Hubo un tiempo —o acaso lo inventamos ahora para soportar mejor el presente— en que los hombres podían sentarse frente a una puerta sin la necesidad de mirar otra cien veces por minuto. Las tardes duraban más porque nadie las perseguía. El vecino tenía nombre, la mesa familiar era un pequeño tribunal donde todavía se discutía la vida y no solamente las noticias.

Después llegaron las máquinas invisibles. No aquellas enormes y ruidosas de las fábricas, sino otras más pequeñas y perfectas, capaces de acompañar al hombre incluso en su cama, en su mesa y hasta en su soledad. Prometían acercarlo al mundo, pero poco a poco fueron alejándolo de sí mismo.

El hombre moderno despierta cansado antes de haber vivido el día. Corre detrás de mensajes, imágenes y obligaciones cuyo origen desconoce. Ya no necesita un vigilante: él mismo controla cada instante de su existencia. Publica su alegría para convencer a los otros, y a veces para convencerse a sí mismo.

Sin embargo, lo más extraño no es la velocidad del mundo, sino la sospecha persistente de que algo esencial quedó atrás. Tal vez no era la felicidad. Tal vez era solamente el tiempo. El tiempo de mirar una lluvia desde la ventana sin sentir culpa. El tiempo de aburrirse. El tiempo de permanecer.

Y como ocurre en toda condena verdaderamente perfecta, nadie sabe exactamente cuándo empezó.

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