Es mejor viajar con esperanza que llegar.

Es mejor viajar con esperanza que llegar.

Hay hombres que escriben libros y otros que escriben heridas. Y yo pertenezco a estos últimos, a los que bajan al sótano del alma humana con una linterna temblorosa, sabiendo que acaso no regresaría del todo.

“Es mejor viajar con esperanza que llegar”, diría quizá con tristeza, como quien mira una estación vacía a las tres de la madrugada. Porque llegar suele ser una decepción: la casa soñada tiene humedad, el amor definitivo envejece, las revoluciones terminan llenas de burócratas y los héroes descubren que también tenían miedo. En cambio la esperanza —esa criatura absurda y obstinada— todavía conserva intacta la pureza de lo imposible.

El viaje es la última dignidad del hombre.
Mientras caminamos, todavía creemos.
Todavía imaginamos que detrás de la próxima esquina nos espera alguien capaz de comprendernos del todo, un abrazo que no traicione, una verdad que no se pudra con el tiempo.

Pero llegar…
Ah, llegar es encender la luz y descubrir las ruinas.

Y sin embargo seguimos.
Con una mezcla inexplicable de desesperación y fe. Como esos personajes de Sábato que avanzan por túneles interiores, destruidos, culpables, a veces miserables, pero todavía humanos porque conservan una pequeña brasa contra la oscuridad.

Tal vez por eso el hombre necesita la esperanza más que la felicidad.
La felicidad es breve.
La esperanza, en cambio, puede acompañarnos toda la vida como un perro silencioso bajo la lluvia.

Y acaso la tragedia más grande no sea fracasar al llegar, sino dejar de viajar por dentro.

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