El verano en que cumplí quince años trabajé en una tienducha de bisutería cerca del terminal terrestre de Ciudad Bolívar. Los aretes de fantasía y las pulseras doradas, que se ponían verdes al tercer uso, nos envolvían a las de «atención al cliente». Los anillos con piedras de colores eran mis favoritos. Allí conocí a M. Lo primero que recuerdo es su cabello corto, liso, castaño-claro, y que conmigo siempre fue buena. Con las otras no tanto. 

Una mañana entró al local una chica con chancletas de goma, la bermuda desteñida, una bolsa de plástico en la mano y preguntó si había zarcillos de plata de verdad, verdad. M no levantó los ojos del mostrador. Le respondió sin mirarla. Con una voz distante y fría. La chica se fue. M siguió ordenando los exhibidores. Yo fingí que tampoco había visto nada. Así funciona esto, pensé.

Un mediodía de agosto, M me invitó a su casa. Su mari-novio vino a buscarnos en un carro pequeño que todavía tenía los plásticos del posacabezas. La casa tenía las paredes frizadas y estaba pintada de blanco. Mi madre siempre decía que las casas de las buenas familias van siempre de blanco. Y una cocina de mármol que en mi calle nadie tenía. 

M había hecho pasta con albóndigas. Yo la acompañaba mientras buscaba los platos cuando él apareció detrás, sin hacer ruido. La besó en el cuello. M siguió moviéndose entre la olla y la mesa como si eso fuera lo más normal del mundo. Le pasó las manos por los muslos, despacio, subiéndolas. Entonces me miró a mí. No apartó los ojos. La seguía tocando. 

Tenía diecisiete años cuando aprendí a dejarme llevar por los hombres. A los quince solo sentí que algo me jalaba hacia adentro, hacia un lugar del cuerpo que todavía no tenía nombre. Ella se dio la vuelta y lo besó en la boca; atiborrándolo de saliva. Él la tomó por las caderas y ella se montó como quien se rinde ante un asalto. Así, caminando despacio, se fueron al cuarto. Desde la puerta, que dejaron abierta, M me miró con picardía. Ven con nosotros, gritó sin mayor esfuerzo. Negué con la cabeza. El hueco en la garganta no me dejaba ni hablar. Empezaron a gemir exageradamente. Primero ella, después él. Luego, los dos juntos como si supieran que yo estaba ahí parada con la cuchara de servir en la mano y los platos sin poner en la mesa. 

Eso, durante años, me pareció una prueba de que algo en mí estaba mal. Cuando terminaron, M salió descalza con el pelo pegado a la cara y el estupor bajando por las piernas. Tomó mi mano sin decir nada y salimos a buscar un taxi. 

Yo no hablé en todo el camino. Ella tampoco me miró. Al día siguiente no fue a trabajar. La dueña nos dijo que había renunciado. Sin más. Como yo renuncié ese día a librarme de una vez por todas de la “virginidad”.

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