La incoherencia de la linealidad. Pensamientos clínicos capitulo II: La semiología de la incoherencia

La incoherencia de la linealidad. Pensamientos clínicos capitulo II: La semiología de la incoherencia

Si en el capítulo anterior se planteó que el pensamiento nace del cuerpo y de un orden que apenas se sostiene, entonces la incoherencia no debe entenderse como una idea  lejana, sino como algo que aparece todos los días, aunque no siempre sepamos nombrarlo. No tiene forma, no tiene recorrido, no empieza ni termina en un punto claro. Intentar ubicarla como si fuera una lesión es asumir que todo sigue un orden, y no todo lo sigue.

La incoherencia no se presenta como algo evidente. No es un error claro ni una falla que salta a la vista. Es más bien esa sensación de que algo no encaja del todo. Como cuando una situación parece estable, los elementos están en su lugar, pero la evolución no cuadra. No hay un hallazgo concreto, pero tampoco hay tranquilidad. Algo no cierra.

No es ausencia de lógica. Es una lógica que no alcanza.

En la experiencia cotidiana esto es más común de lo que se admite. Dos ideas que parten del mismo punto no necesariamente llegan al mismo lugar; dos formas de entender una misma cosa pueden desviarse sin que ninguna sea completamente errónea. El intento de ordenar esa diferencia suele apoyarse en reglas, en secuencias, en estructuras que prometen coherencia, pero no siempre lo logran. Y es ahí donde aparece la incoherencia: en ese espacio donde lo esperado no coincide con lo que ocurre.

No es un error del pensamiento.

No es un error del fenómeno.

Es un límite del modelo.

La incoherencia no rompe el sistema. Lo deja corto.

No se puede palpar como una masa ni señalar como una estructura, pero se percibe cuando el razonamiento pierde fuerza, cuando una explicación funciona a medias, cuando uno sigue pensando pero ya no está convencido. Es una fricción leve, pero constante, que no detiene el pensamiento, pero lo incomoda. 

Y aquí es donde suele aparecer el error. La tendencia es corregir rápido, ajustar, forzar una explicación que devuelva la sensación de orden. Pero no siempre hay que corregir. A veces hay que aceptar que el problema no está en lo que ocurre, sino en la forma en que intentamos ordenarlo.

La coherencia sirve para actuar.

Pero no siempre sirve para entender.

Por eso la incoherencia no es un defecto. Es una señal. Marca el punto donde la linealidad deja de alcanzar, donde el “si X, entonces Y” ya no funciona con la seguridad que creíamos.

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