
De la funda verde pasé al máster y a trabajar sin horario de salida. Una vez más me ilusioné con hacer mi función lo mejor posible y que los que estaban a mi cargo también lo hicieran. Pero no caí en que las palabras no bastan, ni con los de arriba ni con los de abajo. No supe entender que la humanidad no modifica muchas de sus malas conductas a menos que se la estimule. Y también que hay cosas que no se van a cambiar jamás. Forman parte de la idiosincrasia de la misma empresa.
Tuve que pasar por varios trabajos hasta que por fin me di cuenta de que no vas a conseguir nada si no modificas las formas de trato con los superiores y subordinados. No es la palabra sino los hechos recogidos, analizados y mostrados lo que hace que quien manda no tenga ninguna excusa para seguir con la misma actitud. Aun así, quien manda, manda y te tienes que ceñir a tu zona de influencia.
A caballo entre la ingeniería y la docencia pasé por la política. Y pasé por ella sin pena ni gloria. Me gustaba ir a la sede, el trabajo en equipo, las reuniones y los planes que hacíamos y que después casi no llevábamos a cabo. Tener algún cargo de responsabilidad, representar al partido ante el Ayuntamiento, ir a la sede de Madrid y conocer a algunos de los primeros espadas fue una experiencia gratificante. También disfruté una de las reuniones más multitudinarias que se hizo en Madrid y que reunió a todas las sedes de España.
Durante seis años estuve acompañando a los representantes en las mesas informativas, en la pegada de carteles y pancartas y en el reparto de trípticos. Justamente cuando estaba repartiendo propaganda fue cuando me dieron un golpe que me pudo hacer bastante daño, pero se quedó en una anécdota. Tiempo después, ya algo cansado, decidí dejarlo porque aquello se convirtió, en mi opinión, en un bucle en el que ni se avanzaba ni se hacía nada para avanzar. Era un esperar a ver cómo se presentarían las siguientes elecciones.
También dejé varias redes sociales en las que estaba y que, en el fondo, no me aportaban nada. Solo me quitaban tiempo y tranquilidad. Al estar más tranquilo reflexiono más y me doy cuenta de que el mundo está al límite, como supongo que lo ha estado siempre. Así que acepto más que la sociedad haga lo que quiera porque no es tonta, aunque sí algo perezosa, sobre todo la española. Parece querer dejar todo para última hora. Ahora soy más de los de «ande yo caliente, ríase la gente», y si alguien quiere algo, pues que lo trabaje.
Mientras trataba de arreglar el país cambié de profesión. Pasé a algo más tranquilo y mucho más humano: la docencia. Ahora el objetivo es la persona, no la producción. Ahora el trato con quien te rodea es totalmente distinto; se ha vuelto mucho más humano, más pausado, más comunicativo. Quedó atrás un ruido de maquinaria industrial ensordecedor, unos plazos que de forma constante terminaban ayer o anteayer y un horario sin hora de salida.
Ahora reparo el material y lo adapto a la clase y a los alumnos. Ahora son ellos el fin, y no el medio. La influencia que puedo ejercer sobre su formación, y sobre su visión del mundo y del trabajo, es mucho mayor. Aquí sí que es más sencillo dar lo mejor de uno mismo. Mejorar la capacidad de trabajo de los alumnos es mucho mejor que mejorar el rendimiento de una máquina.
Otro cambio importante en mi vida fue dejar a un lado la inmediatez, el hacerlo todo rápido y para ya. Ahora pienso en cuáles eran esos objetivos que me ponía y por qué. Qué era lo que me aportaban, qué felicidad sentía yo al conseguirlos y, sobre todo, el precio que tenía que pagar por ellos. Ahora quiero vivir cada uno de los pasos que doy disfrutando cada instante en familia y con el resto de docentes, aceptando a todo el mundo como es, sin juzgar. He dejado de buscar esa cercanía con la gente para mantener una sana cortesía, respetuosa y necesaria que antes no tenía.
A principios de semana estuve en una charla de educación sexual con un ciclo de adolescentes de FP y ayer viernes una de mis alumnas nos comunicó que está embarazada. Apenas tiene 17 años. Mi enhorabuena no le ha puesto muy buena cara y me temo lo peor. Pero en el fondo es decisión suya, aunque tenga todo mi apoyo para intentarlo.
Parece que hay una parte no muy pequeña de la población que o no se quiere enterar o directamente no piensa en las consecuencias. El mundo, poco a poco, nos va enseñando a todos. Por las buenas o por las malas.
Aquí termina la sabiduría que he ido adquiriendo a lo largo de los años.
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Un saludo y gracias.
Darío Capas
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