La fábrica de duraciones.

Sospecho que el tiempo no es uno sino muchos, y que cada hombre, sin saberlo, lo inventa. No me refiero —o no solamente— a esa sucesión uniforme que dictaminan los relojes y que los calendarios repiten con una fe casi litúrgica, sino a otra, más secreta y más íntima, que acontece en la conciencia y que, acaso, es la única verdadera.

He pensado a veces que el tiempo de la espera no es el mismo que el del temor, aunque ambos se midan con idénticos minutos. El que espera dilata el universo: cada instante se vuelve un umbral, una promesa que no termina de cumplirse. El que teme, en cambio, advierte que el porvenir ya ha invadido el presente; vive en una suerte de vértigo donde los hechos, todavía no ocurridos, pesan como si fueran irrevocables. Así, cada emoción engendra su propio tiempo, como si el alma —esa conjetura— fuera también una fábrica de duraciones.

El recuerdo introduce otra anomalía. Sabemos que el pasado es inmodificable, pero lo revisitamos con una obstinación que roza lo mágico: lo corregimos, lo embellecemos o lo degradamos. Hay días que vuelven con una nitidez intolerable y otros que se desvanecen hasta ser casi ficticios. De este modo, el tiempo que llamamos pretérito no es un archivo fijo, sino un laberinto en el que cada paso altera la forma del conjunto. Quizá no recordamos los hechos, sino las últimas versiones que de ellos hemos imaginado.

Tampoco el porvenir es una línea recta. Sospecho que es una trama de posibilidades que se bifurcan sin cesar, como en esos jardines que se multiplican hasta el infinito. Cada decisión —o cada omisión— inaugura un tiempo distinto, una historia que podría haber sido y que, en algún sentido, persiste como sombra de la elegida. Si esto es así, cada hombre no sólo inventa su tiempo: inventa también, sin saberlo, las innumerables variantes de sí mismo.

Queda, sin embargo, una conjetura más audaz. Tal vez no haya un tiempo fuera de nosotros. Tal vez el tiempo, como ciertos dioses, existe porque lo pensamos y cesaría si dejáramos de hacerlo. Imaginemos —aunque sea por un instante— un universo sin memoria y sin expectativa: un presente puro, sin antes ni después. Ese mundo sería, a la vez, intolerable e incomprensible, porque nosotros mismos estamos tejidos de tiempo. Somos lo que recordamos y lo que esperamos.

Y sin embargo, hay instantes que parecen desmentir esta arquitectura. Pienso en el amor, no como tema literario sino como experiencia que trastorna las categorías. En esos raros momentos, el tiempo no se dilata ni se contrae: se suspende. No es eterno en el sentido de una duración infinita, sino en otro, más enigmático: deja de ser sucesión y se vuelve presencia. Quizá por eso lo recordamos con una intensidad que no se desgasta, como si hubiera ocurrido fuera del tiempo o en su centro más secreto.

Así, el tiempo —ese problema que ha ocupado a teólogos, físicos y poetas— podría no ser una entidad única y objetiva, sino una multiplicidad de invenciones superpuestas. Cada vida traza su propia forma, su propio ritmo, su propia ilusión de continuidad. Y acaso, cuando hablamos del tiempo, no hacemos otra cosa que hablar de nosotros mismos: de nuestras esperas, de nuestros temores, de nuestras pérdidas y de esas raras, casi inverosímiles, epifanías en las que creemos rozar lo eterno.

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