El bar de esa esquina está vacío.

No cerrado: vacío, que es una forma más cruel de la ausencia. Las mesas siguen ahí, disciplinadas bajo la luz amarillenta, como soldados que hubieran sobrevivido a una guerra inútil. Las sillas esperan cuerpos que ya no llegan; el humo que durante décadas fue su verdadero techo se disipó hace tiempo, y el viejo ventilador continúa girando con una fidelidad absurda, como si todavía hubiera conversaciones que refrescar.

Yo me pregunto —y acaso preguntarlo sea ya una manera de perder— dónde van esas gentes a jugar al dominó hoy.
Porque uno cree que las personas desaparecen, pero en realidad lo primero que desaparece son sus costumbres. Después el gesto. Después la voz. Y por último el nombre.

Antes el barrio tenía un ruido reconocible: las fichas golpeando la mesa como pequeños martillos del destino; el insulto amistoso; la discusión eterna sobre un seis doble mal jugado; el mozo que secaba vasos sin apuro mientras escuchaba historias repetidas cien veces. Nadie parecía feliz y, sin embargo, había una felicidad secreta en esa repetición. Una felicidad humilde, casi clandestina.

Ahora las ventanas del bar reflejan solamente autos apurados y personas mirando pantallas donde nadie las toca realmente. Tal vez los viejos jugadores murieron. Tal vez están en otros barrios. Tal vez algún hijo los llevó a departamentos demasiado silenciosos donde molestar con un dominó parece una grosería. O acaso siguen vivos, pero ya nadie los espera en ninguna mesa.

Hay esquinas que envejecen peor que las personas. Uno pasa frente a ellas y siente que algo fue desalojado del mundo sin que nadie hiciera denuncia. Porque no era solamente un bar: era una pequeña república nocturna donde los jubilados discutían de política, de fútbol, de enfermedades y de mujeres perdidas con la misma gravedad con que otros discuten filosofía.

Pienso que las ciudades modernas no expulsan a la gente; expulsan lentamente los rituales. Y un barrio sin rituales termina siendo apenas un conjunto de edificios que comparten vereda.

A veces imagino que una noche cualquiera, cuando ya nadie mire, volverán todos. Entrará el primero rengueando apenas, con el diario bajo el brazo. Otro pedirá café. Otro acomodará las fichas con ceremonia de sacerdote cansado. Y el bar despertará de golpe, como si nunca hubiera estado vacío. Como si el tiempo hubiese cometido apenas un error momentáneo.

Pero después uno sigue caminando y entiende que ciertas partidas, igual que ciertas épocas, quedan suspendidas para siempre a mitad de juego.

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