Hay hombres —y más aún almas— que hacen de la penumbra su morada.

No viven enteramente en la verdad, porque la verdad exige el desnudo coraje de mirarse sin afeites; ni habitan del todo el engaño, porque hasta la mentira necesita a veces descansar de sí misma.

Son criaturas fronterizas, mercaderes de medias luces, que reparten sonrisas como quien reparte naipes marcados. Hoy juran con voz de misa y mañana niegan con ademán de verdugo. Y así atraviesan el mundo, no como quien camina, sino como quien resbala entre máscaras.

Mas terrible destino es ése: vivir entre dos aguas. Porque el mentiroso completo, al menos, posee la miserable tranquilidad de su infamia; y el hombre veraz goza la paz severa de su conciencia. Pero aquel que oscila entre la verdad y el engaño jamás descansa.

Cada palabra suya lleva dentro un juicio; cada silencio, una sospecha.

Y acaba por sucederle lo que al ladrón de espejos: que después de deformar tantos rostros, olvida el propio. Entonces ya no sabe si engaña al mundo o si el mundo, cansado de tolerarlo, ha comenzado a engañarlo a él.

Porque la mentira repetida fabrica un laberinto donde el primero en perderse es siempre el mentiroso.

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