
A veces salimos a caminar para despejarnos… y volvemos con algo que no sabíamos que estábamos esperando. No fue una gran señal, ni un momento espectacular. Fue algo simple: una hoja, el mar… y una pausa.
Pero hay instantes en los que el mundo parece decirte algo en voz baja. Y si uno se detiene lo suficiente… lo escucha.
Caminaba despacio por la orilla, con el rumor del mar acomodando mis pensamientos. No buscaba nada, sólo dejar que el viento le ordenara un poco el alma. Las olas venían y se iban como siempre, llevándose lo que encontraban, sin preguntar.
Pero esa vez no.
Entre todo lo que flotaba —una pluma liviana, un resto de vida marina— apareció una hoja. Venía girando, dudando, como si no estuviera segura de su destino. Y cuando llegó a él, en lugar de seguir su camino, se detuvo. Se quedó ahí, entre sus piernas, como si hubiera encontrado un lugar donde descansar.
Él la miró con una media sonrisa.
—¿Y vos? —murmuró—. ¿No volvés?
La hoja no respondió, claro. Pero tampoco se movió.
Se agachó y la levantó. Estaba húmeda, marcada por el viaje, pero intacta en lo esencial. Como esas personas que han pasado por mucho y, sin embargo, conservan algo luminoso.
Entonces recordó.
Aquel otoño, muchos años atrás, cuando alguien le había dicho:
“Si alguna vez una hoja te elige, no la sueltes. Hay encuentros que no son casualidad.”
Había olvidado esa frase. O quizás la vida se la había guardado para este momento.
Miró el mar otra vez. Todo seguía igual… menos eso.
Guardó la hoja con cuidado, como quien entiende sin explicaciones. Y al reanudar el paso, sintió algo distinto: no estaba tan solo como cuando había llegado.
A veces- pensó, las cosas pequeñas traen mensajes grandes.
Y a veces, el amor no llega en forma de persona… sino como un gesto, un guiño del mundo, que te recuerda que todavía hay algo esperándote.
La hoja no volvió al mar.
Y él… tampoco volvió a ser exactamente el mismo.
Fin
Ruben ielmini
OPINIONES Y COMENTARIOS