Siempre me he sentido diferente. Como si no encajara en este mundo, en esta sociedad, en esta familia. O mejor dicho, en esta familia adoptiva. Porque no compartimos la misma sangre, tal vez esa sea la razón por la cual siempre aparezco apartado en las fotos familiares. Mis padres cargan en brazos a Aozora y yo estoy de pie en el suelo mientras mi madre me toma de la mano.
Y no solo eso, también en el colegio suelo percibir esa preferencia hacia mi hermana mayor en lugar de mí. Sin embargo, no siento celos. Después de todo, nada me ha detenido para hacer lo que yo quiera, siempre que lo desee. Si quiero usar un esmalte negro en las uñas, lo hago; si quiero teñirme el cabello de rubio, lo hago; si quiero coquetear con el chico del restaurante, lo hago.
De todas formas, soy diferente. En especial porque soy hijo de gigantes, los Jutul. Ningún arma mortal puede hacerme daño, eso sí es bárbaro. Al principio pensé que finalmente me sentiría aceptado, menos inseguro, tal vez. Pero los Jutul solo son monstruos aparentando ser humanos para pasar desapercibidos, no les importa nada más que ellos mismos, aunque admito que tienen un interesante gusto por la carne de venado. No llevo la cuenta, pero han tratado de matarme varias veces ya, aunado al sinfín de amenazas que he recibido si vuelvo a acercarme a su casa.
Por otro lado, está Aozara. Aozara y su poder de controlar los truenos. Ella y los gigantes están en una lucha constante por matarse los unos a los otros. Desde que Ao y yo sabemos la realidad de nuestros orígenes, una brecha en nuestra relación se abrió como los rayos que parten el cielo a la mitad en una tormenta. Solo he visto la luz que ilumina la noche, todavía estoy esperando el rugido del trueno. ¿Ella sería capaz de traicionarme? ¿De matarme? ¿Haría todas esas boberías de sacrificios por amor?
—Todos deberían de relajarse…—mascullo, exhalando con pesadez. A pesar de ser opacado por la ventana de mi habitación, el paisaje sombrío y esmeralda de Edda es un deleite total para mis ojos—. Gigantes, dioses, batallas… estarían mejor con unas cuentas travesuras.
Agarro una liga de plástico y la amarro alrededor de mi brazo izquierdo, justo arriba de la vena que no tarda en brotar. Enseguida, tomo la jeringa que contiene sangre de Odín, la he robado de ese asilo para ancianos, y coloco la aguja justo por encima de mi irrigación. Se dice que Loki se convirtió en un dios luego de haberse hecho hermano de sangre con Odín. Me pregunto qué pasará si me inyecto un par de mililitros.
La sonrisa de lascivia que curva mis labios se desvanece en un dos por tres cuando de repente escucho el piso de madera crujir. Por el marco de la puerta aparece Aozara con un semblante indescifrable. Antes de preguntarle qué está sucediendo, desvío la mirada hacia el costado de su pierna. Ahí, en su mano, sostiene una llave con el mango en forma de una cabeza humana.
—No te atreverías… —le digo, más como una afirmación esperanzada que como una amenaza.
—Debo hacerlo, Kael.
Las siguientes escenas transcurren con velocidad apremiante. Los dos forcejeamos, tiramos algunas de mis pertenencias hacia el piso, pero al final ella es más fuerte y logra someterme.
—No lo hagas, Ao. Por favor…—jadeo, mirándola de reojo—. Soy tu hermano.
Pero ella ya ha posicionado la llave sobre mi nuca, abriendo así cada detalle perverso de mi mente.
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