Un ínfimo espacio, apenas la anchura de mis brazos extendidos y su largura inferior a la de mi cuerpo tumbado en el infecto catre. La oscuridad apenas rota por las llamas chisporroteantes de una antorcha. Una humedad intensa que rezumaba por las paredes y dejaba el suelo lleno de infinidad de charcos. Un ventanuco casi a la altura del techo, que era mi único contacto con el mundo exterior. Los pasos de mi carcelero, repetidos hasta la infinidad por un eco enloquecedor producto de esos pasillos tortuosos en donde se encontraba mi mazmorra. Este era mi mundo desde hacía tres años, o treinta, o tal vez tres días. Era incapaz de saber con certeza el tiempo que llevaba encerrado.
Fuí condenado por contrarrevolucionario, me dijeron, sólo porque me atreví a decir que tenía hambre. Todos los que conmigo estaban en ese momento pasaban por la misma hambruna y nos peleábamos por cualquier mísera cosa que pudiéramos llevarnos a la boca y engañar, así, a nuestros famélicos estómagos.
Fue tras una de esas peleas, donde no conseguí nada que pudiera comer, que grité tan amarga verdad, ‘¡Tengo hambre!’
Al instante se abrió un gran espacio a mí alrededor. Como si fuese un apestado me encontré sólo. Ojos desorbitados, manos huesudas, dedos esqueléticos me señalaban. Unos pasos firmes resonaron de golpe. El círculo de personas que me rodeaba se rompió dejándome abandonado. Unas seres uniformados, bien alimentados, fieles servidores, dóciles con sus dueños, terribles con todos los demás, se abalanzó sobre mí.
Me llevaron a rastras a un tribunal. A un juicio ya empezado. Pura burla. Todos ya estábamos condenados de antemano. ‘¡Pena de muerte! ¡Decapitación!’
Dicen que al alba me cortarán la cabeza.
Miro hacía el ventanuco, intentó vislumbrar los primeros rayos de luz reflejados en el techo ‘¡Que lento que pasan las horas!’ Al fin, un cuadrado azulado se empieza a destacar sobre la negrura. Dentro de ese cuadrado azulado se conserva el negro siniestro de las sombras de las rejas. Parece las piezas de un rompecabezas maligno.
Los pasos del carcelero se acercan. Abre la puerta de mi jaula y con violencia me saca de ella. Mientras tanto la comida de mi última cena se va enfriando sobre el camastro. No recuerdo cuanto tiempo hacía que no tenía hambre.
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