Queremos llegar al cielo donde está Dios; pero siempre que lo intentamos terminamos confundidos y muchas veces destruidos 

La torre de Babel cada día más evolucionada; que de forma simbólica le da cabida a nuestra tecnología con telescopios que ven más allá; pero nunca es suficiente.

De niño me detenía por las noches desde la ventana de mi habitación a ver el cielo infinito. En un espacio lleno de lejanas estrellas. Era tanta la obsesion que imaginaba tocarlas.

Al entrar en la adolescencia seguía viviendo en dos mundos: El Real; que era todo lo que me rodeaba y el imaginario; ese que de forma intangible vivía en mis pensamientos.

Un día jugando con mis amigos me sentí muy cansado y sin fuerzas. 

Recuerdo que ese día me fuí para mi casa.

Al llegar entre en mi habitación y me acosté mirando hacia el techo quedándome dormido. No recuerdo por cuánto tiempo; pero cuando desperté traté de pararme y no pude. Algo invisible me lo impedía. Intenté gritar; pero fue inútil; casi entro  en pánico. Pensé que iba a morir.

De repente pude moverme y salí corriendo hacia la sala.

No dije nada a nadie de lo ocurrido. 

Los días transcurrieron y esos eventos se hicieron más frecuentes.

Con el transcurrir de los años a parte de tener todos esos trastornos de sueño, mi alma sale del cuerpo; y puede viajar a la velocidad de la luz recorriendo el mundo, cruzando los océanos de un continente a otro.

Despues de recorrer el mundo decidí viajar al universo infinito donde están las estrellas viendo que mueren algunas de ellas; mientras esto ocurría el universo se alarga y no me da tiempo de llegar porque mi alma se apaga.

Fin.

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