Cuando alguien se preocupa demasiado por mí.

Cuando alguien se preocupa demasiado por mí.

Hay personas que creen que el afecto debe parecerse a una vigilancia. Preguntan demasiado, llaman demasiado, se inquietan por cada silencio como si el silencio fuera una enfermedad. Y uno, que hasta entonces caminaba tranquilo por los corredores habituales de la vida, empieza a sospechar de sí mismo. De pronto el cuerpo parece más frágil, la tristeza más profunda, el futuro más incierto. La preocupación ajena inventa grietas que antes no existían.

No sé si es desconfianza o simplemente cansancio, pero cuando alguien se preocupa demasiado por mí, siento que me convierte en un personaje de hospital, en un expediente invisible que debe ser revisado cada día. Y entonces ya no puedo moverme con naturalidad; cada gesto parece observado, cada demora interpretada, cada palabra examinada como si escondiera una catástrofe.

Quizá por eso prefiero a quienes acompañan sin invadir. A quienes saben estar cerca como está la lluvia detrás de una ventana: presente, inevitable, pero silenciosa. Hay afectos que abrigan y otros que pesan. Los segundos terminan sembrando dudas donde antes apenas había una simple distracción humana. Uno empieza a preguntarse si realmente está mal, si realmente se está perdiendo, sólo porque alguien lo mira con un miedo excesivo.

Tal vez el amor más difícil sea ese que no interroga demasiado. El que comprende que cada persona guarda una región inaccesible, un cuarto desordenado al que ni siquiera los seres queridos deberían entrar con linternas. Porque hay preocupaciones que acarician, sí, pero también hay preocupaciones que deforman, que vuelven sospechosa la libertad de estar solo, callado o distante por un instante.

Y acaso por eso, cuando alguien se preocupa demasiado por mí, no siento alivio. Siento el extraño vértigo de quien empieza a heredar temores que nunca le pertenecieron.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS