The Rolling Stones siguen siendo, sin discusión para mí, la mejor banda de rock and roll que ha dado este planeta. Y no solo por lo que hicieron —que ya es historia pura del ADN del rock—, sino por lo que siguen haciendo: existir, resistir y subirse al escenario. A estas alturas, ver a una banda con miembros que superan los 80 años no es solo impresionante, es casi un pequeño milagro cotidiano. Pero con ellos no se siente como nostalgia congelada, sino como algo vivo, terco, casi insolente.
Mick Jagger sigue siendo el centro de ese huracán. Es difícil explicar cómo alguien puede moverse así después de tantas décadas: no es solo energía, es control absoluto del escenario, del público, del pulso del concierto. Parece alguien que sigue jugando el mismo juego, pero sin haber bajado nunca el nivel.
Y luego está Keith Richards, que es otra cosa. Más áspero, más inclasificable, con esa forma de tocar la Fender Telecaster sin la sexta cuerda, que parece desordenada hasta que entiendes que en realidad es lenguaje puro. Su presencia es casi filosófica: desmonta la idea de que la edad te resta peso artístico. En su caso, parece hacer exactamente lo contrario.
En todo esto hay un tema que incomoda más de lo que se dice: la gerontofobia. Esa especie de manía social de asumir que envejecer es sinónimo de apagarse, de volverse irrelevante, de tener que desaparecer educadamente del foco. En la música esto es todavía más evidente: como si la creatividad tuviera fecha de caducidad obligatoria.
Y sin embargo, los Stones siguen ahí rompiendo ese guion una y otra vez. Siguen llenando estadios, siguen generando conversación, siguen siendo referencia. No como reliquia, sino como presente. Eso es lo que descoloca tanto: no son un recuerdo vivo, son una banda activa.
Su longevidad no se explica solo con nostalgia. Claro que la hay, pero no es suficiente para sostener lo que hacen. Hay algo más: oficio, identidad y una coherencia artística que ha sobrevivido a todo tipo de épocas y modas. Son la mejor banda fundacional del rock.
Y en medio de todo esto hay un matiz que, para muchos fans —yo incluido— es imposible ignorar: la ausencia de Charlie Watts. Charlie no era el tipo que buscaba protagonismo, y quizá por eso su peso era tan grande. Era el pulso elegante, el equilibrio perfecto, la batería que nunca necesitaba gritar para sostener todo el edificio sonoro de los Stones. Desde su fallecimiento, esa ausencia no se ha “reemplazado” porque no se puede. Simplemente está ahí, presente de otra forma.
En sus grabaciones más recientes, ese vacío se nota. No como una falta de energía —porque siguen sonando potentes, muy potentes—, sino como un cambio en la textura interna del ritmo. Es como si la banda siguiera adelante con una sombra respetuosa detrás, marcando lo que fue una de sus piezas más esenciales.
Y aun así, el milagro sigue funcionando: suenan a Rolling Stones desde el primer segundo. Esa identidad no se ha roto. Cambia, respira distinto, pero no desaparece. Es rock and roll en estado puro, una historia con continuidad.
Al final, lo de The Rolling Stones no es solo música. Es una especie de desafío al tiempo, a las reglas no escritas de la industria y a esa idea absurda de que envejecer te expulsa automáticamente del juego. Ellos siguen ahí, demostrando lo contrario con cada concierto.
It’s only rock ’n’ roll, but I like it… No te resistas, nena, y baila conmigo.
¡¡Long live rock and roll!!

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