Cachorro

Cuando la tarde se tiñe de rojo como un mal presagio, se les puede ver avanzar igual que una manada de lobos. No caminan en bloque, como lo haría un ejército, se mueven desperdigados por el terreno bromeando entre ellos, pero mostrando, no obstante, una jerarquización evidente. Algo parecido a los grupos de babuinos avanzando en terreno descubierto. Todo muy medido, todo muy premeditado.

Los cabecillas se identifican claramente: no participan de las chanzas, impávidos, con una seriedad tan forzada como forzosa. Forman una pequeña élite que siempre va unos pasos por delante del resto. Si ellos avanzan todos avanzan; si ellos se detienen, todos se detienen.

Jóvenes maleantes sin oficio ni beneficio, pertenecientes al lumpen, sin otro aliciente que romper, destruir, asolar…Demostrar poder, ocultar su miedo.

Ni siquiera los pequeños hurtos, que realizan a veces, pueden ser considerados como una pauta en su errático comportamiento; solo son ocasionales y el que los comete se limita a exhibir lo obtenido, con una alegría infantiloide, ante el resto de los compinches. Buscando sin duda, en su tácita aprobación, unos minutos de efímera gloria.

Generalmente suele conseguir la reprobación expresa del que ostente el liderazgo en ese momento; está claro que no le gusta nada que se tomen iniciativas sin pasar antes bajo su tiránica supervisión.

De momento ha bastado con una especie de gruñido de advertencia. Además de la incautación de lo sustraído.

Les mantiene unido el espíritu de la manada, aunque resulta complejo saber por qué. Quizás cada uno esconde su vacío vital en el compañero de al lado. Como en una colmena.

Nadie, en ninguno de los barrios que componen su territorio, ha osado nunca plantarles cara. Los policías están hartos de detenerles, de que sus delitos sean considerados menores, de que salgan siempre sin mácula; generalmente antes de que ellos acaben de rellenar el correspondiente informe para sus superiores…Nunca hay denuncias.

Entre unos y otros, la desidia ampara sus actos vandálicos.

Hoy toca romper cristales de los coches aparcados en estas calles del extrarradio. Su misión apenas resulta visible para los vecinos; las escasas farolas han sido antes sus víctimas propiciatorias. De cualquier manera: aunque brillara un sol radiante y esplendoroso sería bastante peregrino pensar que alguien les afeara su conducta y mucho menos que les plantase cara. A no ser que quisiera que le fabricasen una nueva; hace unos años un vecino perdió un ojo cuando le golpearon con una cadena de bicicleta. Por mirarles y hacer un gesto inadecuado, simplemente. Hoy luce una siniestra cicatriz sobre la cuenca vacía de su ojo muerto.

Representa una imagen bastante elocuente de lo puede conllevar enfrentarse de alguna manera al salvajismo del grupo.

Mejor los cristales del coche que la vida. De estos ya se hará cargo el seguro…

En medio del descampado, que solo ampara la sombra del maltrecho grupo de viviendas de protección oficial, el niño juega solo con una pelota que conoció tiempos mejores. La luz es bastante escasa con la caída de la tarde, pero eso no parece intimidarle. Tampoco le asusta el ruido de cristales rotos en la lejanía); se mueve con un desparpajo natural en ese ámbito y a esas horas. Algo en él denota una madurez que por edad no parece corresponderle.

Desde que murió su madre pasa mucho tiempo solo.

Su padre es militar y apenas pisa el que fuera su domicilio conyugal; cada vez son más las veces que tiene que irse y dejarle al cuidado de una vecina o de su tía, que vive en otro barrio. Como es lógico, ambas tienen vida propia y por lo tanto no se vuelcan precisamente en el cuidado del pequeño, que crece un poco asilvestrado; involuntario habitante de la soledad, aunque le pese.

Está a punto de cumplir los diez años. Tan solo ansía un regalo, un deseo que pide con vehemencia: que su padre esté aquí para su cumpleaños.

Carne de cañón para el barrio. Para la vida, en general. No en vano todos los macarras y delincuentes le conocen por sus paseos erráticos y solitarios.

Existe un código de honor, tácito, que se le aplica en exclusiva, que le blinda contra cualquier agresión inesperada; su integridad física está resguardada gracias a la admonición que los capos han establecido en las calles con respecto a su persona:

— “El niño, intocable”

Y todos saben a quién se refiere la advertencia: ese que anda de acá para allá a las horas más intempestivas. Hasta a ellos les resulta extraño; aunque nunca lo confesarían, les produce algo parecido a ¡la ternura!…

El niño intocable.

Solo el frío le obliga a regresar al hogar. A lo que hace las veces de hogar. Allí se aburre soberanamente; nadie le dedica demasiada atención. En la semi penumbra de la cocina, al amor de la lumbre del fogón se come la merienda que él mismo se ha preparado: siempre, siempre pan y chocolate. Solo. Siempre está solo.

La vecina para poco por casa; es viuda y vive sola, así que gasta las horas comadreando en las casas de los alrededores. Hasta que la echan, cansadas de sus peroratas, con cualquier excusa pueril:

— ¡Que tarde se me ha hecho!, ¡y mi marido a punto de venir a cenar, con el cabreo que se pilla si no tengo nada preparado y en la mesa…! — le dicen generalmente, mientras la acompañan a la puerta: “te dejo que tú también tendrás mucho que hacer”.

Tan solo la puerta cerrada a su espalda acoge una respuesta que no ha llegado a salir por completo de su boca.

Así, despechada cada día, abandona el palomar ajeno; otra vez la han echado.

— ¡Si es que no escarmiento! —piensa, mientras se encamina a su casa.

Entra mohína de la calle y el pobre chaval carga con las consecuencias:

— ¿Qué haces ahí, medio a oscuras? Te tengo dicho que no te acerques tanto a la placa: un día te va a ocurrir una desgracia y tu padre me mata… ¡Con lo bruto que es el pobre! Más le valdría darme algo más de dinero, que las comidas no las regalan que yo sepa, aunque él debe de pensar que sí… ¡En qué hora me hice yo cargo de ti, con lo a gusto que estaba sola!

Y continua su letanía cotidiana mientras se mete en el dormitorio. Allí saca una botella de anís del fondo del baúl que descansa a los pies de su cama y le da un largo trago a gollete. Terminada la ingesta, mira a uno y otro lado, con cara de susto, como si temiera que alguien la fuera a sorprender, y se limpia la boca atropelladamente con la manga de la rebeca.

Una vez que se ha asegurado de que está sola repite la operación. Varias veces.

El pobre niño se aburre soberanamente.

Ni siquiera la radio, que pone la vieja mientras plancha, le entretiene; su pésimo sonido, pletórico de interferencias hace muy difícil escuchar cualquier novela, música o noticias que emitan. La mayoría de las veces se queda dormido, junto al fogón. En el suelo. Como un perro.

En esas ocasiones su cuidadora se limita a echarle por encima una raída manta y encaminarse con decisión hacia el baúl en busca de suministro; sin testigos siempre le sienta mejor…

Los tragos (ya se sabe que uno lleva a otro) dan pronto su fruto: la mujer acaba tumbada encima de la cama, vestida, en un estado cercano a la inconsciencia acompañado de resoplidos y ronquidos estentóreos. Mañana será otro día

Para él son todos iguales. Sobre todo, desde que tiene vacaciones en el colegio; como un ritual, baja a la calle al atardecer, cuando el sol se oculta, y se dedica a darle patadas a la vieja pelota con indolencia. O a una lata. O a perseguir a algún perro vagabundo, costroso, con una piedra en la mano. No se ve a nadie en las calles; la violencia y el vandalismo imperante conminan al vecindario a no abandonar sus cálidas guaridas.

Solo él.

Se aburre.

Esta mañana, nada más abrir los ojos, se ha sorprendido al ver la cara de su tía ante la suya. Aún en duermevela, desubicado, oye llorar a la vecina detrás de la visión.

— ¿Qué haces aquí, tía?, ¿Ha venido papá contigo? — pregunta entre sonoros bostezos y los ojos a medio abrir.

La sonrisa que lucía la mujer se ha evaporado, como por ensalmo, al conjuro de la segunda pregunta; ahora es ella la que rompe a llorar entre hipidos sumándose al llanto de la vecina. Forman un patético coro de plañideras.

Cuando, a duras penas, logra reponerse consigue articular algunas palabras coherentes:

—No te preocupes, guapo, que no pasa nada. Anda vístete que te vienes a mi casa unos días…

—Pero ¿viene papá o no? — inquiere el chaval algo mosqueado con tanta zalema; su tía nunca se ha caracterizado por mostrarse cariñosa en exceso. A no ser en las escasas ocasiones en las que su hermano estaba presente, claro está.

— ¿Por qué lloráis? — continúa preguntando, aún adormilado.

—Porque papá no va a venir: se ha ido al cielo, con mamá— logra responderle al fin su tía en un alarde de valor— Ahora yo seré tu mamá y tu papá. No llora. Es extraño, pero realmente solo le preocupan dos cosas: tener que abandonar este barrio que le gusta más que el de su tía, que solo conoce de visita. En este es donde nació.

Y que en esta ocasión tampoco va a venir su padre a su cumpleaños…

Nunca cumple sus promesas…

De cualquier manera, no va a abandonar los descampados solitarios, que parecen constituir su hábitat natural; también los hay junto a su nueva vivienda, aunque el barrio sea menos proletario.

Su tía se decidió por este sitio porque siempre fue, según su padre,” una quiero y no puedo”. Con esos aires de grandeza… Ella siempre está fuera de casa; va a continuar creciendo asilvestrado. No por falta de una figura paterna, que cuando vivía tampoco se preocupaba lo más mínimo de su vástago; solo de darle dinero a la vecina para el mantenimiento del pequeño y traerle, en alguna de sus esporádicas visitas, algún regalo. Como su vieja pelota.

Hay quién no está preparado para asumir la paternidad ni tiene el instinto de protección de la prole que esta conlleva…

La soledad provoca, a la larga, que pase su adolescencia entrando y saliendo de reformatorios, correccionales. Ha acabado siendo más conocido de la Fiscalía de Menores que de su propia tía.

Ella declara, sin pudor, que hace mucho que ha tirado la toalla… ¡Tampoco es que se haya desvivido por su querido sobrino!; a no ser que dejar al pequeño a cargo de la señora que va limpiar su casa y a cocinar se considere un trabajo agotador…

Precisamente, en una de las numerosas visitas que recibía la buena mujer, conoció a uno de sus hijos. Una influencia nefasta: iba a la casa, cuando ella estaba sola, para sacarle dinero y ya de paso intentar robar algo de poca monta que poder colocar a un perista conocido a cambio de una miseria. El chaval ha tomado como referencia la imagen del maleante, al que conocía de vista de cuando se aburría tirando piedras a las latas en los solares vacíos de su antiguo barrio.

Recuerda cuando le veía aparecer con sus compinches por el descampado, con el sol enrojecido a la espalda, como una mochila, y como percibía, pese a su corta edad, la manera precipitada de rehuirles de la gente. Sobre todo los más mayores. Una figura épica, sin duda.

A él siempre le respetaron; quizás les caía en gracia aquel chavalín que no parecía temerles. ¿Por qué lo iba a hacer?; les miraba sonriente mientras rompían alguna farola o el cristal de un coche.

Una vez uno de los pandilleros le quito la pelota y empezó a vacilarle hasta que consiguió hacerle llorar; de nada sirvió decirle que se la había regalado su padre; el individuo recibió un puñetazo en la cara propinado por su jefe, que le devolvió la pelota y le pidió que no llorara más, ya nunca se la iban a volver a quitar. Nunca le iba a volver a quitar nadie nada…

Y ahora, años después, ¡quién lo iba a decir!, hablaba a menudo con su benefactor: el hijo de la mujer que limpia en casa de su tía.

Él macarra desgrana mecánicamente sus recuerdos, con un deje de tristeza, en voz alta, mientras una sonrisa ilumina la cara de su interesado oyente; es doloroso recordar a los que ya no están… Pocos quedan con vida de aquellos lobos que bajaban en manada, al atardecer, desde otros barrios de la periferia, destrozando todo a su paso, sembrando el pánico entre sus espectadores generalmente ocultos. Al que no se lo ha llevado la droga ha caído en alguna pelea a navajazos con otras bandas.

Se acabó… Es el fin de una época en la que ellos eran los reyes de la calle. Ya es demasiado tarde para él Ahora malvive gracias a sus pequeños hurtos. No pasa por casa a no ser para sablear a su vieja. Es demasiado mayor para intentar incorporarse al mundo laboral. Además, carece de los conocimientos más elementales de ningún oficio. Y de todo…La escuela es un recuerdo tan lejano que hasta le parece visualizarlo en color sepia; apenas se acuerda a no ser del aburrimiento, la falta de atención, el orgullo de asumir el rol de inadaptado, las peleas y las incontables expulsiones. Hasta la definitiva. Luego todo fue un constante rodar por las calles en soledad, con una actitud chulesca, provocando. Hasta encontrarse con el grupo de maleantes que se constituyeron en sus verdaderos hermanos. Una gran cofradía que se sentía dueña del mundo y de todo cuanto les rodeada: si querían algo lo cogían y ya está.

Aprendió a blindar su corazón ante la situación de su familia: el padre en la cárcel constantemente y la madre currando día y noche para alimentar a la prole. Los hermanos pequeños a la espera del regreso de la trabajadora para poder comer algo de lo que ella sisaba en las casas donde servía… Siempre comida, claro. Por eso optó por alejarse de los suyos. Y acalló su conciencia diciendo que así sería una boca menos…

A pesar de los años que tenía, continuaba sintiéndose un lobo. Solitario ahora; lejos de aquel espíritu de aquella manada que los años ha ido diezmando.

Miraba la cara de su joven acompañante y se veía, a sí mismo, cuando era un cachorro ávido de experiencias nuevas al que la vida, tan perra, había maltratado sobre manera.

Pero el chaval aún no había realizado ninguna prueba de iniciación; los pequeños hurtos no contaban.

Hoy es el día de enseñarle algo diferente: ¿Qué mejor manera de abandonar esta desidia, este mortal aburrimiento que les aplasta, que les oprime?

— ¿Has usado esto alguna vez? — le dice, mostrándole un puño americano que saca del bolsillo de su roída y cochambrosa cazadora.

—No. Nunca lo había visto— responde— ¿Para qué sirve?

Colocándoselo, le demuestra la finalidad del objeto golpeando un cajón de madera, de frutas, abandonado en el descampado. Hasta reducirlo a astillas; su hazaña le ha costado alguna que otra magulladura en su mano, pero su cara se muestra satisfecha. Ha podido descargar su rabia acumulada contra la vida. O contra” la puta sociedad burguesa”, como dice él.

—A partir de ahora es tuyo— dice, mientras le tiende el puño— A partir de este momento empiezas a ser un hombre, joder. Ya verás como con esto nadie te tose, nadie te mira por encima del hombro. ¡Hay que hacerse valer ante estos mierdas!; eso es algo que te enseña la vida, el paso del tiempo. Yo no me arrepiento de nada: ya nadie me mira ni mal ni bien. Todos me temen, me respetan…

Lo coge con una mano que intenta, y a duras penas consigue, no temblar. Se lo mete en el bolsillo del pantalón; en casa ya procurará sustraerlo a los ojos fisgones de su tía…

— Hace muchos años un pringao se atrevió a poner un mal gesto y le arreglé la cara de un cadenazo— continúa desplegando su anecdotario frente al chaval, acompañándolo de gestos bastante clarividentes—; ahora me lo cruzo por la calle a veces y solo me basta con mirarle para ver como tiembla y baja la mirada de su único ojo bueno… ¡Que se joda!

— ¡Cualquier día se mea encima, el hijoputa! — se ríe a carcajadas, acordándose del pobre desgraciado.

La oscuridad poco a poco va adueñándose de cuanto les rodea; a ella no le intimidan las bravatas.

Llega un momento en que tan solo se ve el brillo oscilante del cigarro que comparten con caladas espaciadas.

La conversación, más bien el monólogo para mayor gloria del personaje, también ha languidecido, preñada de largos e incómodos silencios.

—Creo que ya va siendo hora de que me marche; no tengo ganas de movidas con mi tía— dice el chaval, viendo en la disculpa una válvula de escape. Aún a sabiendas de que su tía es más que dudoso que esté en casa.

Ya no le apetece seguir escuchando esas aventuras que le aburren tanto; le empieza a sonar todo tan patético…Él está convencido de que muy pronto superará con creces todas y cada una de esas proezas ajenas que hoy le suenan tan lejanas, tan obsoletas.

Aunque él no tiene nada que aportar. De momento.

Se aleja mientras aprieta con fuerza el puño americano que duerme en el bolsillo del pantalón.

De momento…

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