Ignoro —y acaso nadie pueda saberlo con certeza— qué destino aguarda a los hombres que necesitan señalar a otro como loco para no escuchar el murmullo de su propia demencia. Tal vez toda sociedad, toda familia, todo oscuro mecanismo humano, necesite siempre un condenado: alguien sobre quien depositar las grietas, los temores, las culpas y los monstruos que nadie se atreve a reconocer como propios.

En los interminables corredores de la existencia, donde las puertas se abren solamente para revelar otras puertas, existe una categoría particular de personas: aquellas que construyen su cordura alrededor de la supuesta locura ajena. No viven verdaderamente; vigilan. Observan al señalado con la dedicación de un sacerdote y el miedo de un criminal. Necesitan que el otro permanezca encerrado en el papel de demente, porque si ese hombre alguna vez recuperara la lucidez —o peor aún, si demostrara no haber estado loco jamás— entonces el edificio entero de sus certezas se derrumbaría como una oficina estatal abandonada por Dios.

Recuerdo —aunque quizás el recuerdo no sea más que otra forma de castigo— a un hombre que vivía en un departamento oscuro, de techos bajos, donde el aire parecía usado por generaciones anteriores. Los vecinos lo llamaban “el loco”. Nadie sabía exactamente por qué. Algunos decían que hablaba solo; otros, que permanecía demasiado tiempo mirando por la ventana; otros afirmaban que había escrito cartas incomprensibles a organismos inexistentes. Bastaba eso. En ciertas comunidades, la diferencia más pequeña basta para dictar una condena perpetua.

Pero lo extraño no era él.

Lo extraño era la serenidad casi religiosa con la que los demás pronunciaban aquella palabra: loco.

La repetían con alivio. Con gratitud. Como quien deja una carga sobre los hombros de otro.

Porque mientras existiera aquel hombre señalado, ellos podían dormir tranquilos creyéndose normales. Sus miserias cotidianas —la crueldad hacia sus hijos, la humillación al vecino, el deseo secreto de ver fracasar a los otros, el placer diminuto de la calumnia— quedaban absueltas por comparación. “Nosotros no somos como él”, decían. Y en esa frase construían una moral provisoria, un refugio miserable pero suficiente.

Sin embargo, la verdad comenzó a filtrarse lentamente, como humedad en las paredes.

El supuesto loco era el único que no gritaba. El único que no mentía deliberadamente. El único incapaz de participar en ciertas ceremonias de hipocresía social que los demás practicaban con fervor administrativo. Mientras los otros reían en reuniones llenas de frases vacías y sonrisas burocráticas, él permanecía callado, como si hubiera comprendido algo intolerable sobre el mundo.

Eso era lo imperdonable.

La sociedad tolera muchas cosas: la corrupción, la traición, incluso la violencia. Pero rara vez perdona a quien se niega a representar la comedia colectiva.

Entonces comenzaron a observarlo con mayor intensidad. Cada silencio suyo era interpretado como síntoma. Cada gesto, archivado. Cada palabra, deformada hasta parecer amenaza. Y cuanto más lo examinaban, más dependían de él. El loco se volvió necesario. Era el muro donde todos apoyaban sus propias fracturas.

A veces imagino que el hombre comprendió finalmente su función. Quizás por eso sonreía de aquella manera extraña, no con alegría sino con resignación, como un prisionero que descubre que la prisión no tiene barrotes porque vive dentro de las personas.

Y acaso allí resida el horror más profundo.

No en la locura del señalado, sino en la necesidad desesperada de los otros de conservarlo como espejo deformante.

Porque hay hombres que no soportarían enfrentarse a sí mismos ni un solo instante. Necesitan fabricar monstruos externos para no advertir el monstruo silencioso que habita en sus propias habitaciones interiores. Etiquetan, diagnostican, expulsan. No para proteger al mundo, sino para protegerse de una revelación insoportable: que la línea entre la razón y el delirio nunca estuvo donde les enseñaron.

Tal vez, después de todo, el loco verdadero no sea el hombre aislado que habla con las sombras, sino la multitud que necesita condenarlo para seguir creyendo en su propia salud.

Y acaso el destino de esas personas sea particularmente triste: vivir toda una vida dependiendo de un chivo expiatorio, vigilando al diferente, alimentándose de él, como criaturas nocturnas incapaces de generar luz propia.

Porque quien necesita desesperadamente que otro sea el loco, termina convirtiéndose en carcelero de sí mismo.

Y no existe prisión más kafkiana que aquella cuya llave llevamos en el bolsillo sin atrevernos jamás a usarla.

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