Bienvenida a mi mente

Bienvenida a mi mente

DaelBeek

21/05/2026

La Llave de la Cabeza es una de las llaves creadas por Benjamin Locke, permite inmiscuirse en la mente de cualquier persona para extraer recuerdos, almacenar conocimientos, o modificar sus emociones. Su uso había estado prohibido al considerarse una violación a la libertad, además de su potencial peligro en manos equivocadas. Sin embargo, hace poco se declaró que la llave podía usarse en condiciones de vida o muerte, en condiciones realmente necesarias. Dudo que mi hermana tenga un motivo tan importante.

Una gota de molestia se derrama sobre mis labios cuando veo a Aozora entrar por el acceso que resguarda mi mente. En silencio, espero a que ella desaparezca para seguirla por detrás. Aunque, tan pronto como me acerco, una mueca burlona me ilumina el rostro al notar que el acceso es una bóveda con la puerta en forma circular.

Su color es negro, alzándose al verde oscuro. Posee un tamaño lo suficientemente grande para dejar pasar una persona de altura promedio; sin embargo, lo que más atrae mi atención es la figura tallada de una enorme e impetuosa serpiente que se enrolla alrededor de la circunferencia de la puerta. Sus detalles son perfectos, minuciosos, casi parece que es real. Con mis dedos extasiados de placer, recorro cada una de sus escamas, desde la cabeza hasta la punta de su cola que es mordida entre su centenar de dientes.

—Mi Jörmungandr —murmuro, inclinando el rostro hacia adelante para depositar un beso sobre la figura, puedo sentir su frialdad, así como la dureza del material.

Estoy verdaderamente encantado con todos los aspectos de mi puerta, tan embelesado que por un momento olvido la razón por la cual me encuentro ahí. De inmediato, mi semblante adquiere una expresión adusta y lo siguiente que hago es girar la cerradura.

Ante mis ojos se extiende un pasadizo en penumbras, sombrío, encerrado por paredes construidas con ladrillos empolvados y un espacio reducido. Desconozco la longitud del lugar, si existe algún límite que le dé fin, o si la espesa oscuridad que devora cualquier vestigio de luz se dilata hasta los confines de mi mente. Mientras divago ciertas incoherencias, mis ojos se cruzan con una antorcha empotrada a la pared, justo del lado derecho. Sonrío victorioso y estiro el brazo para tomarla, pero en ese instante la mecha se enciende, haciéndome retroceder un poco.

—Excelente —vuelvo a sonreír, ya con la antorcha en mis manos—. Bien pensado, Kael, eres un genio.

Mientras recorro el rotundo abismo de tinieblas, el fuego me va encerrando en una nebulosa de luz prolija que frena el movimiento silencioso de la negrura. No sé cuánto tiempo ha transcurrido, pero la mecha de la antorcha no se ha consumido ni un milímetro.

Entonces, a lo lejos se alza un destello, apenas es un círculo minúsculo que poco a poco se va engrandeciendo conforme continúo caminando. El fuego se extingue gracias a una corriente de aire que proviene del otro lado, aunque no permanezco en compañía de la oscuridad, pues el resplandor, ahora azulado, ilumina el final del pasadizo. Luego me asomo hacia una angosta cueva por la cual fluye un río cobalto y denso. A la orilla hay un bote de madera atado a una gran piedra, y junto a este, se encuentra mi hermana.

—Llegas tarde —enuncia.

Me lanza un remo y yo lo atrapo en el aire. Siento una especie de veneno acumularse gradualmente en mi boca.

Momento después nos encontramos remando por el río. Cuando salimos de las fauces de la cueva, las aguas azulinas se transforman en un líquido cenizo; igual de apelmazado, pero de cierta manera más inquietante.

El paisaje es bastante lúgubre, una hilera de montañas irregulares y afiladas bordean el lago por el que transitamos; los escasos árboles que nacen desde la tierra están muertos. El cielo, recubierto por una capa de neblina espumosa, se extiende astuto por encima de nuestras cabezas.

—La próxima vez déjame entrar a tu cabeza, sería lo justo. Claro, si no me matas antes—anclo la mirada hacia ella con una sonrisa sarcástica.

—No quiero matarte, Kael —la percibo letárgica, como si le hubiesen drenado toda la energía—. Solo busco una forma de acabar con los gigantes, no podemos existir en el mismo universo.

—Yo también soy uno de ellos, ¿recuerdas?

—Solo de sangre —sus ojos se desvían hacia la cubierta del bote—. Tu mente debe guardar algún secreto de ellos que me pueda ser útil.

A sus espaldas aparece una fortaleza abandonada, tiene zonas destruidas, decaídas, y está consolidada en un pedazo de isla que resalta gracias a la tristeza del agua.

—Ahí está todo lo que buscas —señalo en dirección a la fortaleza—. Bienvenida a mi mente. 

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