He pensado —o acaso he recordado— que el sistema no es un edificio sino un espejo. Un espejo astillado que, sin embargo, insiste en devolver una imagen. En una de sus grietas, un hombre invoca la ley; en otra, un juez la interpreta; en otra, un legislador la imagina. Ninguno advierte que los tres son el mismo reflejo, multiplicado y levemente deformado por el tiempo.
Dicen que hay tres poderes. Es una cortesía del lenguaje. Como las tres dimensiones del espacio o las tres edades del hombre, esa cifra tranquiliza. Pero en los archivos invisibles —que no están en ninguna biblioteca y, por eso, en todas— se consigna que esos poderes son variaciones de una única sustancia: la voluntad humana, con su vocación de orden y su inclinación al desvío.
He leído (o tal vez soñé) un tratado apócrifo que sostenía que toda comunidad funda, sin saberlo, su propio laberinto jurídico. Las leyes son sus muros; las sentencias, sus pasillos; los expedientes, sus bifurcaciones infinitas. En el centro no hay un Minotauro, como en el mito, sino una pregunta: ¿para quién es este orden? Quien logra formularla ya ha empezado a extraviarse.
En ese laberinto, el Estado —esa palabra que alguna vez fue mayúscula— ha devenido una sombra verbal. “Ha Estado”, escribiste, y la errata es más precisa que la gramática: algo que fue y persiste apenas como participio, como resto de una acción concluida. Los poderes, entonces, no gobiernan: repiten. No crean: traducen, con torpeza o astucia, los hábitos de la comunidad que los engendró.
Imagino a un legislador que cree redactar normas nuevas, sin advertir que reordena antiguas pasiones. Imagino a un juez que cree aplicar la ley, cuando en realidad aplica una interpretación de sí mismo. Imagino a un ciudadano que exige justicia, sin sospechar que su exigencia está hecha de los mismos hilos que tejen la injusticia que denuncia.
“Cómo hacer buen vino de una cepa enana”. La frase —que podría ser de un poeta menor o de un dios distraído— encierra una trampa. Supone que la cepa es el origen y el destino. Pero en algún punto del tiempo —en un instante que se repite como todos— alguien injerta, poda, desvía. No hay cepas puras: hay operaciones invisibles.
Quizás el error no sea la pequeñez de la vid, sino la ilusión de que el vino será distinto sin cambiar las manos que lo elaboran, sin alterar el clima que lo rodea, sin sospechar que el catador es también parte del sabor.
El sistema, entonces, no está roto: está siendo fiel. Esa es su forma más inquietante de continuidad.
Y, sin embargo —porque toda conjetura admite su contrario—, en algún expediente olvidado, en alguna sentencia menor, en alguna decisión que nadie registrará, el laberinto se corrige a sí mismo. No por virtud, sino por azar. No por diseño, sino por fisura.
Tal vez ahí —en esa grieta mínima— comienza otra geometría.
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