Un amanecer el Sol no salió.

Los relojes se pararon durante un instante. Los despertadores no llegaron a sonar. El gallo, que minutos antes había cacareado como había hecho todos los días de su vida a la llegada del alba, se puso a escarbar la tierra del corral buscando algún gusano con el que desayunar y en eso estaba cuando se volvió a dormir.

Entonces ocurrió algo insólito. El tiempo dejó de avanzar y empezó a retroceder. Los minutos no sumaban hacía sesenta, si no que restaban hacía uno. Pero todo el mundo dormía y nadie era consciente de ese hecho. Sólo Pepón, el vigilante nocturno de la fábrica de azulejos que había en las afueras de la ciudad. 

Pepón era vigilante nocturno por vocación. Le gustaba la tranquilidad con la que se trabajaba de noche. Recorrer los largos pasillos de la fábrica él sólo y saludar a sus compañeros del turno de mañana que siempre llegaban al puesto con una telaraña de sueño en los ojos. Despidiéndose de ellos con su frase favorita en esas horas, ‘me voy a dormir’. Sabiendo lo mucho que le envidiaban sus compañeros en ese momento.

Hacía un rato que había mirado el reloj y había visto que le quedaba poco menos de una hora para el cambio de turno. Como ya había recorrido los pasillos de la fábrica varias veces durante la noche, decidió ir yendo hacía los vestuarios y empezar a cambiarse de ropa.

Ya se encontraba vestido de calle, y sentado en uno de los cómodos butacones que la fábrica tenía para recibir las visitas, se dispuso a esperar a sus compañeros. 

‘¡Que rápido que me he cambiado hoy de ropa! ¡Aún no ha empezado a clarear!’ Miró el reloj de la entrada y vió que marcaba la misma hora que hacía un rato marcaba el suyo. ‘Se me tiene que haber adelantado mi reloj de muñeca’ Se dijo mientras alzaba el brazo para mirar que hora indicaba, pero vió que marcaba la misma que el reloj de la entrada ‘¡Que insólito!, se han estropeado los dos a la vez y en el mismo instante’ Se dirigió hacia el ordenador de la entrada para ver que hora era realmente. Su sorpresa fue mayúscula, marcaba la misma hora que los otros dos relojes. 

Pepón estaba asombrado, pero su sorpresa fue a más cuando se dio cuenta de que los minuteros retrocedían y que los relojes que hacía un rato marcaban las 5:30 ahora estaban marcando las 5:26 y luego las 5:25, y las 5:24, y Pepón no entendía nada.

Cada vez era más oscuro y la ligera insinuación del amanecer de hacía un rato, había desaparecido, y el cielo era negro y se empezaba a llenar de estrellas otra vez. Pepón se empezó a asustar. 

Por primera vez, en todos los años que llevaba trabajando en la fábrica, abandonó su puesto de trabajo sin esperar que viniese el relevo y se dirigió hacia su vivienda en el centro de la ciudad. Por el camino vió que Cristóbal, el quiosquero, no estaba ordenando los diarios del día. El bar Manolo, donde todas las mañanas entraba a tomarse un cafelito, descafeinado, también estaba cerrado. Genaro, el barrendero de su barrio, con el que cada día se cruzaba antes de llegar a casa, tampoco estaba. 

En un último intento Pepón miró el reloj del campanario de la iglesia y vió que hacía el mismo camino desquiciante hacía atrás. 

Entró en su vivienda, que le pareció tétrica ya que no estaba acostumbrado a verla de noche y encendió la tele con la esperanza de que todo eso que estaba ocurriendo sólo fuese un problema de la zona y que en la capital, que eran gente más avanzada que en esta pequeña ciudad de provincias, no existiese ese problema o que le hubiesen encontrado una solución. Pero no había ningún tipo de programación matutina y una gran carta de ajuste llenaba toda la pantalla. 

Pepón no sabía que hacer. Asomado por la ventana, miraba hacía el exterior. Todo era oscuridad. Ninguna luz de ningún vecino estaba encendida. 

Se metió en la cama muy asustado y se durmió. 

El sonido del teléfono le despertó. Era Juan, de recursos humanos, que le preguntaba si estaba bien, que porque no había ido a trabajar. Pepón le explicó todo, pero Juan no le entendía. Le dijo que su horario siempre había sido de 6:00 a 22:00 y que no podía abandonar su puesto hasta que no llegasen sus compañeros del turno de tarde. Pepón trataba de entender que había pasado pero no comprendía nada. 

Siguió trabajando en el turno de noche durante muchos años más pero sólo era él el que sabía que el mundo ya no avanzaba, que de alguna manera, que no entendía, el tiempo estaba retrocediendo.

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