Hay personas —pensé alguna vez— que no necesitan pronunciar grandes discursos para justificar el amor. Les basta con permanecer.
Permanecer en la sala fría de los análisis, en el silencio insoportable de las biopsias, en la antesala donde los médicos hablan un idioma que parece escrito para el miedo.
De todos, el único que siempre estuvo al lado mío fuiste vos, Martín.
Y acaso ahora comprendo que el verdadero coraje no pertenece a quienes hablan de valentía, sino a quienes se quedan cuando el mundo empieza a vaciarse.
Gracias por ser así. Por acompañarme incluso en esos días donde uno deja de ser un hombre y se convierte apenas en una espera.
Te quiero mucho, hijo. Papá.
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