Sospecho que el tiempo no es uno sino muchos, y que cada hombre, sin saberlo, lo inventa. Esta conjetura —que acaso no sea más que una forma de perplejidad— me fue sugerida no por los relojes, cuya monotonía es irreprochable, sino por ciertas discrepancias de la memoria y del deseo.

He advertido que hay días que parecen extenderse más allá de toda medida, como si en ellos cupiera una vida entera, y otros que se contraen hasta desaparecer sin dejar rastro. No es verosímil que el tiempo, esa magnitud que los físicos juzgan constante, se permita tales caprichos; es más probable que nosotros lo deformemos, como quien mira un mismo objeto a través de múltiples espejos.

Cada hombre, en ese sentido, sería el artífice de una arquitectura invisible: una vasta construcción de instantes que no se suceden, sino que se superponen, se repiten o se anulan. El que teme habita un tiempo que se adelanta; el que recuerda, uno que se obstina en regresar; el que espera, uno que no termina de llegar. Así, el tiempo no fluye: vacila.

Hay, sin embargo, una sospecha más inquietante. Si cada hombre inventa su tiempo, entonces no hay un tiempo común, sino una innumerable proliferación de tiempos privados que apenas coinciden. Dos hombres que creen compartir un mismo instante —una conversación, un adiós, un encuentro— acaso habiten duraciones distintas. Para uno, ese momento será un umbral; para otro, una despedida ya consumada. El hecho es el mismo; el tiempo, no.

De esta divergencia nace una forma secreta de soledad. No la soledad de estar solo, sino la de no coincidir jamás del todo con otro en el tiempo. Amamos, conversamos, recordamos, pero lo hacemos en calendarios íntimos que nunca se superponen perfectamente. Quizá por eso toda comunicación es imperfecta y todo amor, aun el más fervoroso, contiene un margen de desencuentro.

Y sin embargo, hay instantes —raros, casi inverosímiles— en los que esa dispersión parece abolirse. No diré que son eternos, porque la eternidad es una palabra demasiado vasta, pero sí diré que en ellos el tiempo deja de ser sucesión. Son instantes que no pasan, que no necesitan hacerlo. Tal vez en ellos, y sólo en ellos, los tiempos de los hombres coinciden.

Ignoro si tales instantes justifican la vasta invención que los precede y los sigue. Ignoro, también, si el tiempo existe fuera de esas invenciones. Pero sospecho que, así como cada hombre sueña su vida, cada hombre —sin saberlo— sueña también el tiempo en que esa vida acontece. Y que, al final, no nos aguarda un tiempo único y absoluto, sino la disolución de todos ellos en una forma última de olvido o de eternidad.

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