que ella da hacia la última puerta es como una daga insertándose en mi cuerpo, atravesando mis fibras musculares.
Solo transcurren unos segundos antes de que yo la alcance. Pero, esa puerta es diferente a las demás. No hay madera tallada ni figuras geométricas adornando su superficie. Tampoco recuerdos filtrándose por debajo de la ranura ni susurros infantiles invitando a la nostalgia a pasar.
Es oscuridad. Una negrura que absorbe cualquier humo aluzado. No tiene límites definidos, ni una cerradura que la contenga. En cambio, son largas y gruesas cadenas de metal las que protegen su interior. Solo que ahora las veo rotas, hechas trizas gracias a Aozora.
Me adentro a esa oscuridad junto a un suspiro contenido. Conozco lo que ella encontrará aquí, lo vi aquella vez que robé la Llave de la Cabeza por diversión. Por la misma razón he tratado de ocultar la puerta desde un inicio, pues sé con certeza que todo cambiará si Aozora descubre la verdad.
Nuestro gran cataclismo nacerá entre memorias reculadas y el susurro de un indómito futuro. Justo en el instante en que sus ojos comprendan aquello que los dioses intentaron sellar desde el principio.
Grandes ciudades destruidas, la barahúnda de una batalla encarnizada, mares devorando montañas, un pernicioso fuego calcinando el cielo. Un futuro Kael comandando gigantes y criaturas horripilantes. Una futura Aozora asesinándome. El rayo tan todopoderoso de Mjölnir.
El aluvión de los fragmentos venideros termina en una nebulosa sepulcral. Y nuevamente volvemos a estar solos en una oscuridad sin fin.
—No… No comprendo —la voz de mi hermana hace eco. A pesar de no verla, sé que está cerca—. ¿Qué fue todo eso? ¿Yo…?
—Sabes muy bien lo que viste —respondo con resquemor—. Es nuestro futuro, nuestra profecía. Traté por todos los medios de evitarla, pero nada ni nadie puede cambiarla. Así acabaremos, hermanita. Tú me vas a matar, pues yo soy el inicio y el fin del mundo. Y siempre vas a preferir salvar a otros antes que a tu propio hermano.
—¿Por eso me odias tanto? —las palabras salen de su boca como una herida abierta. No hay rabia en ellas, solo una comprensión tardía y devastadora—. Todo este tiempo… has estado esperando a que te traicione. Kael, ya te lo dije. Yo nunca podría matarte.
De pronto, un estruendoso retumbar sacude con violencia la oscuridad. Por encima de nuestras cabezas aparece un pequeño haz de luz que apenas nos ilumina. Desconcertado, busco a Aozora, quien se encuentra tan confundida como yo. Pero antes de que siquiera pueda mover un solo músculo, un siguiente retumbar más potente que el anterior destroza la oscuridad que nos cubre.
Pierdo el equilibrio por la fuerte sacudida y caigo de bruces mientras me cubro el cuerpo con los brazos en un intento por protegerme de los escombros que comienzan a caer alrededor nuestro.
La fortaleza se está desplomando.
Toso un poco cuando el último retumbar culmina y con mis manos aparto el polvo asfixiante que se ha levantado. Estamos desnudos ante el mismo cielo grisáceo y lúgubre del exterior. Logro divisar a Aozora a unos cuantos metros de distancia, sin embargo, una gigantesca y horripilante criatura nos observa con sus dos canicas escarlata incrustadas a los costados de la cabeza.
Posee un cuerpo colosal de serpiente que emerge desde las profundidades del lago. No es la primera vez que nos encontramos; solo que ahora se muestra más grande, más temible y feroz, como si el paso del tiempo hubiese alimentado su monstruosidad. Por sus fauces expulsa una densa estela de humo que ennegrece el aire, mientras que sus escamas negras y viscosas se mueven como placas endurecidas para resistir cualquier amenaza.
Atónito aún por su abrumadora presencia, mis ojos se dedican a contemplar ese par de cuernos puntiagudos que brotan por arriba de su mandíbula y se proyectan hacia atrás, semejando coronas infernales talladas en hueso. No hace falta detenerme a pensar lo que aquella criatura representa. Lo comprendí desde el primer instante en que la vi.
—Es mi miedo…—musito, solo un sentimiento así sería capaz de custodiar mis pensamientos.
Es el miedo que he acumulado a lo largo de los años. Desde que tuve un nacimiento clandestino hasta la sensación de quedarme completamente solo. Pero la soledad no es tan mala cuando aprendes a convivir con ella. Es honesta, gélida como una superficie donde pueda reposar sin temor a ser traicionado. No promete permanecer ni pronuncia juramentos imposibles de cumplir; simplemente existe, silenciosa e inmóvil, abrazándome cada vez que el mundo decide arrancarme algo más.
Entonces, saboreo cómo sería mi vida sin miedo: exprimiría cada gota del tiempo al máximo, escalaría cielos y tomaría entre mis manos las profundidades del abismo, sería más eterno que las estrellas moribundas, más extraordinario que la cicatriz de un corazón regenerándose. Nada me detendría, sería el siguiente paso a mi libertad.
Yo sería intocable.
—Tengo que matarlo.
El monstruo ruge enfurecido y cuatro hileras de dientes filosos aparecen en su boca abierta. Sabe lo que planeo. Entonces, levanta su portentosa cola y la deja caer sobre los escombros de la fortaleza, justo en nuestra posición. Rápidamente ruedo sobre la cama de piedras y desperdicios, ignorando el dolor que me causan. Sin quitarle la mirada de encima, palpeo a mis lados en busca de algo que me sirva para matarlo.
—No puedes matar a tu miedo —es Aozora—. Si lo haces, el Ragnarök se cumplirá. Y aún podemos cambiar eso, en verdad lo creo. Tú eres mi hermano menor y yo siempre te voy a proteger.
Nuevamente, la criatura nos ataca. Usa su cola para golpear los cimientos de la isla, haciendo que todo tiemble como si de un terremoto se tratara. Algo me dice que no soportará continuar estable por mucho tiempo más.
Por puro milagro, alcanzo a vislumbrar lo que parece ser una lanza de metal debajo de unas de las puertas. Es perfecta para mis deseos. Me levanto y corro de forma desenfrenada hacia ella al mismo tiempo que el monstruo acerca sus fauces rugientes para devorarme.
Estoy a un centímetro de ser comida para mi miedo si no fuera porque me aviento contra el piso, clavándome piedras en el cuerpo. Gruño debido al dolor que se expande de forma casi insoportable a lo largo de mis terminaciones nerviosas y escupo un fluido de sangre en tanto me levanto con la lanza en mano.
Permanezco con la mirada fija en el monstruo, mirándolo con odio, con una sensación repugnante puesto que el miedo es señal de debilidad. Y estoy harto de que la gente me vea como alguien a quien pueden desechar tal cual basura.
—¡AH! —la cara ensangrentada, mis brazos llenos de marcas violáceas, el grito fuera de control que me descose el pecho.
Corro en dirección a la criatura, apretando la lanza como si mi vida dependiera de ello. Estoy tan cerca de clavarle la punta en la zona que resguarda su núcleo, cuando Aozora vuelve a entrometerse en mis asuntos al tomarme del brazo.
—¿Qué diablos estás haciendo? —cuestiono, dirigiéndole una mirada que podría ser suficiente para aniquilarla—. ¿Ahora me vas a decir que te preocupas por mí? ¡Deja de burlarte de mí por una maldita vez!
El monstruo lanza una mordida letal, dejando un rastro de veneno por la tierra. Rápidamente saltamos hacia atrás y quedamos separados por una distancia considerable.
—¿No lo entiendes? ¡Deja de esforzarte por algo que no se puede cambiar!—empujo a Aozora lejos antes de lanzarme nuevamente contra la bestia.
Estoy tan enfebrecido por la rabia que no me percato de la descomunal cola agitándose detrás de mí. Impacta contra mi débil cuerpo y salgo disparado bruscamente contra más ruinas de la fortaleza. El sonido de mis huesos rompiéndose se mezcla con el alarido gutural que expulso por la garganta. Todo arde. Mis piernas y brazos, mis costillas hundiéndose bajo mi propia respiración, la sangre deslizándose y empañando mi mirada, la posibilidad de morir aquí.
La serpiente se acerca victoriosa. Yo no tengo fuerza para moverme, solo debo esperar a mi último aliento. El silencio es un momento incólume que se prolonga entre el caos.
Cierro los ojos y… ahí está.
Es un relámpago azul que tiñe todo el cielo con destellos furibundos, desgarrando las nubes ennegrecidas como si el firmamento acabara de partirse en dos. El estruendo llega un segundo después, brutal, divino, haciendo temblar las ruinas bajo mi cuerpo maltrecho.
La voz de Aozora resuena y la silueta monstruosa de la serpiente queda iluminada bajo un resplandor eléctrico que la paraliza por completo. Su cuerpo desciende sin vida y colisiona contra las aguas negras, creando grandes olas que mojan mis piernas.
Todo en mi miedo se evapora: sus húmedas escamas, su innecesaria inseguridad, la empalagosa protección, la sofocante presión de una profecía. Todo calcinado y marchito.
Entonces, empiezo a reír. Río sin control, sarcástico y glorioso sin importar mis heridas. Porque hay algo maravillosamente irónico en todo esto. Algo cruel. Algo inevitable. Mi risa es un efecto colateral de las acciones tan contradictorias y destinadas de Aozora. ¿Se da cuenta de lo que acaba de hacer?
—Oh, mi querida hermana… —dirijo los ojos hacia ella, quien ahora sostiene con una mano a Mjölnir, sus rayos azules aún le recorren de arriba abajo—. Me parece que acabas de dar inicio al Ragnarök.
Ao y yo no éramos hermanos ni hijos de dioses. Éramos hijos del fin del mundo.
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