He desconfiado profundamente de la llegada. Llegar significa concluir, y toda conclusión tiene algo de sentencia. Mientras el hombre viaja, en cambio, todavía puede engañarse; puede creer que detrás de la próxima estación existe una respuesta, una reconciliación, un rostro menos hostil que los anteriores. El movimiento conserva viva la ilusión. La llegada la destruye.
Por eso quizá sea mejor viajar con esperanza que llegar. Porque quien llega descubre casi siempre que el lugar esperado no coincidía con el lugar imaginado. La ciudad soñada tiene olor a humedad, los abrazos son más breves de lo previsto, las puertas no se abren con solemnidad sino con desgano. Incluso los triunfos poseen una tristeza secreta: apenas se alcanzan, empiezan a deteriorarse.
El viajero, en cambio, todavía pertenece al territorio de lo posible. El tren avanzando en la noche, la valija mal cerrada, la lluvia golpeando el vidrio, contienen más verdad que el destino final. Hay una dignidad extraña en ese hombre que todavía no sabe. Mientras avanza, puede pensar que el sentido lo espera unas horas más adelante, doblando una esquina, escondido en una conversación o en una ventana iluminada al final de una calle desconocida.
Entendía que el ser humano vive condenado a corredores interminables. Uno cree dirigirse hacia una oficina donde finalmente será escuchado, pero al abrir la puerta encuentra otro pasillo, otro empleado, otra espera. Sin embargo, lo insoportable no es el pasillo: es descubrir que detrás de la última puerta no había nada.
La esperanza funciona entonces como una forma de aplazar el derrumbe. No porque sea falsa —aunque muchas veces lo sea— sino porque vuelve soportable el trayecto. El hombre que espera todavía conversa consigo mismo; el que llegó suele quedarse en silencio.
También existe algo cruel en las metas cumplidas. Durante años imaginamos que cierta casa, cierto amor, cierto reconocimiento o cierta salvación justificarán el cansancio acumulado. Pero al obtenerlos advertimos que seguimos siendo los mismos: igual de confundidos, igual de frágiles, igual de incapaces de comprender por qué estamos aquí. La llegada no corrige el vacío; apenas le cambia la decoración.
Quizá por eso algunos prolongan los viajes inútilmente. Retrasan decisiones, inventan escalas, miran por la ventanilla más de lo necesario. No siempre es cobardía. A veces es sabiduría. Intuyen que el instante más humano no ocurre cuando se arriba, sino mientras todavía se espera algo.
Y acaso la vida entera sea eso: un trayecto sostenido por pequeñas esperanzas absurdas. Un hombre caminando hacia un sitio que probablemente no exista, pero cuya mera posibilidad le permite seguir avanzando un día más.
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