Hay una antigua sospecha —acaso un eco del escritor— de que el tiempo no es una línea, sino una biblioteca. No una biblioteca infinita en extensión, como la que soñó en La Biblioteca de Babel, sino una más íntima y secreta, donde cada instante es un volumen que se reescribe a sí mismo mientras lo leemos.
Las formas del tiempo no son evidentes. El hombre vulgar cree en su fluir uniforme, como quien acepta la mansedumbre de un río. Pero el río —ya lo insinuó Heráclito— no es el mismo, y acaso tampoco lo sea el que lo contempla. Cada segundo se bifurca en decisiones mínimas, en pensamientos que apenas alcanzan la claridad antes de disolverse. El tiempo, entonces, no es un curso: es una proliferación.
Podríamos imaginarlo como una serie de círculos concéntricos, o como un laberinto cuyos muros son invisibles pero ineludibles. En El jardín de senderos que se bifurcan, el tiempo ya no es sucesivo sino simultáneo: todos los desenlaces ocurren, todos los destinos se realizan, aunque nosotros —criaturas de una sola conciencia— estemos condenados a percibir apenas uno.
Otra forma del tiempo es la repetición. No la repetición banal de los días, sino la que intuyó Friedrich Nietzsche en su doctrina del eterno retorno. Si cada instante ha de repetirse infinitamente, entonces este momento —el acto mismo de leer estas palabras— ya ha ocurrido y volverá a ocurrir. Hay en esa idea algo de consuelo y algo de condena: somos, a la vez, autores y prisioneros de una obra interminable.
También está el tiempo de la memoria, que es quizá el único verdadero. El pasado no es lo que fue, sino lo que recordamos; y el recuerdo es una forma de invención. Así, el tiempo se pliega sobre sí mismo y se convierte en relato. En ese sentido, cada vida es una ficción cuidadosamente editada por la memoria, donde los olvidos son tan importantes como los recuerdos.
Finalmente, cabe sospechar que el tiempo no existe fuera de nosotros. Que es una invención necesaria, un artificio que ordena el caos de la experiencia. Si así fuera, entonces todas sus formas —lineal, circular, ramificada— no serían más que metáforas de nuestra ignorancia.
Y sin embargo, persistimos en medirlo, en nombrarlo, en temerlo. Quizá porque, en el fondo, intuimos que no somos nosotros quienes habitamos el tiempo, sino que es el tiempo quien nos sueña.
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