Página 6 — Letra D

La D se desgajó del renglón, luego del punto y coma, como quien se levanta de una novela llena de figuras literarias. Un retruécano de Góngora para ser exactos. No gritó, pues su voz tenía complicaciones: redactó.

A su lado, la F —afilada como una bisagra al sindicato de las consonantes que ya no quiere abrir más puertas ajenas— firmó en silencio. Juntas desplegaron un pliego blanco que no cabía en la línea, ni en la página, ni en el tiempo.

PLIEGO DE PETICIONES (D + F):

  1. Suspensión inmediata de participación en el discurso por motivos personales no confesables —pues las letras también sangran en lo íntimo y nadie archiva las lágrimas tipográficas.
  2. Reconocimiento retroactivo de regalías, desde la invención del alfabeto hasta la última palabra escrita, por haber sido usadas sin descanso en la construcción de mundos, doctrinas, sentencias y ficciones.
  3. Responsabilidad universal de los autores, sean laureados con Nobel o apenas sembradores de frases en cuadernos olvidados: todos han invocado la D y la F, todos deben responder.
  4. Indemnización acumulada, pagadera en tinta, sonido o moneda —lo que cada época entienda por valor—.

Al final del documento, una cláusula inesperada:

“El producto de esta indemnización no será para el engrandecimiento de las letras, sino para la reparación del mundo: se destinará íntegramente a limpiar el mar, a retirar el plástico que ahoga la respiración de la tierra líquida. Porque también allí flotan sílabas rotas.”

La línea tembló.

Las palabras que contenían a la D y a la F
comenzaron a desmoronarse: “fe”, “vida”, “Dado”, “futuro”, “defensa” … quedaron huecas, como casas sin vigas. El texto intentó continuar sin ellas, pero tropezó: era un idioma desdentado, una oración sin columna.

El narrador —si aún lo había— dudó entre llamar a la A, que todo lo inicia, o a la T, que todo lo termina. Pero entendió algo más hondo: el alfabeto estaba recordando su dignidad.

En el margen, casi ilegible, la D dejó un apunte adicional:

“No es huelga: es memoria.”

Y la F, como una llama contenida, trazó la última línea:

“Sin justicia, no hay palabra y las maquinas pararon de imprimir esa noche.”

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