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Aguerrido el sentir, mas el miedo fue el dueño,
un verdugo que habita tras cada oración;
naufragaron los siglos, murió cada empeño
en el mar de una estéril y muda intención.

Bajo el peso de un llanto que nunca se agota,
el escritor contempla su obra caer;
cien intentos fallidos, la fe ya remota,
ante el frío inminente de un no poder ser.

Ruge el alma al mirar el final que se traza,
pues fue su propia mano la que lo eligió;
la ira y la angustia, tenaz mordaza,
con las que el poeta su mundo incendió.

Dictó la sentencia, firmó su condena,
matando el arraigo por miedo a perder,
y en el eco del trueno que el pecho llena,
solo queda el silencio de lo que fue un ser

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