Había un bar en aquella esquina.

No sé si todavía existe; acaso persiste únicamente en esa obstinación de la memoria que se empeña en conservar lo que el tiempo ya decretó perdido. Entrábamos sin entrar del todo, porque nadie llegaba realmente a un bar de barrio: uno se deslizaba hasta su mesa como quien vuelve a una costumbre más antigua que uno mismo.

El café se pedía sin palabras. Bastaba una mueca leve, dos dedos levantados apenas, y Don Valente entendía. Había hombres que podían pasar años enteros pronunciando menos palabras que un extranjero en una tarde, y sin embargo se conocían más que los hermanos. El silencio también era una conversación en aquellos bares.

Sobre las mesas sobrevivían los dominós, golpeándose con una música seca y familiar, mientras el ajedrez extendía sus pequeñas tragedias lentas. Qué extraña dignidad tenían esos parroquianos, dueños de un tiempo que parecía no acabarse nunca. Se sentaban frente al tablero como si el mundo dependiera de un jaque mal dado o de una torre salvada a último momento. Afuera podían llover miserias o crecer edificios donde antes había glicinas; adentro todavía importaba el movimiento de un caballo.

Después vinieron otros tiempos, tiempos apurados, cruelmente prácticos. Las mesas fueron quedando vacías. Las fichas desaparecieron una tarde cualquiera, sin ceremonia, como desaparecen los viejos amigos cuando nadie advierte que aquella despedida era la última. Y el barrio empezó a agonizar despacio, con esa tristeza silenciosa que tienen las cosas condenadas a sobrevivirse.

Pienso en Don Francisco, en Don Batista, en Don Valente y en tantos otros cuyos nombres mi memoria guarda con cierto celo, acaso también con miedo. Porque uno comprende, al recordarlos, que el tiempo no sólo se lleva a las personas: también se roba las maneras de estar juntos, los cafés interminables, la lentitud, la esquina entera.

Y qué pena tan grande da descubrir que ya no lloramos únicamente a los hombres, sino también al mundo que ellos sostenían con sus rutinas mínimas: un café servido sin hablar, una ficha de dominó golpeando la mesa, un jaque anunciado apenas con una sonrisa cansada.

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