Errante 

Bajo el palido de Álamos que el viento desgarra,
se ocultan los monstruos, fintas de la mente,
que acechan la sombra de un alma que se amarra
al último rastro de un sol decadente.
Sin más equipaje que un adiós que le pesa,
con ropas maltrechas por la angustia y el frío,
se aleja el iluso de aquella promesa
dejando su nombre a merced del vacío.
Arribó a la cumbre, frontera de piedra,
donde la ventisca su cuerpo reclama;
no hay cautela en el paso ni muro de hiedra
que apague en su pecho la última llama.
Se entregó a las fauces de antiguos temores,
sin miedo al naufragio, sin ruego ni queja,
buscando el olvido de amargos sabores
que el tiempo en los labios del hombre deja.
Dicen que descansa, que el ruido se apaga,
que el monte ha guardado su pena secreta;
cesó la agonía, cesó la herida vaga,
y el alma, por fin, se sienta a descanso

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