Tan lejano quedó el último suspiro,
que ahora lo olvido lentamente,
día tras día,
entre los grises
que devoran el brillo natural de mis ojos.
Y aun así me pregunto:
¿cómo logré beber aquellos sorbos de felicidad
sin romperme la garganta?
¿Dónde escondí la fórmula secreta
de mi propia creación definitiva?
¿La enterré?
¿La perdí en algún rincón del miedo?
Porque volvió.
El pensamiento diabólico volvió,
afilado, amenazante,
susurrando mi nombre
como un viejo amante del abismo.
Y esta vez…
esta vez quiero seguirlo.
Pero no.
No quiero caminar tomado de su mano.
No quiero convertirme en su sombra.
Entonces pienso:
¿y si huyo hacia el sol,
aunque el calor me consuma?
¿y si dejo que mi voz caiga desde lo alto,
como un canto soprano
rompiéndose en caída libre contra el cielo?
¿A dónde voy?
¿Qué hago con todas las promesas ilusorias
que colgué como estrellas falsas
sobre mi pecho?
Mis alas de papel
todavía intentan sostenerme,
pero comienzan a desintegrarse
entre el viento y la memoria.
Y el averno abre otra vez sus puertas.
Lo conozco.
Reconozco su respiración en mis noches.
Pero ahora,
solo queda una jaula
hecha de pesadillas rotas
y ecos que ya no saben herirme.
Nunca.
¿No ves?
Ya no tengo miedo.
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