El peregrino de las sombras

El peregrino de las sombras

Francisco Cordero

09/05/2026

capítulo 1: El despertar del limbo 

El vacío ardía.

No era el frío que Azael había imaginado en sus sueños sobre la muerte. Era una quemadura ácida que le corroía las entrañas, como si hubiera tragado brasas vivas y estas se negaran a apagarse. Cuando por fin logró forzar los párpados a abrirse, una penumbra gris le golpeó la retina como un puño de ceniza.

No había sol. Ni luna. Ni estrellas.

Solo un cielo de tormenta inmóvil que se fundía con una niebla espesa y silenciosa, una niebla que parecía observarlo. Estaba tendido sobre una tierra agrietada, negra como carbón apagado, que desprendía un olor agrio a tierra mojada y metal oxidado. El aroma de un lugar que llevaba siglos sin ser visitado.

—¿…Dónde…? —tosió Azael, y el sonido fue absorbido por la niebla como lágrimas en arena seca.

Su voz sonó ronca, ajena. Como si no fuera del todo suya.

Al intentar incorporarse, un dolor punzante le atravesó el pecho. No era el dolor de un golpe o de una herida normal. Era más profundo. Orgánico. Como si algo vivo estuviera anidando dentro de él. Se llevó la mano al torso y encontró la tela rasgada de su camisa. Bajo los dedos, algo latía.

Con movimientos torpes, rasgó la tela.

Sobre su corazón, una marca negra se retorcía.

No era un tatuaje. No era una cicatriz. Era un espiral fracturado, como una grieta en la realidad, que se hundía en su piel y emitía un resplandor tenue, oscuro, como el reflejo de un sol que nunca existió. Al tocarla, sintió primero un frío líquido recorrerle las venas —un hielo que le quemaba los huesos— y luego, inmediatamente después, una oleada de calor que lo hizo jadear.

—¡Ah! —retiró los dedos como si hubiera tocado lava.

Pero ya era tarde.

Instantáneamente, imágenes estallaron en su mente.

Luces de neón parpadeaban en la lluvia. Destellos enfermizos que se reflejaban en charcos de aceite. Un callejón estrecho, paredes de ladrillo húmedo que olían a podredumbre y orín. El sonido de sus propios pasos apresurados, el eco de una persecución. Entonces… un frío acerado destelló frente a sus ojos. Rápido. Limpio. Mortal.

El sabor del miedo —metálico y amargo— le llenó la garganta.

Una voz gritaba con desesperación desde la oscuridad: «¡AZAEL, CORRE!»

El recuerdo se desvaneció como humo, dejando solo un zumbido en sus oídos y aquel sabor a cobre en la boca. ¿Quién gritó? ¿Mi hermana? ¿Elena? El rostro se borraba, difuminado por el dolor, pero el nombre le quedó grabado en el pecho, junto a la marca.

Lo único claro era el peso del fracaso. Agudo como el filo que lo había matado.

Se levantó tambaleante. Las piernas le temblaban como si hubiera estado días sin usarlas. La niebla a su alrededor se movió, no con el viento, sino como una criatura viva que retrocedía ante su presencia. Formó un círculo vacío de unos diez metros a su alrededor. Fuera de ese perímetro, las sombras se agitaban.

Y entonces las vio.

Espectros Errantes, los llamaría después, pero en ese momento solo supo que eran figuras. Siluetas humanoides, desdibujadas, como manchas de tinta que se disolvían en agua turbia. Algunas apenas eran bocetos de sombra, pero otras tenían detalles grotescos: una con jirones de un vestido antiguo que flotaba como si aún bailara en un salón olvidado; otra con dedos alargados como garras que arañaban el aire; una tercera con la silueta de un sombrero deforme que ocultaba lo que debía ser un rostro.

Avanzaban arrastrándose. Sin prisa. Sin hambre, pensó Azael. Con paciencia.

Se movían hacia él, atraídos por la luz de la marca.

—¡Aléjense! —gritó Azael, retrocediendo.

Su espalda chocó contra una pared de niebla que no cedió. No podía retroceder más.

Una de las figuras, la más audaz —aquella con dedos-garra—, se lanzó hacia él con un movimiento que no era humano. No corría. Fluía. Como una mancha de aceite deslizándose por el suelo.

Azael levantó los brazos instintivamente, sin saber qué más hacer.

La marca en su pecho ardió como hierro al rojo vivo.

El dolor fue tan intenso que lo dobló por la mitad. Pero no fue solo dolor. Fue también una presión, como si algo dentro de él estuviera a punto de estallar. Y entonces sintió algo brotar de la espiral fracturada: una energía negra, densa como alquitrán, que surgió sin control de su cuerpo y golpeó al espectro en pleno torso.

La criatura emitió un chillido agudo. Como vidrios rompiéndose dentro de su cabeza.

Y se desintegró en motas de polvo oscuro que la niebla devoró al instante.

Azael cayó de rodillas, tosiendo. Un líquido negro y espeso brotó de su boca y manchó el suelo agrietado. No era sangre. Olía a azufre y a olvido. La marca en su pecho palpitó, y notó con horror cómo el espiral se expandía un milímetro, quemando su piel viva.

—Maldita… sea… —escupió, la voz ronca por la quemadura interna.

Pero no hubo tiempo para recuperarse.

Dos espectros más se abalanzaron desde su flanco izquierdo. Sus «manos», sombras alargadas y afiladas, se estiraron para agarrarle el cuello. Azael rodó por el suelo, evitándolas por centímetros. La tierra negra era fría y áspera bajo sus palmas, pero también húmeda. Como si la tierra misma sudara.

Se incorporó justo cuando otro espectro, más grande y más definido —aquel con jirones de vestido—, emergió frente a él. Este tenía tres hendiduras en lugar de rostro, que brillaban con un vacío hambriento. No eran ojos. Eran bocas.

Re-cuer-do… —susurró la criatura, su voz como uñas rasgando piedra.

Azael sintió el frío de la criatura antes de que atacara. Un frío que no venía del aire, sino de dentro, como si el espectro estuviera robando el calor de sus recuerdos. Saltó hacia atrás, pero una garra le desgarró la manga, dejando un rastro de escarcha en su piel. El dolor era glacial, paralizante. Y esta vez, la marca en su pecho latió con una urgencia diferente: no era dolor, era hambre.

La marca quería más.

—¡Basta! —rugió Azael, concentrando toda su rabia y miedo en el fuego que le quemaba el pecho.

Esta vez, la marca respondió a su voluntad.

No fue fácil. Tuvo que imaginar el miedo del callejón, el sabor de la sangre en su boca, el fracaso de no haber protegido a Elena. Esos pensamientos oscuros alimentaron la marca como leña a una hoguera.

Una oleada de energía oscura explotó de su cuerpo, empujando a los espectros como hojas al viento. Los más pequeños se disolvieron al instante, sus chillidos ahogándose en la niebla. El grande —el del vestido— retrocedió, chirriando, con parte de su «cuerpo» desvanecido, pero no murió. Huyó. Se arrastró hacia la niebla y desapareció.

Azael jadeó, apoyado en sus rodillas. El líquido negro volvió a subir por su garganta. Miró su pecho: la marca ahora cubría toda la zona sobre el corazón, y el dolor era una constante sorda, como un martillo golpeando un yunque dentro de su pecho.

¿Cuánto más puedo usar esto antes de que me consuma? —pensó.

Entonces, una luz plateada cortó la niebla.

No era la luz cálida de un amanecer. Era un destello limpio, afilado como una navaja, que atravesó la penumbra con un propósito. Azael vio cómo ese destello alcanzaba al espectro grande que huía y lo atravesaba de parte a parte. La criatura se deshizo en un grito silencioso, convertida en polvo brillante que se esfumó en la niebla como azúcar en agua caliente.

Desde la niebla, una figura emergió.

Era un hombre alto, envuelto en una capa oscura que parecía hecha de sombras vivas. Las sombras no ondeaban con el viento; se retorcían lentamente, como serpientes perezosas. En sus manos sostenía una vara de metal pálido, que brillaba con la misma luz plateada que había destruido al espectro. No era madera ni hierro. Parecía hueso.

Sus ojos eran lo más impactante: dos pozos de luz ámbar que iluminaban su rostro anguloso y frío. No parpadeaban. Miraban a Azael con una mezcla de desdén y curiosidad, como un científico que examina un espécimen interesante.

—Bienvenido al Limbo, Peregrino —dijo Silas, su voz suave pero cortante como el filo de su vara.

Azael levantó la vista, todavía jadeando. Intentó ponerse en pie, pero las piernas le fallaron. Permaneció de rodillas, desafiante.

—¿Limbo? —preguntó, la voz raspada por el esfuerzo.

Silas dio un paso adelante. Sus botas no hacían ruido sobre la tierra agrietada, pero Azael juró oír un susurro cada vez que pisaba, como si el suelo mismo le hablara.

—El purgatorio de los olvidados —explicó, sonriendo sin humor—. El lugar donde las almas perdidas se pudren hasta que su esencia se disuelve en la niebla. O debería decir… fracasado.

La palabra resonó en Azael como un golpe. Fracasado. Así se había sentido en el callejón, cuando el cuchillo entró en su pecho. Así se sentía ahora.

—¿Quién eres tú? —preguntó, apretando los puños.

Silas giró la vara plateada entre sus dedos con una habilidad que hablaba de años de práctica. La luz bailó sobre las grietas del suelo.

—Un guía. O un verdugo. Depende de tus elecciones —respondió, señalando la marca en el pecho de Azael con la punta de la vara—. Eso… es tu condena y tu salvación. Alguien no quería que desaparecieras del todo.

Azael tocó la marca, sintiendo su calor maligno.

—¿Quién?

Silas rio, un sonido seco y sin alegría.

—Ese es el primer misterio, Peregrino. ¿Quién te odia tanto… o a quién odias tú, como para merecer esto?

Sus ojos ámbar se clavaron en Azael, evaluando cada temblor, cada gota de sudor frío. Por un instante, Azael sintió que el hombre podía ver dentro de él, leer sus recuerdos como páginas de un libro abierto.

—La marca te atrae problemas… —señaló la niebla, donde nuevas sombras se agitaban en la periferia del círculo de luz— …pero también te da poder para enfrentarlos. Si sobrevives.

Azael siguió su mirada. Entre la niebla, docenas de pares de puntos brillantes —ojos vacíos, de esos espectros que había visto antes— se encendían, fijos en él. Esperaban. Pacientes.

—¿Vas a quedarte ahí, dejando que te devoren? —Silas extendió la mano, la palma hacia arriba, en un gesto que no era del todo amable ni del todo hostil— ¿O quieres encontrar respuestas?

Azael miró la mano de Silas. Luego miró las sombras que se acercaban, más cerca ahora, bordeando el círculo de luz como lobas hambrientas. El nombre de su hermana —Elena— le quemó la mente. ¿Estaría ella en un lugar como este? ¿Olvidada? ¿Convertida en uno de esos espectros?

El vacío ardiente dentro de él se endureció hasta convertirse en acero.

No tomó la mano de Silas. Se puso en pie por sí solo, tambaleante pero firme.

—Llévame a donde pueda encontrar la verdad —dijo, agarrándose al dolor de la marca como si fuera un arma.

Silas retiró la mano. No pareció ofendido. Al contrario, sus ojos ámbar brillaron con un destello de algo parecido a respeto.

—Entonces sigue la luz, Peregrino —golpeó el suelo con su vara, y un sendero de destellos plateados se abrió en la niebla, serpenteando hacia el horizonte gris—. El Primer Portón está adelante. Y más allá… tu pasado te espera.

Azael dio el primer paso. Ignoró el dolor, la oscuridad que aún escupía de sus entrañas, y los ojos hambrientos que los seguían a cada lado del sendero.

Detrás de ellos, en lo alto de un cristal negro que surgía entre la niebla como un diente roto, una figura ágil observaba. No era un espectro. Se movía con demasiada intención. Su capa ondeaba sin hacer ruido, y por un instante, un colgante en forma de llave brilló en su pecho antes de que la figura se desvaneciera en la penumbra, más rápida que la vista.

Azael no la vio. Pero Silas, sin volverse, sonrió para sí mismo.

—Ya estás aquí, Sombra —murmuró, tan bajo que solo la niebla pudo oírlo—. Siempre tan puntual.

Y el sendero de luz los tragó a ambos.

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capítulo 2: la marca maldita 

El sendero de luz plateada que Silas había trazado serpenteaba a través de la niebla eterna como una cicatriz en la oscuridad. No era recto ni cómodo. Se retorcía, se dividía en ramales fantasmas que se disolvían al mirarlos, y volvía a unirse como si tuviera voluntad propia. Azael lo seguía con la mirada fija en la espalda de Silas, cada paso una batalla contra el dolor que le taladraba el pecho.

La marca negra latía al compás de sus latidos. Pero ya no eran latidos normales. A veces se aceleraban sin motivo. Otras se ralentizaban tanto que Azael pensaba que iba a desmayarse. El espiral se había expandido desde que despertó, y ahora cubría la zona del corazón como una garra de tinta hundiéndose en su carne. Cada tanto, una punzada le recordaba que seguía creciendo.

A su alrededor, la niebla se agitaba. Sombras alargadas —los Espectros Errantes que ya conocía— los acechaban desde la penumbra, pero ninguna se atrevía a cruzar el umbral de luz que emanaba de la vara de Silas. Azael notó que algunos tenían formas más definidas que otros. Uno parecía arrastrar una pierna invisible. Otro tenía el hueco de un brazo que ya no existía. La mayoría eran solo contornos, pero los más antiguos tenían detalles. Y esos eran los que más se acercaban.

—No mires a los ojos del vacío, Peregrino —advirtió Silas sin volverse. Su voz era tranquila, casi aburrida—. Te robarán lo poco que te queda.

—¿Qué quiere decir con «lo poco que me queda»? —preguntó Azael. Su voz sonó más ronca de lo que esperaba. La garganta le ardía como si hubiera tragado ceniza.

Silas caminaba con una fluidez que Azael envidiaba. Sus botas no hacían ruido, pero cada pisada dejaba una pequeña huella de luz que se desvanecía a los pocos segundos.

—Memorias —respondió Silas—. Emociones. La esencia de lo que fuiste. Los espectros se alimentan de eso. Y tú… —se detuvo un momento, sin volverse— …tienes una marca que los atrae como moscas a la carne podrida. Pero también tienes algo que ellos no.

—¿El qué?

—Voluntad. Aún.

Siguieron caminando en silencio. El sendero de luz se estrechó hasta ser apenas un palmo de ancho. A ambos lados, la niebla era tan densa que parecía sólida. Azael sintió que caminaba sobre un puente invisible sobre un abismo que no podía ver.

El eco del grito de su hermana —¿Elena?— resonaba en su cráneo como un martillazo. A veces era un susurro. Otras, un alarido. No sabía si era real o si la marca se lo estaba inventando.

—¿Qué sabe usted de mi muerte? —preguntó al fin. La voz le salió más brusca de lo que quería.

Silas se detuvo. No se volvió de inmediato. Permaneció unos segundos inmóvil, como si estuviera escuchando algo que Azael no podía oír. Luego giró lentamente. Sus ojos ámbar brillaron con una frialdad que no era hostilidad, sino algo peor: indiferencia.

—Sé que alguien te apuñaló en un callejón de Ciudad Gris —dijo, como quien recita un hecho trivial—. Sé que tu último pensamiento fue para ella… y que fallaste en protegerla.

Azael sintió un escalofrío que no venía de la niebla. ¿Cómo podía saber eso? No se lo había contado nadie. Ni siquiera él recordaba bien los detalles.

—¿Cómo…?

—El Limbo te lo cuenta todo —lo interrumpió Silas—. Si sabes escuchar. La niebla guarda los ecos de los que mueren. Sus últimos suspiros, sus últimas palabras, sus últimas culpas. Tú moriste con un nombre en los labios. Elena. Y con una promesa rota.

La marca ardió violentamente en el pecho de Azael. Fue un dolor distinto a los anteriores: más profundo, más personal. Se dobló, tosiendo. Esta vez, no fue líquido negro lo que expulsó, sino chispas de sombra que se disiparon en el aire con un siseo maligno, como serpientes diminutas.

—¿Qué… me está haciendo esta cosa? —jadeó, apoyándose en una rodilla. La tierra agrietada estaba fría, pero su frente ardía.

Silas se acuclilló frente a él. No para ayudarlo, Azael notó, sino para observarlo mejor. Como si fuera un experimento.

—Es un parásito de recuerdos —explicó, con la misma frialdad con la que un médico describiría una enfermedad terminal—. Se alimenta de tu dolor, de tu rabia, de tu culpa. Todo eso que llevas dentro desde que fallaste. Y a cambio, te da poder sobre las sombras del Limbo. Puedes matar espectros, abrir puertas, incluso… —hizo una pausa— …usar la luz de los recuerdos felices, si aprendes a dominarlo.

—¿Y el precio?

Silas levantó una ceja. Pareció gustarle la pregunta.

—Cada vez que lo usas, te consume un poco más. Al principio, solo sientes dolor. Luego, empiezas a olvidar. Rostros. Nombres. Momentos que creías importantes. La marca los devora como combustible. Y cuando no queda nada que recordar… —se encogió de hombros— …te conviertes en uno de ellos.

Señaló con la vara a la niebla, donde una silueta se arrastraba, más cerca que las demás.

Azael apretó los puños. La rabia le hervía dentro, pero también el miedo. ¿Olvidar a Elena? ¿Olvidar su rostro?

—¿Cómo sabe todo esto? —preguntó, con desconfianza. Demasiada información para un desconocido. Demasiada precisión.

Silas se puso en pie. Por un instante, su expresión cambió. La frialdad se resquebrajó y asomó algo más viejo, más cansado. Algo que podría ser tristeza o podría ser rencor.

—Porque yo también llevé una —dijo, en voz baja—. Hace mucho tiempo. Antes de que esto —levantó la vara— fuera mi condena.

Al girarse, algo metálico brilló un segundo bajo su capa: una llave de oro muy llamativa.. 

No dijo nada más. Se dio la vuelta y continuó caminando. Azael tuvo que apresurarse para seguirlo, el dolor en el pecho recordándole que aún estaba vivo. O lo que fuera que significara «vivo» en ese lugar.

El sendero de luz cambió. Ya no era una línea recta, sino una espiral que se cerraba sobre sí misma. Azael notó que caminaban en círculos cada vez más pequeños, aunque el paisaje a su alrededor era siempre el mismo: niebla, sombras, tierra negra.

—¿Dónde estamos yendo? —preguntó.

—Al Primer Portón —respondió Silas—. Es el umbral entre esta zona del Limbo y la Ciudad de las Sombras. Allí empiezan las respuestas.

—¿Y qué hay en la Ciudad?

—Tu pasado. Tu futuro. Y las cosas que los vivos olvidaron.

De repente, el sendero de luz titiló. Parpadeó dos veces, como una bombilla a punto de fundirse, y luego se estabilizó. Silas frunció el ceño, algo que Azael ya empezaba a reconocer como una mala señal.

—Algo fuerte se acerca —dijo, deteniéndose.

La niebla a su derecha se condensó. No como antes, cuando los espectros surgían lentamente. Esta vez fue un remolino violento, como un embudo de sombras que giraba sobre sí mismo. Del centro emergió una figura que no se parecía a los Espectros Errantes.

Era un Espectro de Agonía.

El doble de alto que un hombre. Sus brazos no eran brazos, sino tentáculos de alquitrán que goteaban un líquido espeso al suelo. Donde debería tener rostro, solo había una boca desgarrada que ocupaba toda la cabeza, de oreja a oreja. Los dientes eran agujas rotas. Y del interior de esa boca brotaban susurros entrecortados, superpuestos, como muchas voces hablando a la vez:

¡No mires atrás!… ¡Corre, hijo mío!… ¡Perdóname, Dios mío, perdóname!…

Silas blandió su vara. La luz plateada se intensificó, creando un escudo frente a ellos.

—¡Este es distinto, Peregrino! —gritó, por primera vez con urgencia en la voz—. ¡No dejes que te toque! Los Espectros de Agonía no solo devoran recuerdos… te hacen revivir los suyos.

—¿Revivir los suyos? —Azael retrocedió un paso, pero no había mucho espacio. El sendero de luz se había estrechado aún más.

—Los momentos de dolor ajeno. Los peores de sus vidas. Y se alimentan de tu sufrimiento mientras sufres con ellos —explicó Silas, sin apartar la vista del monstruo—. ¡Usa la marca si es necesario, pero no dejes que te toque!

El Espectro de Agonía lanzó un tentáculo. No fue rápido, pero sí largo. Se estiró como un látigo de sombra directo hacia Azael.

Azael saltó a un lado. El tentáculo pasó rozando su brazo. No llegó a tocarlo, pero estuvo a centímetros. Y solo el roce del aire frío que lo acompañaba fue suficiente para que una visión lo invadiera:

Una casa ardiendo. Vigas de madera cayendo. Una mujer joven, de cabello oscuro, empujando a un niño por una ventana. «¡Corre, hijo! ¡Corre y no mires atrás!» El niño cae al suelo, se levanta llorando, corre. La mujer se vuelve hacia las llamas. No grita. Canta una canción de cuna.

Azael cayó de rodillas, jadeando. No era su dolor, pero se sentía igual. El pecho le ardía. Las lágrimas le brotaron sin permiso.

—¡Eso es lo que hace! —gritó Silas, lanzando un haz de luz plateada contra el espectro. El haz impactó en un tentáculo y lo desintegró parcialmente, pero la criatura no retrocedió—. ¡Te mete sus recuerdos en la cabeza! ¡No dejes que te dominen!

El Espectro de Agonía chirrió. No con voz, sino con el sonido de muchas gargantas rotas a la vez. Los tentáculos restantes se retorcieron, y de la boca descomunal brotaron nuevas voces:

¡No me pegues, papá, no me pegues!… ¡El médico dijo que era terminal!… ¿Dónde está mi hija? ¿DÓNDE?

Azael se obligó a ponerse en pie. La marca en su pecho ardía, pero no con el dolor de antes. Con hambre. Quería alimentarse de esas voces, de esas agonías. Quería absorberlas.

—No —susurró Azael, negando con la cabeza—. No son mías.

El espectro lanzó otro tentáculo, esta vez hacia Silas. El guía lo esquivó con un giro elegante, pero el extremo del tentáculo lo rozó en el hombro. Silas no cayó, pero Azael vio cómo sus ojos ámbar se nublaron por un instante. También a él le afectaba.

—¡Usa luz, no oscuridad! —gritó Silas, recuperándose—. ¡Los recuerdos positivos los debilitan!

Azael lo intentó. Cerró los ojos y buscó dentro de sí algo que no fuera dolor. La risa de Elena en el parque. El sol en su cabello. El globo rojo flotando hacia el cielo mientras él trepaba al árbol para recuperarlo. Mamá riéndose desde la banca.

La marca respondió. No con el poder negro y voraz de antes, sino con una luz tenue, dorada, que brotó de sus manos como polen brillante. No era un ataque, pero cuando la luz tocó al espectro, este retrocedió. La boca desgarrada se cerró un poco.

—¡Así! —animó Silas—. ¡Mantenlo!

Pero mantener la luz era difícil. Cada segundo que pasaba, Azael sentía cómo la marca le robaba algo más. No dolor. Recuerdos. Los detalles del parque empezaban a difuminarse. El color exacto del globo. La forma de la sonrisa de Elena.

—No puedo… mantenerlo mucho… —jadeó.

Silas comprendió. Con un movimiento rápido, saltó hacia el espectro y clavó su vara en el centro de la boca desgarrada. La luz plateada explotó desde dentro.

—¡Purga!

El Espectro de Agonía se convulsionó. Los tentáculos se encogieron, las voces se hicieron un solo alarido, y luego estalló en mil fragmentos de sombra y luz. No desapareció del todo, como los Errantes. Sus restos se arrastraron hacia la niebla, humeando, vivos aún pero derrotados.

—No se pueden destruir por completo —explicó Silas, jadeando ligeramente—. Solo disipar. Volverán. Con el tiempo.

Azael cayó de rodillas. El hombro donde el tentáculo había pasado rozando le dolía, pero no sangraba sangre roja. Un líquido plateado y espeso brotaba de la herida, lento como la miel.

—¿Esto… es mi sangre? —murmuró, tocando el líquido con dedos temblorosos. Era frío, pero no helado. Y brillaba con una luz propia, tenue.

Silas se acuclilló a su lado. Lo examinó con la misma frialdad clínica de antes, pero Azael creyó ver un destello de curiosidad genuina en sus ojos ámbar.

—Interesante… —murmuró—. La marca te está convirtiendo más rápido de lo que esperaba.

—¿Convirtiendo… en qué? —preguntó Azael, sin apartar la vista de su propia sangre.

Silas guardó silencio un momento. Luego dijo, con un tono que Azael no supo interpretar si era advertencia o promesa:

—En algo que no es humano… ni espectro. En un Puente. Un canal entre la vida y la muerte. Entre los recuerdos y el olvido. Los Oscuros crean Puentes para… pero eso ya lo sabrás. Si llegas con vida a la Ciudad.

Antes de que Azael pudiera preguntar qué o quiénes eran los «Oscuros», la tierra tembló. Fue un temblor sordo, profundo, que vino de abajo. La niebla frente a ellos se disipó bruscamente, como si una mano invisible hubiera apartado una cortina.

Azael contuvo el aliento.

Estaban al borde de un precipicio infinito. No había fondo. Solo oscuridad y, muy abajo, el rumor de algo que podía ser agua o podía ser el eco de mil años de llanto. Al otro lado del abismo, flotando en el vacío como una burla a la gravedad, había una estructura colosal.

El Primer Portón.

Era un arco hecho de huesos entrelazados y sombra sólida. No eran huesos humanos. Eran vértebras del tamaño de un carruaje, costillas que se arqueaban como garras, cráneos con cuencas vacías que miraban hacia todas direcciones. El arco estaba rematado por púas de cristal negro que absorbían la poca luz del cielo púrpura. Del portón emanaba una presión opresiva, como si el aire mismo tuviera peso y quisiera aplastarlo.

Bajo el arco, un puente de piedra negra se extendía sobre el abismo. Era estrecho, apenas para dos personas de ancho, y estaba lleno de grietas por las que asomaban manos esqueléticas que se movían lentamente, como algas marinas en una corriente invisible.

—Ahí está —dijo Silas en voz baja. Ya no había urgencia en su tono, solo una especie de reverencia cansada—. El camino hacia la Ciudad de las Sombras… y tus respuestas.

Pero el puente no estaba desocupado.

Tres figuras custodiaban la entrada del portón, justo al otro lado del abismo. No eran espectros. Azael lo supo de inmediato porque no se movían como sombras. Tenían peso.

Guardianes de Umbral.

Eran humanoides, pero sus cuerpos estaban cubiertos de placas óseas que parecían crecer directamente de su piel. No tenían rostros, solo máscaras de hierro retorcido con un único ojo brillante en el centro, un ojo que no parpadeaba y que giraba lentamente para barrer el paisaje. Portaban espadas hechas de oscuridad solidificada, tan negras que parecían agujeros en la realidad.

—No podemos enfrentarlos directamente —advirtió Silas, agachándose detrás de una roca de hueso—. Son inmunes a la magia emocional. La marca no les hace daño. Mis ataques tampoco.

—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Azael, mirando sus manos manchadas de plata.

Silas señaló hacia abajo, al borde del precipicio, justo donde la roca se encontraba con el vacío. Pegadas a la pared del abismo, casi invisibles entre la oscuridad y la niebla, había un sendero de piedras flotantes. Eran irregulares, del tamaño de una cabeza humana algunas, del tamaño de una mesa otras. Estaban cubiertas de musgo luminiscente que emitía un tenue resplandor verde.

—El Camino del Repto —dijo Silas—. Es peligroso. Las piedras no están todas fijas; algunas se mueven. Y los dedos de las grietas —señaló las manos esqueléticas que asomaban del puente— también llegan hasta allí. Pero los Guardianes no lo vigilan. Creen que nadie es tan idiota de intentarlo.

—¿Y usted cree que yo lo soy?

Silas le sostuvo la mirada.

—Creo que quieres respuestas más de lo que quieres vivir.

Azael no respondió. Se asomó al borde. El abismo olía a ozono y a podredumbre. El viento que subía era cálido, como el aliento de una bestia dormida.

—Vamos —dijo, y comenzó a descender.

Silas lo siguió.

Bajaron durante lo que Azael sintió como horas. Las piedras flotantes crujían bajo sus pies, algunas se tambaleaban, otras se hundían ligeramente antes de estabilizarse. Las manos esqueléticas salían de las grietas a su alrededor, no para agarrarlos, sino para tocarlos. Azael sintió dedos de hueso recorriendo sus tobillos, sus pantorrillas. Eran fríos, pero no dolorosos. Solo tristes.

Usó la marca dos veces para repeler las más insistentes, pero cada explosión de energía oscura hacía que las venas negras en su cuello se extendieran un poco más. Silas lo observaba en silencio, sin intervenir.

—¿No va a ayudarme? —preguntó Azael en un momento, apartando una mano que le había agarrado el tobillo con fuerza.

—Si te ayudo, no aprenderás —respondió Silas, saltando de una piedra a otra con una agilidad que Azael envidiaba—. La marca es tuya. Tus decisiones también.

—¿Y si me caigo?

—Entonces habrás sido otro Peregrino que no llegó.

A mitad de camino, Silas se detuvo en una repisa estrecha, apenas un saliente en la pared de hueso. En la roca, incrustado como una joya en bruto, había un cristal de memoria. Era del tamaño de un puño, traslúcido, y en su interior flotaba la imagen borrosa de una niña con un vestido azul. La imagen se movía: la niña reía, daba vueltas, levantaba los brazos hacia alguien fuera del encuadre.

—No lo toques —advirtió Silas.

Pero la marca en el pecho de Azael ardió con una intensidad que no había sentido antes. No era dolor. Era reconocimiento.

—¿Quién es? —preguntó Azael, aunque ya lo sabía.

—Una trampa —respondió Silas, con frialdad—. El Limbo pone recuerdos de los que amabas en los caminos para que te detengas. Si tocas el cristal, la marca lo absorberá. Y tú perderás ese recuerdo para siempre.

—¿Para siempre?

—Para siempre. Ni siquiera la niebla lo guardará. Será como si nunca hubiera existido.

Azael miró la imagen. La niña del vestido azul. Elena. Su hermana. La que no pudo proteger.

—No puedo… —musitó, y su mano se extendió hacia el cristal sin su permiso.

—¡Azael! —gritó Silas, pero no lo detuvo.

La mano de Azael tocó la superficie fría del cristal.

No pasó nada.

Al menos, no al principio. El cristal se calentó, luego brilló, luego se agrietó. Y entonces las grietas se llenaron de luz dorada, no de oscuridad. La marca en su pecho vibró, pero no absorbió. Devolvió.

Una oleada de recuerdos lo golpeó, pero esta vez no eran ajenos. Eran suyos.

Risas en un parque. Una niña pequeña corriendo hacia él con un globo rojo. «¡Azael, mira! ¡Mira lo que me compró mamá!» El sol brillando en su cabello castaño, sus mejillas sonrosadas por la carrera. Él, más joven, más feliz, levantándola en brazos. «Eres la mejor hermana del mundo».

—¡Elena! —exclamó Azael, con lágrimas de alquitrán recorriéndole las mejillas.

El cristal se desvaneció en sus manos, no destruido, sino liberado. La imagen de la niña flotó un instante en el aire, sonrió, y se disolvió en motas de luz que ascendieron hacia el cielo púrpura.

Azael cayó de rodillas en la repisa. Lloraba. No sabía que aún podía llorar.

Silas lo observaba con una expresión que Azael no pudo leer. No era sorpresa. No era enfado. Era algo más complejo.

—No lo absorbiste —dijo, en voz baja—. Lo protegiste. Eso… no es común.

—¿Es malo? —preguntó Azael, secándose las mejillas con el dorso de la mano. Las lágrimas dejaron rastros negros en su piel.

—No lo sé —admitió Silas, y esa fue la primera vez que Azael lo escuchó dudar—. Nunca había visto a un Peregrino hacer eso. La mayoría los consume. Es más fácil.

—No vine aquí por lo fácil.

Silas sonrió. No era una sonrisa cálida, pero tampoco burlona. Era una sonrisa de reconocimiento.

—No, no viniste.

Siguieron descendiendo. Las piedras flotantes se hicieron más escasas y más pequeñas. El musgo luminiscente se volvía más brillante cuanto más abajo iban, como si estuvieran acercándose a algo. Azael sintió que la presión en el aire aumentaba, como si el abismo respirara.

Finalmente, llegaron al final del sendero. Estaban justo debajo del puente principal, en una plataforma de hueso que se extendía a la sombra del Primer Portón. Arriba, los tres Guardianes patrullaban, ajenos a su presencia. Sus pisadas resonaban en el puente como tambores lejanos.

—La entrada está sellada —dijo Silas, señalando la base del portón—. Solo se abre con una llave de recuerdos puros… o con sangre de un Peregrino.

—¿Sangre? —repitió Azael.

Silas señaló un glifo grabado en la piedra negra, justo al lado del arco. Era una espiral idéntica a la marca de Azael, pero más grande, más antigua. Las líneas estaban desgastadas por el tiempo.

—Tu sangre, para ser exactos. La sangre de un Peregrino activa los portones. Pero cada vez que la usas. la marca se fortalece. Es como alimentar a un perro que te está mordiendo.

Azael no dudó. Sacó la daga que Silas le había dado (cuándo, no recordaba; tal vez siempre la había tenido) y se cortó la palma. La sangre plateada brotó a borbotones, más espesa que la sangre normal, más brillante. Goteó sobre el glifo.

Azael contuvo el aliento al ver el líquido metálico correr por las ranuras de la espiral. Era la prueba tangible de su transformación. Ya no era humano. No del todo.

El Portón retumbó. Los huesos que lo formaban comenzaron a moverse, reordenándose con un ruido de crujidos húmedos. Las púas de cristal negro se retrajeron. La sombra en el centro del arco se disipó, revelando un vórtice de luz y tinieblas, un remolino que giraba lentamente y que olía a tormenta.

Arriba, los Guardianes rugieron. Los tres se volvieron hacia el portón, sus ojos únicos brillando con furia. Habían sido alertados.

—¡Corre! —gritó Silas—. ¡El Portón solo estará abierto un minuto!

Azael corrió. No hacia el portón, sino hacia atrás, hacia la plataforma. Porque algo había llamado su atención.

En una cornisa alta, cerca de la cima del portón, una figura encapuchada observaba. Era ágil, vestida con ropas ajustadas que parecían absorber la luz. No era un espectro. No era un Guardián. Por un instante, sus ojos —dos puntos dorados como los de un gato— se encontraron con los de Azael.

Luego, la figura lanzó algo pequeño y brillante hacia ellos. Silas lo atrapó al vuelo sin mirar. Era una pluma de metal negro, con runas grabadas que brillaban tenuemente.

—Lyra… —murmuró Silas, con las cejas arqueadas. No parecía sorprendido. Más bien confirmado.

—¿Quién es Lyra? —preguntó Azael, sin apartar la vista de la figura que ahora se fundía con las sombras de la cornisa.

—Una sombra que merodea donde no debe —respondió Silas, guardando la pluma en su capa—. Vamos. Ella no es nuestra prioridad.

El vórtice del portón giraba más rápido. Los Guardianes saltaban del puente, descendiendo hacia ellos. Azael ya no pensó más. Corrió hacia la luz y la tiniebla.

Atravesó el umbral justo cuando la primera espada de oscuridad caía donde había estado un segundo antes. El último sonido que oyó fue el crujir de las espadas al chocar contra la piedra… y una risa aguda que provenía de las sombras de la cornisa:

—¡Ja! Justo a tiempo, Peregrino—

Era la voz de Lyra. Desconocida, pero cargada de una ironía que heló la sangre de Azael.

Al otro lado del portón, el mundo cambió.

Ya no había niebla. En su lugar, un cielo púrpura se extendía sobre una ciudad derruida. No era una ciudad normal. Los edificios eran gigantes de piedra negra, torres inclinadas, cúpulas rotas, arcos que no llevaban a ninguna parte. Se alzaban como dientes rotos sobre calles empedradas que serpenteaban entre charcos de líquido plateado. El líquido de su sangre. El líquido de todos los Peregrinos que habían pasado antes.

En el aire flotaba un olor a polvo, ozono… y pérdida.

—Bienvenido a la Ciudad de las Sombras, Azael —dijo Silas, secándose la frente—. El lugar donde los recuerdos vienen a morir.

Azael miró hacia atrás. El Portón se había cerrado, los huesos se habían reordenado, y los Guardianes no los habían seguido. Pero en una torre cercana, entre las sombras de una ventana rota, vio una figura encapuchada desaparecer.

En el suelo, donde ella había estado, brillaba una pluma de metal negro.

La recogió. Era idéntica a la que había lanzado Lyra, pero esta tenía un mensaje grabado con letras minúsculas en el borde:

*»Cuidado con el guía. Su verdad es tu prisión.»

Azael apretó la pluma. La marca en su pecho latía como un segundo corazón, pero ahora más lento. Más esperanzado.

Las respuestas estaban más cerca.

Y los peligros, más profundos.

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