El orgullo de tener culo.

Hay mujeres —y hombres también, porque el orgullo no conoce géneros sino espejos— que atraviesan el mundo con la secreta convicción de que poseen algo irrepetible. No hablo de la inteligencia, ni de la bondad, ni siquiera de esa rara elegancia que algunos llevan sin saberlo. Hablo del orgullo de tener culo, dicho así, brutalmente, como se dicen las verdades que avergüenzan a los tímidos y hacen sonreír a los cafés nocturnos.

Es curioso. Hay quienes apoyan toda su existencia en una biblioteca, otros en una cuenta bancaria, otros en una genealogía inventada por abuelos mentirosos. Pero están aquellos que edifican su reino sobre una curva. Y uno los ve caminar por la calle Corrientes, o subir a un colectivo cualquiera, y descubre que no pisan la vereda: desfilan sobre una certeza. El cuerpo, en ellos, deja de ser anatomía para convertirse en argumento.

Tal vez sea una de las pocas formas contemporáneas de fe.

Porque tener orgullo de un culo hermoso no consiste solamente en mostrarlo; eso sería demasiado simple, demasiado biológico. El verdadero orgullo está en la liturgia silenciosa que lo acompaña: la pausa antes de darse vuelta, la sospecha de saberse observado, la falsa indiferencia de quien ya conoce el efecto que produce. Hay toda una metafísica ahí, una filosofía involuntaria. Como si el universo, por un instante, pudiera justificarse en la inclinación exacta de una cadera.

Y sin embargo, qué triste resulta a veces. Porque detrás de ese orgullo suele esconderse un miedo feroz al tiempo. El espejo es un dios cruel: primero bendice y después devora. Nadie conserva eternamente aquello que cree poseer. El cuerpo cambia, se resigna, negocia con los años. Lo que ayer era triunfo mañana será memoria, y acaso por eso algunos exhiben tanto lo efímero: porque intuyen, aunque no lo digan, que todo resplandor está condenado.

Yo habría sospechado —entre un humo de cigarrillo y una trompeta de jazz sonando lejos— que el verdadero problema no era el culo sino la necesidad desesperada de sentirse mirado. Ser confirmado por los ojos ajenos. Existir en el deseo del otro aunque sea durante un segundo miserable y luminoso.

Y entonces uno comprende que el orgullo de tener culo no es muy distinto del orgullo de escribir un poema, ganar una discusión o citar a los griegos en una mesa aburrida. Todos buscamos lo mismo: una excusa para que el mundo nos recuerde antes de olvidarnos.

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