Eduarcito Pérez

Hola, papá:

¿Tienes paraguas en la selva? Mamá, siempre que ve tu paraguas, dice: «El paraguas aquí y él mojándose, empapándose hasta los huesos». Mamá habla mucho de tus huesos. ¿Te duelen? Yo le digo a mamá que lo guarde porque siempre se pone de malhumor al verlo. Pero mamá no quiere. Dice que todo tiene que estar igual que lo dejaste para cuando vuelvas.

Por eso te dejamos tu silla y tu sitio en la mesa, y mamá coloca los platos, el vaso, la servilleta y lo demás como si estuvieras. Para que no nos desacostumbremos a ti, dice. Y las cosas tampoco. Y siempre, antes de acostarnos, besamos la fotografía que está encima de la mesita y te deseamos buenas noches.

El otro día fuimos a la radio. ¿Nos oíste? Mamá se puso guapa y estaba contenta, pero hay tanta gente esperando para hablar que nunca nos da tiempo a nada. «Dile hola a papá», y yo te digo: «Hola, papá». Y ya está. Y yo quiero contarte muchas cosas. 

Siempre le digo a mamá que por qué no te llamamos al celular. Y mamá contesta que no puede ser. Que no tienes cobertura, que a lo mejor lo has perdido. Pero Dani me ha dicho que soy imbécil, que si tuvieras celular el ejército sabría dónde estabas y que por eso no te dejan. No le digas a mamá que lo sé. 

La gente que va con mamá a la radio, cuando habla de ti y de los otros, habla de «pesca milagrosa». Yo no sé lo que es y no quiero preguntarlo porque todos están muy serios. Pero siempre me imagino juntos al tío Eduardo con la caña de pescar y a la estampa de la Milagrosa que tiene la abuela. Dani no lo sabe tampoco; dice que tiene que ver con gente gorda, pero yo no lo entiendo porque tú estás delgado.

Papá, ¿por qué no les dices a los señores que te han secuestrado que te dejen salir? Es que se me ha caído un diente y quiero que estés a mi lado para cuando el Ratoncito Pérez venga.

Besos,
Eduard

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