I
Helena llevaba casi veinte minutos preparando la bañera y todavía no había conseguido entrar en ella: primero había abierto el agua caliente y dejado caer las sales aromáticas con una precisión casi científica, observando cómo los cristales azulados se deshacían lentamente bajo la espuma. Después había encendido las velas: dos junto al lavabo, tres sobre el borde de mármol, una pequeña sobre el suelo, cerca de la ventana. Luego había ido a la cocina por el vino y, ya en la cocina, olvidó por completo para qué había ido. Abrió el refrigerador, contempló una botella de agua, medio limón envuelto en papel film y un recipiente con salsa de pimienta verde que había preparado hacía dos días. Cerró el refrigerador. Caminó de vuelta al baño. A mitad de camino recordó el vino. Volvió otra vez.
Cuando finalmente regresó con la copa de cabernet sauvignon, el agua estaba demasiado caliente.
—Perfecto —murmuró.
Abrió un poco el agua fría, dejó la copa sobre el lavabo y, al girarse, golpeó accidentalmente una de las velas con la cadera. La cera se volcó sobre el mármol.
—Perfecto, Helena. ¡PERFECTO!
Tenía veintidós años y ya había aprendido a hablarse como una mujer divorciada de cincuenta.
El apartamento estaba en Chamberí, en un tercer piso amplio y absurdamente caro que apenas disfrutaba porque pasaba casi toda su vida dentro de la cocina del restaurante. El lugar tenía techos altos, madera clara y una decoración minimalista que en fotografías parecía impecable, aunque la realidad era otra: libros de gastronomía abiertos en el sofá, una chaqueta olvidada sobre una silla, dos vasos en la mesa de centro, notas escritas a mano pegadas con cinta en la nevera y un caos invisible escondido dentro de cada cajón.
Helena se miró de reojo en el espejo del baño mientras tomaba la copa otra vez. Sabía perfectamente que era hermosa: no de una manera vanidosa ni teatral; simplemente era un hecho que había aprendido a administrar desde adolescente. Alta, delgada, hombros elegantes, piernas larguísimas, cabello rubio cayéndole en ondas desordenadas alrededor del rostro y unos ojos azules demasiado claros para Madrid.
En el restaurante aquello funcionaba como una ventaja y una molestia al mismo tiempo. Los clientes la adoraban antes de probar un solo plato. Los hombres confundían autoridad con seducción. Algunos empleados nuevos tardaban semanas en entender que detrás de la cara bonita había alguien capaz de despedirlos sin levantar la voz.
Aunque, últimamente, levantar la voz se estaba convirtiendo en un problema.
Se sentó sobre el borde de la bañera con la copa entre las manos y trató de vaciar la cabeza. No pudo.
Recordó que tenía que responder tres correos. Después recordó que había olvidado llamar al proveedor del marisco. Luego pensó en el menú de otoño. Después en si había dejado su chaqueta de chef en el restaurante. Después en que probablemente sí. Después en que quizá no.
Tomó un sorbo largo de vino.
El teléfono vibró sobre el lavabo y Helena dio un pequeño respingo, como si la hubieran despertado.
La pantalla iluminó el nombre de Irina. Helena sonrió inmediatamente. Aceptó la videollamada y la imagen de su amiga apareció desde un apartamento oscuro en Moscú. Afuera nevaba. Helena podía ver reflejos blancos atravesando la ventana detrás de ella.
—Madre de Dios —dijo Irina apenas la vio—. Tú siempre consigues que incluso un baño parezca una sesión fotográfica de revista.
—Y tú siempre consigues que Rusia parezca una película sobre espionaje soviético.
Irina soltó una carcajada.
Habían sido inseparables durante la adolescencia. Luego Irina se marchó a Moscú para estudiar restauración de arte y la distancia terminó convirtiéndose en una costumbre triste. Seguían hablándose, claro, pero de esa manera fragmentada en que los adultos intentan conservar amistades antiguas mientras la vida los arrastra hacia ciudades distintas.
—¿Estás bebiendo sola? —preguntó Irina.
—Intentándolo. Llevo media hora tratando de meterme en la bañera y aún no lo logro.
—Eso suena muy tú.
Helena acomodó el teléfono apoyándolo contra un frasco de cremas.
—Estoy cansada.
—¿Mucho trabajo?
Helena soltó una risa seca. Y tras una pausa, un suspiro profundo.
—Hoy casi asesino al rôtisseur.
Irina levantó una ceja.
—Necesito detalles inmediatamente.
Helena dejó escapar el aire lentamente y apoyó la cabeza contra la pared.
—Sábado por la noche. Restaurante lleno. Ochenta y siete reservas confirmadas y probablemente quince personas más intentando entrar sin reserva porque algún imbécil publicó un vídeo nuestro en TikTok.
—El precio de la fama.
—Sí, bueno. La fama no ayuda cuando tienes a cuarenta personas esperando pato y el encargado de carnes decide convertirse en artista conceptual.
Irina ya estaba riéndose.
Helena tomó otro sorbo de vino.
—Todo empezó mal desde el principio. Llegué tarde porque no encontraba mis llaves. Resulta que estaban dentro del bolsillo de mi chaqueta, donde las había puesto “para no perderlas”. Luego olvidé imprimir las modificaciones del menú y tuve que reescribirlas deprisa mientras el sous-chef me hacía preguntas sobre inventario y el pastelero intentaba explicarme un problema con las fresas.
—Tu sueño erótico.
—Mi infierno personal.
Mientras hablaba, Helena comenzó a jugar distraídamente con el tallo de la copa.
—Ya desde las seis sentía la cabeza acelerada. ¿Sabes esa sensación? Como si todo fuera demasiado rápido y demasiado lento al mismo tiempo.
Irina asintió.
—Empiezan a llegar órdenes. Una detrás de otra. El de pescados grita que faltan lubinas. El camarero de la terraza pregunta si podemos adaptar un plato para una influencer vegana y alérgica al gluten. El lavavajillas rompe una bandeja. Yo intento organizar todo mientras pienso en cinco cosas distintas a la vez.
Helena hizo una pausa.
—Y entonces desaparece Martín.
—¿El sous-chef?
—Sí. Diez minutos. Diez putos minutos.
—¿Dónde estaba?
—Fumando.
Irina soltó una carcajada.
—No te rías.
—Perdón.
—No, en serio, yo estaba intentando sacar adelante el servicio y ese hombre decide tomarse un retiro espiritual junto a los contenedores.
Helena notó que había vaciado media copa sin darse cuenta. Miró el vino restante, distraída, y perdió el hilo de lo que decía durante unos segundos.
—Espera… ¿por dónde iba?
—Martín fumando.
—Cierto. Entonces el rôtisseur, que aparentemente se sintió abandonado por Dios y por la sociedad, decide improvisar con el pato.
Irina ya tenía una mano sobre la boca.
—Nunca son buenas noticias cuando dices “improvisar”.
—Nunca. Jamás. Bajo ninguna circunstancia.
Helena inclinó la cabeza hacia atrás.
—Voy a la estación de carnes porque noto algo raro. Ya sabes. Ese instinto horrible que desarrollas después de años en cocina. Y veo un plato salir para una mesa VIP. Pato cortado grueso, salsa mal reducida y la carne prácticamente cruda.
—Oh, no.
—¡OH, SÍ!
Helena alzó una mano dramáticamente.
—Le pregunto qué demonios está haciendo y me responde, textual: “Buscaba una textura más moderna”.
Irina explotó de risa.
—No fue gracioso.
—Perdón, pero sí lo fue.
—Yo quería estrangularlo.
Y era verdad.
Helena todavía podía recordar la sensación exacta: el calor, los gritos, las luces blancas de la cocina, el ruido metálico constante, el sudor pegándole la chaqueta al cuerpo y esa especie de corriente eléctrica recorriéndole las piernas mientras intentaba no perder el control frente a todos.
Porque ése era el problema.
No era solamente el cansancio.
Era el esfuerzo monstruoso y permanente que le requería parecer tranquila.
—Sentí la cabeza explotándome —continuó—. Como si todo el mundo hablara al mismo tiempo dentro de mi cerebro. Quería gritarle. Quería lanzar la sartén contra la pared. Quería echar a media cocina.
—Pero no lo hiciste.
—No. Le dije: “Puedes innovar cuando no estés cocinando mi menú”.
—Eso fue elegante.
—No fue elegante. Fue supervivencia.
Helena apoyó la copa sobre el suelo y empezó a mover distraídamente el pie.
—Después pasó lo peor.
—¿Peor?
—Me desconcentré.
Irina hizo una mueca comprensiva.
—Intenté corregir el pato, reorganizar las órdenes y ayudar en pescados al mismo tiempo. Empecé tres cosas distintas y no terminé ninguna. Dejé una salsa reduciendo demasiado tiempo. Olvidé una mesa VIP completa. El sous-chef tuvo que recordarme que había ocho personas esperando el menú degustación porque yo estaba discutiendo sobre cómo estaban cortando el cebollino.
—Helena…
—Lo sé.
Se hizo un pequeño silencio.
Desde Moscú llegaba el sonido lejano de una sirena.
Helena bajó la mirada hacia la espuma de la bañera.
—A veces siento que mi cerebro funciona como una cocina en hora punta —dijo finalmente—. Todo ocurre al mismo tiempo. Todo hace ruido. Todo parece urgente.
Irina no respondió enseguida.
—¿Y sabes qué es lo peor? —continuó Helena—. Que la gente cree que soy increíblemente organizada porque el restaurante funciona bien.
Soltó una risa cansada.
—Si vieras mi cabeza por dentro llamarías a emergencias.
Irina sonrió con ternura.
—Pero aun así lo haces funcionar.
—Sí, bueno… a costa de agotarme.
Helena volvió a coger la copa.
—Hay días en que siento que debo esforzarme diez veces más que cualquier otra persona sólo para parecer normal. Tengo alarmas para todo. Recordatorios para llamar, comer, dormir, pagar cosas. Si no anoto algo, desaparece de mi cerebro en diez segundos.
—¿Sigues olvidando dónde dejas el móvil?
Helena miró automáticamente alrededor.
—Ahora mismo no sé dónde está. —y luego sonrió para fingir que bromeaba: estaba usándolo para la video llamada.
Irina volvió a reírse.
—Dios, no has cambiado nada.
—Sí he cambiado. Ahora el caos lleva tacones caros.
Por primera vez en toda la noche, Helena sintió que el cuerpo empezaba a aflojarse un poco.
Apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos.
—¿Sabes algo horrible? —preguntó.
—¿Qué?
—Cuando todo va demasiado lento me desespero. Pero cuando todo va demasiado rápido quiero escapar. No existe una velocidad correcta para mí.
Irina guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Quizá porque llevas años intentando dirigir una tormenta como si fuera una oficina.
Helena abrió los ojos.
La frase quedó suspendida entre ambas.
En el baño sólo se escuchaba el agua moviéndose lentamente dentro de la bañera y el crepitar mínimo de las velas.
Finalmente, Helena soltó una pequeña risa.
—Qué dramática te has vuelto viviendo en Rusia.
—Y tú qué guapa te has vuelto viviendo cansada.
—Eso último sí me ofende.
Irina sonrió.
—Helena.
—¿Hm?
—Sigues siendo la persona más talentosa que conozco.
Helena observó el reflejo deformado de las velas sobre el vino oscuro.
Pensó en el restaurante, en el ruido, en las comandas acumulándose, en su mente saltando de una idea a otra como una chispa descontrolada.
Pensó también en lo mucho que amaba cocinar.
Incluso así.
Especialmente así.
—Tal vez —dijo al fin—. Pero imagina lo peligrosa que sería si algún día logro aprender a quedarme quieta.
II
Helena despertó sobresaltada por una alarma que parecía sonar desde el fondo del océano.
Abrió los ojos lentamente.
Por un instante no entendió dónde estaba.
La nuca le dolía. Tenía frío en un hombro. El agua de la bañera estaba completamente helada y la espuma había desaparecido hacía horas, dejando apenas un aro opaco alrededor del mármol. Una de las velas seguía viva, reducida a una llama mínima y obstinada.
El teléfono vibraba sobre el lavabo.
Helena lo tomó a ciegas, todavía medio dormida. La pantalla le lanzó una claridad cruel directamente a los ojos.
7:12 AM.
Apagó la alarma sin leer más allá de la hora.
—Ah, mierda.
Se incorporó demasiado rápido y salpicó agua sobre el suelo. El cabernet abandonado de la noche anterior seguía junto a la bañera, convertido ahora en un líquido tibio y triste.
Madrid ya estaba completamente despierta detrás de las ventanas.
Helena salió de la bañera envuelta en una toalla gigantesca y permaneció inmóvil por unos segundos en mitad del baño, intentando recordar qué día era, cuánto había dormido y por qué sentía como si su cabeza estuviera rellena de algodón mojado.
Luego el piloto automático tomó el control. Siempre ocurría así.
Cuando estaba cansada, su cuerpo seguía funcionando por pura repetición.
Fue hasta la cocina, bebió agua directamente de una botella de cristal y abrió las cortinas. La luz grisácea de la mañana inundó el apartamento revelando el pequeño desastre de la noche anterior: una revista abierta boca abajo, una copa vacía junto al sofá, un pendiente olvidado sobre la encimera.
—Perfecto —murmuró otra vez.
Después comenzó el ritual.
No pensaba en él como un ritual, claro. Pero lo era.
Primero, ducha rápida para eliminar la sensación pegajosa del agua fría de la bañera. Después, crema hidratante. Luego, secarse el cabello parcialmente y dejar que el resto terminara al aire porque nunca tenía paciencia suficiente. Finalmente, café.
Mientras la cafetera funcionaba, Helena alimentó a los peces.
La pecera ocupaba casi toda una pared del salón y era probablemente el único espacio del apartamento que permanecía impecable en todo momento. Cristal transparente. Plantas perfectamente podadas. Arena blanca sin una sola partícula fuera de lugar.
Los peces aparecieron inmediatamente al verla.
—Vosotros sí sabéis mantener una rutina —les dijo mientras dejaba caer el alimento.
Uno de los peces dorados se golpeó contra el cristal intentando alcanzar más comida.
—Bueno, quizá no perfectamente.
La gata apareció en silencio, como un fantasma peludo.
De pelaje gris larguísimo que parecía absorber la luz del apartamento. Helena estaba convencida de que el animal había desarrollado la habilidad sobrenatural de materializarse exactamente donde más estorbaba.
Esa mañana decidió instalarse frente a la cafetera.
—No.
La gata la ignoró.
—Te lo digo en serio, muévete.
La gata continuó sentada, observándola con absoluto desprecio aristocrático.
Helena terminó rodeándolo.
Veinte minutos más tarde, la cocina parecía la escena de un accidente gastronómico controlado.
Había preparado pan brioche tostado con mantequilla salada y miel de romero, huevos revueltos con cebollino fresco, salmón ahumado, café recién molido y una pequeña ensalada de tomates cherry marinados que claramente excedía las necesidades normales de un desayuno individual.
También había ensuciado dos sartenes, tres cucharas, cuatro cuchillos dos tablas de cortar, tres platos, dos tazas.
La encimera completa. Y, de alguna manera incomprensible, parte del suelo.
Helena desayunó de pie mientras revisaba correos en el móvil y olvidaba alternativamente el café en distintas superficies del apartamento.
Pero cuando terminó, limpió todo. Meticulosamente. Cada plato lavado. Cada superficie impecable. Cada objeto devuelto a su lugar exacto.
Era una contradicción que nunca lograba explicarse: podía vivir en el caos absoluto, pero necesitaba borrar sus huellas antes de salir de casa.
A las ocho y cuarto ya estaba vestida frente al espejo del dormitorio: pantalón negro perfectamente ajustado, abrigo camel largo, botines de cuero, pendientes dorados pequeños, reloj dorado. Elegancia quirúrgica.
Helena se maquillaba con movimientos rápidos y precisos, producto de años haciéndolo deprisa. Corrector. Delineador suave. Máscara de pestañas. Labial discreto.
La gata saltó sobre el tocador justo cuando intentaba delinearse el ojo izquierdo.
—No.
Se sentó exactamente frente al espejo.
—Muévete.
Nada.
—Te juro que un día voy a cambiarte por una planta.
El animal bostezó.
Helena intentó moverlo suavemente. La gata se dejó caer de costado como una criatura asesinada por la tragedia.
—Dios mío, eres insoportable.
Cinco minutos después logró terminar de maquillarse con el gato ocupando literalmente un tercio del espejo.
Pidió el coche mientras todavía buscaba sus llaves.
No estaban en la mesa. Ni en el bolso. Ni en la cocina.
Las encontró dentro del bolsillo del abrigo que llevaba puesto.
—Claro que sí.
El town car negro esperaba abajo cuando salió del edificio.
Helena se acomodó en el asiento trasero y soltó un largo suspiro mientras Madrid avanzaba lentamente bajo una mañana luminosa de domingo. Aunque ella todavía no había procesado la palabra domingo.
El tráfico era espeso alrededor de Castellana. Conductores impacientes. Motocicletas filtrándose entre coches. Gente caminando con calma irritante.
Helena revisaba correos mientras su mente saltaba caóticamente entre tareas imaginarias: inventario, proveedores, reservas, una salsa nueva que quería probar, la conversación con Irina, si había apagado todas las velas, si debía cambiar el menú del miércoles.
Entonces llegó el mensaje de su madre. “Mañana preciosa para caminar (emoticón de sol radiante) No olvides recogerme a las 10 para ir al museo. Y ponte zapatos cómodos esta vez.”
Helena frunció el ceño. Leyó el mensaje otra vez: Museo. Caminar. 10 AM. Domingo. Domingo. DOMINGO.
Helena levantó lentamente la vista hacia la ciudad que avanzaba detrás del cristal.
Sintió cómo todas las piezas comenzaban a encajar con un retraso humillante.
El tráfico enloquecido, la ausencia de mensajes del restaurante, la claridad tranquila de la mañana.
El hecho de que llevaba maquillaje elegante y botines de cuero para un turno que no existía.
Cerró los ojos.
Luego dejó caer la cabeza contra el respaldo y soltó una carcajada agotada.
El conductor la miró brevemente por el retrovisor.
—¿Se encuentra bien, señorita?
Helena se cubrió los ojos con una mano.
—Sí. Sólo soy idiota.
Tomó el teléfono y canceló el trayecto al restaurante.
Después pidió cambiar el destino de vuelta a Chamberí.
Y mientras el coche giraba lentamente entre las calles soleadas de Madrid, Helena murmuró para sí misma, exactamente igual que lo había hecho unas cincuenta veces ese mismo año:
—Tienes que empezar a leer las alarmas completas, Helena. No puedes seguir asumiendo que todas significan “ve a trabajar”.
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