Sospecho que no eran solamente ramas las que ardían en aquella antigua fogata de Fiesta de San Pedro y San Pablo. Ardía también el tiempo; o, mejor dicho, una de sus máscaras. La calle —esa humilde geometría de baldíos, veredas gastadas y faroles amarillentos— se convertía por una noche en el centro secreto del universo. Nosotros, los pibes, ignorábamos todavía las vastas decepciones de la vida y creíamos que el mundo empezaba y terminaba en aquella cuadra.

Durante días se levantaba el pilón: ramas secas, cajones rotos, diarios viejos, alguna silla inválida rescatada de un olvido doméstico. Cada objeto parecía llegar con la dignidad de una ofrenda. Los hombres del barrio —nuestros padres, que entonces nos parecían invulnerables y eternos— dirigían en silencio aquella arquitectura precaria del fuego. Nosotros ayudábamos como podían ayudar los niños: estorbando, soñando, celebrando.

Y después llegaba la noche exacta, cuya fecha la memoria ha borrado pero cuyo resplandor permanece. Alguien encendía un fósforo. Bastaba ese gesto mínimo para que el barrio entero se transformara. Las llamas subían como animales antiguos; las sombras bailaban en las paredes; el humo ascendía lentamente hacia un cielo que acaso era el mismo cielo que contemplaron otros niños, otros padres, otras fogatas olvidadas por la historia.

Pienso ahora que aquella fogarata era un rito contra el tiempo. Los adultos, sin decirlo, quemaban algo más que ramas: quemaban el miedo, las privaciones, los trabajos repetidos, las pequeñas derrotas cotidianas. Nosotros, en cambio, quemábamos la infancia sin saberlo.

Qué extraño destino el de los hombres: mientras somos felices ignoramos que lo somos. Sólo muchos años después, acaso una tarde cualquiera, comprendemos que el paraíso tenía la forma modesta de una cuadra, un invierno y una fogata encendida por nuestros padres.

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