I. Hubiera o hubiese.
(la paciencia es de los chinos)
Habrías resucitado la porcelana, dispuesto la mesa, las luces, las flores.
Habrías elegido las palabras, la canción.
Recogida en suspensos, sofocada en demonios, hubieras enturbiado de preguntas al espejo y, ayuna de respuestas – y de azúcares – ensayado una plegaria.
Ordenados que fueran los jarrones, perfumadas las promesas, ahuyentados los vecinos, los parientes, los amigos, te habrías cansado de hablar sola. De caminar en círculos. Habrías sudado, palpitado, repiqueteado con los dedos de la mano, marcado un ritmo inexistente con los pies.
Hasta que, fuera de cauce el maquillaje, defeccionado el anti frizz, avanzadas las agujas, extinto el sueño – y el reloj – te habrías hundido en el sillón. Te habrías dormido. Y ni siquiera habrías soñado. Quién te hubiera echado ese abrigo sobre el cuerpo aquella noche, excepto vos.
Esperar, te había propuesto. Entre las ocho y las diez – o más, o menos, sin aclararte la varianza del desvío –
Suerte que elegiste no aceptar. La paciencia – y la esperanza – es de los chinos. Y no son tiempos de andar tirando la comida. Ni la bebida.
II. Irreductible
(un zorro suelto en Punta Indio)
Sucede a veces. Como veloz sisea la serpiente en la maleza, como resbala el pez de entre las manos y aletea, igual que el ave, siento que algo, tan ajeno como mío me rehúye.
Cuando ronda, un olfato de lebrel me tensa. Escucho. No respiro.
Lo busco atrás, abajo, afuera, adentro mío. Lo persigo.
Y no acierto siquiera a equivocarme – yo, que no conozco otro camino más que hallar lo que no hay a partir de lo que existe –
Ocurre siempre. Huido el animal – y el día – me recojo como una red de pescador. Me sujeto a las cosas, me repito en lo sabido. Y esa voz – abajo, atrás, ni ajena ni mía –… yo soy yo y soy también lo que se fuga…
III. Gritá
(si no podés)
Dale a los carámbanos tu trazo, hacé sonar el pífano. No desesperes si el deshielo viene lento y el sol, indeciso.
Cuando no ocurra ni alumbre ni embellezca, vos andá. Como una hormiga sin cabeza. Para atrás, para el costado, cuerpo ciego, pataleá.
Si no se dan ni cuenta, si cada uno está en lo suyo, si no podés cantar, gritá.
Pero cantá, vos cantá, nadie te pide que seas Bach. Chasqueá el pulgar y el medio. Algo, sino un ritmo un ruido sucio, enloquecido, te advendrá. Después… que se encargue la cabeza, la razón, pero ahora vos cantá.
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