Le alquilé sin saber que eso estaba ahí.
Lo descubrí por accidente, una tarde de sol, mientras ordenaba el cuarto donde guardo herramientas. Un hilo de luz, demasiado preciso para ser casual, se filtraba desde la pared del fondo. Me acerqué más por curiosidad que por otra cosa, y entonces lo vi: un orificio mínimo, casi perfecto, como si alguien hubiera querido taparlo sin lograrlo.
Del otro lado estaba su baño.
No pensé nada en ese momento. O, mejor dicho, pensé lo suficiente como para apartarme.
La idea volvió días después.
Fue de noche. Bajé al cuarto por un asunto sin importancia y escuché el agua. El sonido tenía algo hipnótico: constante, íntimo. Me acerqué sin decidirlo del todo, como si siguiera una costumbre. Frente a la pared, dudé.
Sabía que no debía hacerlo.
Y, sin embargo, lo hice.
El primer vistazo fue breve, casi torpe. Vapor, movimiento, una silueta fragmentada por el ángulo imposible. Alcanzó. Algo en esa mezcla de cercanía y distancia —de ver sin ser visto— se instaló en mí con una fuerza inesperada.
Volví la noche siguiente. Y la otra.
Al principio me repetía que era pasajero, que lo dejaría. Después dejé de justificarme. Empecé a reconocer horarios, a anticipar el momento. Ajusté una caja. Improvisé un apoyo. Cualquier cosa que hiciera más fácil sostener el ojo donde no debía.
Nunca veía del todo. Siempre faltaba algo. Y quizás por eso volvía.
Había noches en que el vapor lo cubría todo y apenas distinguía movimientos. Otras, en cambio, la luz era más limpia, y entonces los fragmentos se volvían nítidos: una espalda, la curva de un brazo, el recorrido lento del agua.
Me descubrí respirando distinto. Más lento al principio, como si el aire tuviera que pasar por un lugar más estrecho, como si algo en el cuerpo se me adelantara. El ritmo se acomodaba solo. Me quedaba más tiempo del necesario, incluso cuando ya no veía nada.
Una noche, por primera vez, se detuvo.
El agua seguía corriendo, pero ella no. Permaneció quieta, apenas recortada por el vapor. Levantó la mano, despacio, tanteando el aire. La detuvo a centímetros de la pared.
El vapor se abría y se cerraba alrededor, dejando ver apenas la forma, los dedos separados.
No llegó a tocar.
Pero no retiró la mano.
La dejó ahí, suspendida, el tiempo suficiente como para que dejara de ser un gesto y el vapor cediera apenas, dejando notar que algo brillaba un instante y volvía a perderse.
Me aparté.
No volví por algunas noches.
Había días en que lograba resistirme, pero eran pocos. Bastaba con saber que del otro lado la escena podía estar ocurriendo para que el resto del día quedara atravesado por esa posibilidad. No era solo lo que veía: era lo que imaginaba.
Cruzarla afuera se volvió incómodo. La evitaba en el pasillo. No por miedo —nunca sospechó nada— sino por una necesidad absurda de mantener separadas las dos versiones. La que hablaba, vestida, cotidiana. Y la otra, hecha de fragmentos y de vapor.
La mía.
Esa fue la palabra que empezó a inquietarme.
Mío.
El hábito creció en silencio, como crece lo que no se nombra. Y con él, otra cosa: una tensión persistente, física, difícil de ubicar, que no desaparecía al alejarme de la pared.
No lo comprendí hasta más tarde, también por casualidad.
Estaba en mi baño, subido a una silla para alcanzar un estante alto, y lo noté. La misma precisión, la misma forma: un pequeño agujero en la pared opuesta. Alineado.
Me acerqué despacio, con una sensación extraña en el cuerpo, como si ya supiera lo que iba a encontrar. Al principio, solo oscuridad.
La luz cambió.
Un parpadeo.
Me quedé inmóvil.
Esperando.
La luz volvió. Y volvió a cortarse.
No era azar.
Los espacios coincidían. Las paredes también.
Ella alquiló sin saber que eso estaba ahí.
Apagué la luz de mi baño.
Y me acerqué otra vez, esta vez sin disimulo, hasta quedar a milímetros de la pared.
Me quedé así más tiempo del necesario.
Inmóvil.
Sosteniendo el cuerpo en una incomodidad que no quise corregir.
Sentía que moverme era perder algo.
Del otro lado, la oscuridad no era completa.
Había algo.
Quieto.
Esperando.
Del otro lado, alguien sostenía el mismo equilibrio.
No descubrí.
Fui descubierto.
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