Y no hablemos del ajedrez y el cafecito. Porque entonces la tristeza ya no entra caminando: se sienta directamente enfrente de uno.

Había algo sagrado en esos hombres inclinados sobre el tablero, como monjes silenciosos de una religión mínima y perfecta. El café humeaba lentamente al costado, enfriándose a medida que avanzaba la partida, porque el tiempo del ajedrez nunca fue el mismo tiempo del mundo. Afuera podían pasar colectivos, tormentas, gobiernos y derrotas; adentro, en cambio, todo dependía de un caballo mal movido o de una distracción imperdonable.

Qué misterio aquel de pasar tres horas enteras sin casi hablar, unidos apenas por el ruido leve de las piezas y por alguna frase breve:
—“Jaque.”
O peor todavía:
—“Pensala bien.”

Y el mozo, que ya conocía los hábitos de cada uno, traía el pocillo sin preguntar. Algunos endulzaban demasiado el café; otros lo tomaban amargo, como si hubieran decidido hace tiempo que la vida debía aceptarse sin azúcar. Pero todos compartían esa lenta ceremonia de quedarse. Porque antes la gente sabía quedarse en los lugares. Hoy apenas sabe pasar.

Ahora uno entra a ciertos bares y los tableros desaparecieron. Donde antes había ajedrez hay pantallas encendidas; donde había silencios compartidos hay música demasiado fuerte para impedir que alguien piense. Y entonces uno comprende que no se perdió solamente un juego: se perdió una manera de estar solo acompañado.

El ajedrez tenía algo profundamente humano: enseñaba que toda victoria era provisoria y que hasta el rey más protegido termina acorralado alguna vez. Quizá por eso los viejos lo respetaban tanto. Ya habían aprendido que la vida también gana por desgaste.

Y el cafecito…
qué tristeza esa palabra dicha en pasado. El “vamos a tomar un cafecito” no era una invitación: era una tregua contra el mundo. Nadie tenía tanta prisa. Las conversaciones podían desviarse hacia cualquier rincón inútil y maravilloso: un tango, un amor perdido en 1968, un gol imposible, una frase de un libro olvidado.

Hoy el café sigue existiendo, claro. Pero a veces sospecho que ya no existe el tiempo necesario para tomarlo de verdad.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS