Puerto Vallarta.
El calor húmedo abriéndose paso entre mi pudor,
subiendo lento por la piel
como una lengua mojada y salada.
transpiro deseo:
mis piernas receptivas, el mar, las pupilas ajenas
deslizándose sobre mi cuerpo
con hambre apenas disimulada.
Y yo dejándome mirar.
Vanidad deliciosa.
Superficie sagrada.
El instinto animal latiendo bajo la ropa,
mi biología cazadora exigiendo presencia,
carne, roce, adoración.
Las noches comprimidas en unas cuantas horas l
y los sueños oliendo a sudor, y sexo procaz.
Porque algo en este lugar
me toma del cuello y me somete gimiendo
y me recuerda lo inevitable:
me estoy convirtiendo en algo más peligroso y me encanta.
Solo una probada
de quien seré.
Un destello de mi próxima piel,
de esa criatura indómita
que todavía duerme bajo mis alternas realidades
esperando el momento exacto para devorar.
Qué extraña es la carne:
tan gloriosa, tan frágil.
Los años de gemidos, saliva y cuerpos ardiendo
también conocen la caducidad.
Por eso hay urgencia en mis labios,
por eso el deseo se vuelve casi religioso
cuando el tiempo respira sobre la nuca.
Algún día el cielo será rugoso y crujiente,
pero hoy el sol sigue derritiéndose sobre mí,
y mis gafas oscuras apenas consiguen contener
el brillo obsceno de mi futura creación.
Frente al mar me preguntas:
“¿Quieres probarme?”
Y por un instante
mi cuerpo entero responde con un huracan de placer sublime dentro de mi.
Pero no.
Todavía no.

Volveré con el sol de junio.
Más hambriento.
Más hermoso.
Más imposible de tocar sin incendiarse.
Mientras tanto,
te concibo lentamente, cada vez que duermo.
OPINIONES Y COMENTARIOS