La cinta negra

El aire estaba espeso dentro de la casilla.
Ella seguía el balanceo de la lamparita que colgaba del techo.
Con cada oleada, la panza se le volvía de piedra.
La amiga levantó la mirada del piso: —¿Llamo a doña Rosa? 
No respondió. 
En la pared, la foto de su primo con la cinta negra. El único que había saltado a defenderla.
Cuando doña Rosa llegó, ya estaba pujando.

—Empujá —dijo doña Rosa. 

Durante las contracciones, lo volvía a ver.
—Dale —insistió la partera.

El cuerpo del hombre sobre ella. El aire que no llegaba. Su primo tirando para sacárselo de encima. El disparo. Su primo cayendo.

Una gota de lluvia la trajo de vuelta.

Doña Rosa le puso al niño sobre el pecho. Ella miró la chapa agujereada. La casilla se le borró.

Cuando volvió en sí, no había nadie. La lamparita seguía colgando, pero ya no se movía.
El bebé estaba sobre su pecho, tibio. Buscaba. Abría la boca, le rozaba la piel. El calor no la calmó. Era un peso prestado, como si ese cuerpo no hubiera salido del suyo.

Le apoyó dos dedos en el cuello. Su respiración era un hilo tibio.

Un rayo blanqueó la casilla.

Cerró las manos.

El hilo tibio ya no estaba.

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