A los piratas les gustan las flores.

A los piratas les gustan las flores.

Cuando vimos al alcalde, sin sombrero, mal afeitado, con la corbata torcida y la mirada perdida, supimos que había que convocar elecciones. Se acercó al cañón, se abrazó a él y comenzó a gritar que se mataría si su mujer no volvía. Al principio, yo pensé que hacía eso por pura metáfora, porque su mujer está como un cañón y es de armas tomar, pero me dijeron que no, que ese era el lugar donde ella le había jurado fidelidad para siempre.

Nadie sabía qué hacer. El alcalde repetía una y otra vez, entre lágrimas, que se mataría si ella no volvía. 

Y lo hará porque don Fulgencio es un hombre de palabra. Prometió traer de México a los Tigres del Sur, y lo hizo. Prometió limpiar de narcos la zona de la Gachupina y el Pedregal, y lo hizo. Prometió subir los impuestos, y también lo hizo. ¡Bueno es él! ¡De casta le viene al galgo! Siempre pensando en el honor de su familia, siempre pendiente de no manchar el apellido heredado de aquellos tatarabuelos que lucharon por la independencia y que ahora, desperdigados en estatuas por toda la ciudad, le vigilan. 

Lo que Don Fulgencio no comprendía era por qué en el mismo lugar donde Drake tuvo que huir con el rabo entre las piernas, otro pirata —y don Fulgencio no estaba como para entrar en metáforas— se había llevado a su Margarita. «¡Y ningún cañón ha podido impedirlo! ¡Y ningún cañón lo ha podido impedir!», repetía. 

Era lo único que sabíamos. Nadie sabía exactamente cuándo, ni cómo, ni dónde, ni por qué había pasado.

Pero la ciudad es pequeña y los rumores se extienden como la pólvora. Esa misma que hubieran necesitado los cañones para impedir no se sabe qué. Y unos minutos más tarde ya se sabía cuándo: hacía apenas dos horas. Se sabía dónde: cerca del malecón, justo en el portal donde vive el alcalde. Se sabía cómo: huyeron en un Mercedes negro, aún por estrenar. Y se sabía por qué: sencillamente porque a los piratas les gustan las flores.

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