Es probable que sus vidas sean más cortas que la mía.
Recuerdo con nitidez esas semanas. Estuve en cada una de sus citas. Mi dueña decidió que el pantalón al que pertenezco era una cábala imposible de evitar. Sabía —porque lo había comprobado— que lo enloquecía la forma que le dibujábamos sobre la parte más deseada de su cuerpo.
No puedo decir si fue amor. No sé si eso se puede medir desde una costura. Lo que sí sé es reconocer la tensión exacta de una tela cuando algo importa. Y eso, en todos estos años, no volvió a repetirse.
La primera vez fue en casa. Se conocían por amigos en común y se tenían una confianza prematura. Cenaron poco, hablaron mucho. Se hizo tarde. Se prometieron verse al día siguiente con una urgencia que no disimulaban.
La despedida rozó ese momento en el que a nosotros nos arrancan y nos dejan caer al suelo. No ocurrió. Sin embargo, su mano pasó tantas veces sobre mí, sobre las costuras, que el calor terminó filtrándose hacia adentro. Sentí la humedad expandirse, tibia, inevitable, como aquella vez en que llegó corriendo al baño y no alcanzó a tiempo.
Se dieron una tregua. Demasiado pronto, dijeron. Demasiado evidente. Fueron correctos. Fueron racionales.
Esa misma noche, los ojos de mi dueña decidieron otra cosa: cada vez que lo viera, volvería a usarnos.
Y así fue.
Durante un mes, caímos al suelo todas las noches junto con mi colega. No veíamos, pero aprendimos a escuchar como escuchan las cosas que no pueden cerrarse: todo queda. Palabras dichas demasiado pronto —variaciones del querer, del desear— mezcladas con risas, con torpezas, con alguna grosería dicha como quien ya se pertenece.
Hubo confesiones largas. Susurros. Silencios compartidos, cómodos.
Una noche me dejaron sobre una silla. Desde ahí presencié algo distinto: ella probando una comida que él había preparado. Lo dijo en voz baja, como si al decirlo pudiera romperse: que nunca le había pasado.
Hubo un viaje al que no asistimos ninguno de los dos pantalones. A la vuelta, algo cambió.
No fue de golpe. Las telas reconocen antes que nadie cuando algo empieza a aflojar.
Dejaron de verse todos los días.
Después, dejaron de tocarse como si hiciera falta.
No hubo escena.
Hubo distancia.
Ella decidió espaciar los encuentros hasta que dejó de buscarlos por completo.
Esa noche lloró. Lo sé porque la sal también deja marca.
No entendí por qué. Nadie pudo hacerlo. Hay decisiones que no pasan por las manos.
Pasó el tiempo.
Hasta que lo citó en un bar.
Ambos botones nos tensamos bajo la mesa cuando volvimos a encontrarnos. No hacía falta ver para saber que algo seguía alineado, esperando.
Ella pidió perdón. Habló de un impulso que no supo manejar.
Él —lo escuché con claridad— dijo que no hacía falta. Que no había nada que disculpar.
Mi colega permaneció en su lugar. Correcto. Quieto.
Yo también.
Y, sin embargo, por primera vez, sentí que podía fallar.
No se acercó.
No volvió a acercarse.
Pasaron los años.
Mi dueña dejó de usarnos después de ese encuentro. Nos colgó con cuidado y desde entonces permanecemos en el mismo lugar, junto a otras prendas que todavía tienen futuro.
Hace cinco años que estoy acá.
A veces abre el armario. Busca otra cosa. Pero antes de cerrar, se detiene un instante. Me mira. Sonríe apenas.
Nunca intenta usarme otra vez.
No podría.
No es cuestión de tela ni de costuras. Yo sigo igual.
Aquella noche, cuando no se acercó, por primera vez sentí que ella no estaría a la altura.
No supe de qué, ni importaba.
Desde entonces, nos reconocemos entre los que quedamos guardados.
No somos los que ya no entran.
Somos los que dejaron de coincidir con lo que se esperaba de nosotros.
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