He pensado muchas veces que la esperanza mejora los lugares. Tal vez los inventa. Antes de viajar, una ciudad no es todavía una ciudad sino una serie de conjeturas: una fotografía doblada dentro de un libro, el comentario exagerado de un amigo, una mujer que alguna vez dijo “deberías conocerla”. Después llega el viaje y uno pasa semanas imaginando cafés silenciosos, conversaciones inteligentes y atardeceres irrepetibles. El destino crece en la imaginación con una cortesía que la realidad jamás podrá sostener.
Por eso acaso sea mejor viajar con esperanza que llegar.
Llegar implica verificar. Y toda verificación tiene algo de implacable. La calle soñada resulta más estrecha, el hotel menos elegante, las personas menos memorables. Incluso las ciudades más hermosas padecen el inconveniente de existir realmente. La imaginación, en cambio, posee una arquitectura más amable: corrige imperfecciones, suaviza ruidos, ilumina lo necesario y omite discretamente lo demás.
Recuerdo ciertos viajes en los que fui más feliz antes del arribo que durante la estadía misma. Había una felicidad especial en preparar las valijas, en comprar un libro para leer en el tren, en mirar el mapa como quien contempla una novela todavía intacta. El viaje conservaba entonces una cualidad literaria. Todo podía suceder. Una amistad improbable, un amor breve, una revelación destinada a modificar la vida. Después uno llegaba y descubría que los días seguían teniendo una estructura bastante parecida a los anteriores: mañanas, cafés, fatigas, alguna distracción y una inevitable melancolía hacia la noche.
No lo digo con amargura. Más bien con cierta resignación elegante. Los hombres necesitamos creer que existe un lugar donde finalmente seremos felices, aunque la experiencia nos haya demostrado lo contrario innumerables veces. Cambiamos de ciudad, de casa, de rutina, y sin embargo llevamos con nosotros a la única persona de la que nunca podremos escapar: nosotros mismos.
Tal vez la esperanza del viaje funcione porque posterga esa evidencia. Mientras avanzamos hacia un destino, todavía podemos atribuir nuestra insatisfacción al hecho de no haber llegado. “Cuando esté allí”, pensamos, “todo será distinto”. Esa ilusión tiene una eficacia admirable. Ordena el tiempo, embellece las horas y vuelve tolerable la espera.
También sospecho que el viaje verdadero no ocurre en el espacio sino en la imaginación. Dos personas pueden recorrer idénticas calles y regresar con recuerdos completamente distintos. Una habrá visto monumentos; la otra, una sombra sobre una ventana al atardecer. La memoria no conserva geografías exactas sino climas del alma.
Quizá por eso algunos viajeros prolongan deliberadamente los trayectos. Caminan más despacio, se demoran en estaciones inútiles, aceptan desvíos absurdos. Comprenden, aunque no lo formulen, que el encanto reside menos en poseer un destino que en acercarse a él.
Y tal vez toda felicidad humana consista en eso: en no llegar del todo nunca. En conservar, incluso en la vejez, alguna puerta todavía cerrada, algún país imaginario, alguna promesa discreta aguardando al final de un camino.
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