REGALO PARA UN CASTILLO

REGALO PARA UN CASTILLO

Ruben Ielmini

06/05/2026

Diez de la mañana. Café “El Colonial”, Cerrito y Funes.
Un lugar donde todo parece estable: mesas, rutinas, jerarquías.
Entra don Bruno Castillo.
En otra versión de la mañana, no entra.
En otra, nunca se entera de lo que pasó.
En esta, sí.
Se sienta junto a la ventana. Pide con precisión: café con leche, medialunas, tostadas, mermeladas, exprimido.como si cada detalle importara. como si estuviera armando una escena.
El mozo trae el pedido.
El café tiene un corazón dibujado en la espuma. Late… o Bruno decide que late.
Come despacio. Observa. Calcula. En otra mesa hablan de política.
En la barra, una pareja interpelándose en voz baja tratando de solucionar un conflicto. Nadie lo mira…mejor.
Toma la medialuna, la moja en el café, cierra los ojos. El sabor lo lleva a otro momento.
Un mes atrás, mismo lugar, pero otro Castillo, Agustín.
Ocho horas de trabajo, prueba de barman le dijeron y después te llamamos.
En una realidad, lo llaman, en otra, le pagan aunque no quede.
En la que ocurrió, no pasa ninguna de las dos cosas.
Esa es la que quedó abierta.
Bruno mastica, no es solo desayuno, es memoria.
Cuando termina, llama al mozo.
—Un whisky. El mejor.
El mozo duda apenas.
Bruno no.
El whisky llega. Lo prueba. Asiente.
—Perfecto.
Nada es casual todo está en su punto; menos una cosa.
Termina la copa. Llama otra vez.
—Excelente servicio —dice, y deja propina—.
El mozo agradece.
—¿Le traigo la cuenta?
—No. No pienso pagar.
Ahí, la realidad se bifurca.
En una, Bruno se levanta y paga, en otra, discute y pierde.
En esta, sostiene; llega el dueño y hablan.
El dueño intenta encuadrar la situación: medios de pago, normas, respeto.
Bruno no se mueve de su eje. Saca el celular, muestra la foto.
—Agustín Castillo. Mi nieto.
El aire cambia.
—Hace un mes estuvo acá, ocho horas no lo llamaron ni le pagaron.
El dueño responde lo esperable:
—No fue elegido.
Pero hay cosas que no se tapan con una frase.
—¡Trabajó !—dice Bruno—. Y el trabajo se paga.
Silencio.
En muchas realidades, esa deuda se pierde.
Se diluye en la vergüenza del que reclama y en la comodidad del que no paga. En esta, no.
—Llame a la policía si quiere —dice Bruno—. Así contamos todo.
El dueño duda.
Ahí ocurre el punto exacto. Podría sostener la mentira, podría escalar el conflicto, podría echarlo, pero no. Recuerda, cede.
—Acompáñeme a la caja caballero.
La realidad colapsa.
Aparece el dinero que antes no existía. La deuda se vuelve visible.
El dueño paga.
Y de pronto, el desayuno es “gentileza de la casa”. Diez minutos después, Bruno sale.
Hace una llamada, espera un re

mis, sube.
—Hola nene …Llevame a casa.
El chofer se da vuelta.
—¿Abuelo?
En otra realidad, este cruce no pasa, en esta, sí. Bruno le da el dinero.
—Es tuyo.
Agustín no entiende.
—Es el pago de tu día en ese bar.
Se produce un breve silencio.
Después, todo encaja.
—¿Qué hiciste? —pregunta.
—Cerré una cuenta —responde Bruno mirando por la ventana
El auto avanza por Cerrito hacia Juan B Justo
—¿Y si te metían preso?
—Y… me traían la torta al calabozo —sonríe—.
Mira el reloj, las once.
—La abuela se va a preocupar.
Hablan de la cena, de la familia, de lo de siempre.
Pero algo cambió, porque hay hechos que quedan abiertos.
Injusticias que alguien tiene que cerrar.
Y a veces, basta con una decisión precisa
para que una realidad deje de ser la equivocada.
—Feliz cumpleaños, Castillo —dice Agustín.
Bruno asiente.
Este no es un día cualquiera.,es el día en que una deuda
dejó de existir.
Fin

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