Mi puerta necesaria no se abre.

Descubrí que el mundo está construido con puertas equivocadas: todas se abren, salvo la única necesaria.

He llegado a una penosa encrucijada: soy apreciado por quienes no logro amar y permanezco invisible para aquellos cuya mirada podría justificar mi existencia. Es una administración absurda del afecto. Como si hubiera presentado mi solicitud en las ventanillas equivocadas del corazón humano y ahora un funcionario interminable, gris y meticuloso, revisara mis papeles para decirme siempre lo mismo: falta un sello, falta una firma, falta algo que nadie sabe nombrar.

Los otros me ofrecen cariño con una naturalidad que debería consolarme. Me escriben, me buscan, me recuerdan. Y sin embargo cada gesto cae dentro de mí como una moneda en un pozo seco. Oigo el ruido, pero no el alivio. Porque el afecto —he aquí la tragedia— no posee valor universal; depende exclusivamente de quién lo entrega. Una multitud puede abrazarnos y aun así sentir el frío de una sola ausencia.

He intentado convencerme de que debería agradecer lo recibido y aceptar que el amor no obedece órdenes ni preferencias. Pero hay humillaciones que la razón no consigue domesticar. Uno puede soportar el desprecio abierto; lo insoportable es esa indiferencia tibia de la persona elegida, esa manera de pasar junto a nosotros como si apenas ocupáramos espacio en el aire.

A veces sospecho que el error consiste precisamente en elegir. Quien ama queda inmediatamente subordinado. El amado se convierte en tribunal, en religión y en condena. Todo gesto suyo adquiere dimensiones desproporcionadas: un silencio es una sentencia, una demora una ejecución, una palabra amable un indulto miserable que alimenta la esperanza para prolongar el castigo.

Y, sin embargo, continúo esperando. Esa es quizá la parte más vergonzosa. Porque incluso comprendiendo el mecanismo de mi sufrimiento, sigo atento a una señal mínima. Una carta. Una llamada. Una mirada menos distraída. El condenado siempre cree escuchar pasos que vienen a liberarlo.

Los demás dicen que soy querido. Tal vez tengan razón. Pero el corazón posee una crueldad burocrática: invalida todos los documentos auténticos si no llevan la firma exacta de la persona equivocada.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS