Hay una clase idiotez contemporánea.

Yo diría quizá que hay una clase especial de idiotez contemporánea, una que no nace de la ignorancia sino del entusiasmo burocrático por ponerle el mismo rótulo a todas las cosas. Entonces alguien, desde una oficina iluminada por tubos fluorescentes y estadísticas, decide que el correo electrónico también es una red social, del mismo modo en que un cementerio podría considerarse una plaza porque en ambos lugares hay gente quieta.

Y uno imagina al pobre e-mail, tímido y envejecido, sentado en un rincón como un tío serio al que de pronto obligan a bailar con adolescentes histéricos que sacan selfies y hablan de algoritmos. El correo electrónico nunca quiso eso; apenas aspiraba a llevar mensajes, pequeñas catástrofes domésticas, cartas de amor que llegaban tarde y cuentas sin pagar. Tenía la dignidad silenciosa del sobre bajo la puerta.

Pero ahora aparecen los especialistas, esos fabricantes de definiciones donde todo termina pareciéndose a todo, y decretan que sí, que también pertenece al carnaval de las redes sociales. Como si escribirle a alguien fuera lo mismo que exhibirse ante multitudes invisibles. Como si una carta y un escaparate fueran la misma cosa.

Hay que estar bastante distraído del mundo —o demasiado enamorado de las etiquetas— para confundir una conversación con una vidriera.

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