Esa madrugada, antes de irse a la cama, mi madre nos preparó dos bocadillos de chocolate. Los dejó sobre la mesa, bien envueltos en papel aluminio. Solo tuvimos que coger las mochilas y salir. Llegamos al pueblo hora y media después. Alquilamos unas 4×4 y nos pasamos la mañana tragando polvo por la montaña. El motor rugía bajo los asientos.
Al atardecer, cuando el cielo se tiñó de arrebol, lo miré. Estaba a mi lado. Manchado de tierra. Había re-descubierto a un hombre que me amaba.
Al regresar al hostal, nos duchamos y salimos a la cervecería del centro. Era nuestro pequeño ritual: la madera oscura, el olor a malta tostada y dos jarras gigantes empañadas por el frío, en medio del clima templado. Hablamos de nuestros amigos, de la universidad, de los doce años que llevábamos juntos. Aquellas anécdotas no cabían en una tarde.
—¿Eres feliz?, me preguntó mirándome a los ojos.
—¿Contigo?, noté que asentía despacio.
—No lo sé, ¡déjame pensarlo!, bromeé.
Él sonrió a medias. Estiró el brazo sobre la mesa y tiró de mis dedos hasta hacerlos crujir. Era su vieja manía para relajarse.
—M, hace tiempo que me siento vacío.
Por un segundo esperé la carcajada. Pero vi sus hombros caídos y la expresión de indiferencia y arrojo que se acomodaba en su cara.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Lo dices en serio?
—Esto ya no tiene sentido.
Su voz sonaba aterradoramente tranquila.
—¿Estás seguro?, insistí.
Sentí las manos heladas contra el cristal de la jarra.
—Me siento raro diciéndote esto.
El ruido de los vasos chocando y las risas de la mesa de al lado se me hicieron insoportables. Recordé que, cuando era niña y mi padre intentaba irse, yo me aferraba a su pierna izquierda hasta que me cogía en brazos; achuchándome.
Toda la tarde, nos agarramos el uno al otro con una desesperación ciega. Chocamos los dientes entre gemidos, cabalgando rápido y despacio, arañándonos la espalda. Recorrimos los bares de BÑS. Nos besábamos en los rincones oscuros como si acabáramos de conocernos. A las cuatro de la mañana, nos echaron del último mostrador.
Desde la acera de enfrente, una mujer alta, corpulenta y con el rímel corrido se nos acercó; vivaracha.
—¿Tienen hora?
Se la dijimos al unísono.
—¡Qué mal que se acabe la fiesta tan pronto!
—¡Qué coincidencia!, yo también estaba pensando en lo mismo, respondió J; efusivo.
—¿Quieren venir a mi casa? Unos amigos acaban de salir del Hawai, que está aquí al lado.
—¡Sí, claro!, saltó otra vez, sin ni siquiera mirarme.
Parecía un niño frente a un escaparate de juguetes. Sus ojos habían recuperado la chispa que llevaba meses apagada, la misma que yo no era capaz de encender.
La casa tenía techos bajos y paredes cubiertas de un blanco-sucio. Alrededor de la sala se alineaban gabinetes, espejos y sillas hidráulicas. El aire olía a laca, a aceites y a talco perfumado. En el suelo había restos de pelos cortitos que picaban en los tobillos. Noté que el baile entre la desconocida y J se volvía cada vez más pegajoso. Me fui al baño. Al fin y al cabo podía permitirle jugar a ser otro por una noche.
Cuando salí, ya no estaban en la sala. Pregunté a dos tipos que bebían en el sofá, pero solo me respondieron con encogimientos de hombros. Caminé por el pasillo y abrí despacio una cortina de plástico que yacía al fondo, al lado de la cocina.
Estaban de pie, el uno detrás del otro; jadeando.
—J, dame la llave del hostal. Mi voz sonó como la de un policía que acababa de descubrir un delito.
—¿Qué haces aquí? ¿No te enseñaron a no interrumpir?, me dijo ella deliberadamente.
Es mi novio, pensé. Pero sobrevino el recuerdo de mi padre y solo guardé silencio.
Me acerqué a J. Le arranqué la llave que llevaba colgada del cuello por un cordón, rozando su camiseta sudada, y salí corriendo.
Atravesé la calle cubierta por la neblina que se tendía sobre el asfalto. Caminé deprisa para perderlos de vista. Sentí a mis espaldas la lástima de los invitados que se habían asomado a mirar el espectáculo. Di vueltas en círculos sin descanso hasta que me dolieron los pies.
Cuando finalmente entré en la habitación, J estaba allí ovillado en un rincón de la cama en posición fetal. En la mesita de noche bajo la luz mortecina relucía el látex usado. Un marrón denso, casi pastoso, embadurnaba el plástico. En ese momento, solo pude acordarme de los bocadillos de mi madre.
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