—Mira, Sancho —dijo don Quijote, mientras Rocinante parecía cavilar más que andar por aquellos caminos polvorientos de aquel lugar de La Mancha—, hay hombres que creen que la gloria consiste en arribar al castillo, sentarse en el trono y contar las monedas del premio. Pobres almas. Ignoran que el verdadero tesoro está en el camino mismo, en la esperanza que lleva al hombre a seguir adelante aun cuando el mundo entero le diga que vuelve loco.
Sancho, que acomodaba las alforjas con resignación antigua, respondió:
—Señor, yo he visto muchas veces que quien llega come, y quien viaja con esperanza se queda con hambre.
Don Quijote sonrió con esa tristeza luminosa de los derrotados que no aceptan su derrota.
—Y sin embargo, amigo mío, el hambre del cuerpo acaba con un mendrugo; pero la del alma no la sacia ni un reino entero. ¿Qué sería del caballero si supiera de antemano que toda aventura termina? ¿Qué sería del enamorado si conociera el último gesto de su dama antes del primero? ¿Qué sería del hombre si al nacer ya tuviera agotados sus sueños?
Sancho meneó la cabeza.
—Pues yo, señor, con una ínsula y un plato caliente me daría por satisfecho.
—Ah, Sancho —replicó don Quijote—, ahí está vuestra prudencia, que es una forma honrada del cansancio. Pero escuchadme bien: es mejor viajar con esperanza que llegar, porque al llegar se acaba el hechizo. El castillo conquistado envejece, la victoria se vuelve recuerdo y aun la fama termina convertida en polvo de biblioteca. En cambio, la esperanza mantiene joven al mundo. Mientras el hombre espera, todavía todo puede suceder.
Y después de un largo silencio, añadió:
—Quizá por eso Dios puso el horizonte tan lejos. Para que jamás terminemos del todo nuestro camino.
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