Con cada segundo que pasaba iba volviendo en sí. Y con cada segundo se le adosaba un dolor terrible, como si los perros de una jauría se sumaran de a uno para clavarle los dientes en alguna parte del cuerpo.

Estaba todo golpeado, boca abajo, en un piso con un olor espantoso, mezcla de acaroína, sangre y orines, todo superpuesto.

Trataba de darse vuelta de a poco cuando sintió una patada en el estómago que lo ayudó a quedar boca arriba.

—¿Te despertaste, pibe? Mirá que tenemos mucho que hablar todavía.

La voz de cascote era inconfundible y le ayudó a recordar lo que pasaba. El Roña lo hizo traer a la estación de servicio abandonada al lado de la ruta donde en otras oportunidades él mismo había sido espectador de un espectáculo similar. La diferencia estaba en que ahora el protagonista era él.

—Yo te puedo perdonar que seas tan boludo como para querer cagarme, ¿sabés? Pero que le hayas hecho una oferta al moco duro de Pastrana… ¿No sabés que cuando se chupa habla hasta por los codos?

Trató de abrir los ojos pero solo uno le permitía ver. Seguramente tenía el otro cerrado de lo hinchado que se lo habían dejado.

El Roña hizo una seña y entre los tres matones que lo acompañaban lo levantaron del piso y lo tiraron arriba de una mesa vieja de madera. El más gordo del trío, El Oso, acercó a la mesa algunas herramientas. Una sierra de metales, una maza de albañilería, una tenaza.

—Bueno, pibe. Ahora me tenés que decir dónde está el resto. Pastrana me dijo que él solo tenía la mitad. O algo así. La verdad que mucho no se le entendía sin los dientes. Después gritó algo más, pero ya no nos interesaba mucho, ¿no es cierto, muchachos?

El Oso, Tute y Julito sonrieron a la broma de su jefe. Tute, el más chico, en una muestra de proactividad que no le pidieron, agarró la tenaza. Se acercó al pibe, le colocó el dedo indice entre las grampas y apretó con fuerza. El crujido quedó tapado por el grito desgarrador del Pibe. Cuando pudo parar de aullar, el Roña se le acercó a la cara.

2

—Escuchame, Pibe. ¿Por qué no hacemos esto rápido? Me decís lo que preciso, te despachamos sin dolor y listo. Si no, acá mis amigos tienen todo el tiempo del mundo, ¿verdad, muchachos?

La pregunta quedó flotando, retórica, como hecha de humo, porque nadie precisaba una respuesta.

El Roña descolgó su campera de la silla que estaba en la esquina, se la puso despacio y dejó la tarea.

—Oso, cuando terminen limpian todo y lo que queda va a la cantera. Llevalos a los pendejos estos, así van aprendiendo el laburo. Después me avisan en cuanto hable, terminamos con todo esta misma noche. ¿Okey? Ya tengo muchos quilombos, no me agreguen otro. ¿Oso? ¿Julito? ¿Tute?

—Okey, jefe, vaya tranquilo nomás —dijo el Oso asintiendo.

El Pibe estaba como despertando de nuevo del dolor, como quien se repone de una anestesia que le pegó mal. Tute lo vio mientras salía del desmayo y emergía a la vigilia de nuevo.

—Oso, ¿seguimos? —preguntó.

—Dale. Ponelo en la silla.

Lo levantaron de la mesa como si estuviera hueco y lo sentaron de un empujón en la silla. El Pibe tambaleó un poco y evitó caer al piso inmundo de nuevo. El Oso tomó la maza y mientras se acercaba, preguntó:

—¿Vos sos zurdo o derecho, Pibe?

—…

No podía ni balbucear. Un cachetazo brutal lo enfocó. Sintió como si una granada le hubiera explotado en la oreja.

—¡Zurdo o derecho, hijo de puta!

El Pibe gritó:

—¡Pará, Oso! ¡Pará! La merca que falta la tiene un amigo de Arroyo, la tengo que pasar a buscar y llevarle un encargo que tengo en la mochila.

Los tres verdugos hicieron una pausa. Los dos más jovencitos no le sacaban la vista de encima, con ganas de acelerar. Entre los dos no llegaban a sumar la edad del Oso.

El Oso dudaba entre elegir él la rodilla y usar la maza o escuchar un poco más.

—¿Qué encargo? —preguntó.

—Tengo que llevarle un pedido que hizo afuera y se lo trajeron a Rosario a la casa de su vieja. Y de paso me devolvía el cajón que le dejé con la otra mitad. Mi amigo no sabe qué tiene adentro.

3

El Oso daba vueltas la maza como tratando de decidir.

—Me estás boludeando, Pibe..

—¡No, no! Te juro que no, Osito! El paquete está en la mochila, la que traía anoche cuando me levantaron. ¡Fijate, en serio! ¡Por favor!

Sin soltar la maza, el Oso miró a Tute y le dijo:

—Andá a la chata y traé la mochila del forro éste.

El Pibe tomó aire muy despacio y se acomodó un poco mejor en la silla. No se animaba a hacer el menor ruido, aunque la respiración ya le salía silbando como a un fuelle pinchado.

El Oso lo miró con intriga, dejó la maza sobre la mesa, prendió despacio un cigarrillo y dijo:

—Pibe, si me tomaste de boludo esto lo hacemos más largo todavía. ¿Entendiste?

El Pibe asintió como pudo.

Tute volvió con la mochila. La abrió arriba de la mesa y sacó un paquete tipo encomienda. Era bastante grande y entraba justo en la mochila del Pibe. Sin que el Oso lo pidiera abrió el paquete, tiró la mochila y los envoltorios al piso y dejó sobre la mesa una especie de olla blanca, cilíndrica, con un hueco pequeño en el medio de color azul. Un cable terminado en enchufe le salía de abajo por el centro.

Julito fue el primero en preguntar.

—¿Qué mierda es esto?

El Pibe levantando de a poco la cabeza dijo:

—No sé bien, es para cambiar la gravedad… O algo así me dijo mi amigo.

El Oso se quedó mirando el artefacto, trataba de abrirle paso de a poco en su mente a la frase que había soltado el Pibe

—¿Para qué? —preguntó, sin sacar la mirada del cacharro.

—A mi amigo le cuetearon la casa varias veces. Dice que esto cambia la gravedad de la casa y frena las cosas que van muy rápido, como una bala. Se lo hizo traer de China. Pagó una fortuna.

Tute desenrolló el cable y lo enchufó a la pared. Un zumbido intenso y ondulante comenzó a rellenar el silencio de fondo. El aparato emitía una luz azul que fluctuaba muy lentamente. Julio le acercó la cara al borde con desconfianza. El Oso salió del desconcierto y mirándolo al Pibe le dijo:

—Vos te creés que somos muy pelotudos, ¿no? ¿Vos te pensás que somos tan forros, sorete? —le gritó mientras agarraba la maza de nuevo.

—No, no, Oso, no. En serio. Así me dijo él, ¡qué se yo! Es lo que me explicó él. Me dijo que se lo llevara cuando fuera a buscar la caja. Te lo juro, Oso, por favor. Te lo juro. Si no me creés, probalo. Probalo y fijate. Deciles a los chicos que lo prueben, ¡en 

4

serio! Sacá un fierro y tirá, ¡probalo! Vas a ver que la bala se cae ahí nomás. ¡Pruébenlo si no me creen, chicos! ¡Julito! ¡Tute!

—Yo lo quiero probar, Oso, dejame a ver qué hace —dijo Tute, que era el más pendejo de los tres.

—En el GTA hay una máquina que hace eso, Oso —agregó Julito.

El Oso lo miró dudando entre cagarlo de un cachetazo o contestarle.

—Julito querido, vos sos muy boludo —le dijo—. Muy boludo. Eso es un puto videojuego. Esto no, pelotudo.

—Pero hay cosas que se ven en los juegos y existen de verdad, Oso. El otro día vi en YouTube a un gamer que explicaba como habían…

—Cerrá el orto, Julito. Cerrá el orto. O sigo con vos y lo paso al Pibe para después.

La mirada amenazante del Oso no dejaba lugar a dudas, Julito quiso retrucar algo pero ya no se animó. Tute intervino.

—Yo lo quiero probar, Oso. A ver qué hace…

Y con la frase a medio terminar, Tute sacó la 38 que tenía calzada en la cintura, la martilló y disparó contra el Pibe. Un solo balazo. En el medio del pecho, a menos de dos metros. El respaldo de la silla se manchó con parte de la sangre del Pibe que cayó como una bolsa y quedó inmóvil al tocar el piso.

Se miraron entre los tres. El Oso se desesperó:

—¡Tute, la concha de tu madre, Tute! ¿Qué mierda hiciste? ¿Qué mierda hiciste? 

Julito y el Tute estaban congelados de pánico. Casi ni se movían y los pensamientos se les estrellaban antes de cuajar en algo coherente.

—¡Esto hay que arreglarlo ya! ¡Ya! Limpien todo, no dejen nada que nos traiga quilombo. No hagan más cagadas, pendejos, ¡la puta que los parió! Voy a hablar con elJefe a ver qué mierda le digo. Rápido, ¡muevan el orto! ¡Ya! ¡Ya!

El Pibe ya no se movía. Lo último que sintió fue un alivio enorme, como nunca había sentido, como si comenzara a alejarse del dolor, hacia arriba, hacia arriba, lejos. Lejísimo. Su gata se quedaría sola en el departamento por varios días, sin conocer nunca el comedero automático que le había comprado el Pibe. Pero eso ya no tenía ninguna importancia. Al menos para él.

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